02 salvatore quasimodo, poemas

Download 02 Salvatore Quasimodo, Poemas

Post on 04-Jul-2015

182 views

Category:

Documents

6 download

Embed Size (px)

TRANSCRIPT

De tierna mujer echada entre las flores Se adivinaba la estacin oculta por el ansia de las lluvias nocturnas, por los cambios de las nubes en el cielo, undosas leves cunas; y yo estaba muerto. Una ciudad suspendida en el aire era mi ltimo exilio, y en torno me llamaban las suaves mujeres de otros tiempos, y la madre, renovada por los aos, con su dulce mano escoga entre las rosas y con las ms blancas cea mi cabeza. Afuera era de noche y los astros precisos seguan ignotos caminos en curvas de oro y las cosas vueltas fugitivas me llevaban a rincones secretos para hablarme de jardines abiertos de par en par y del sentido de la vida; pero a m me dola la ltima sonrisa de tierna mujer echada entre las flores.

Canto de Apolo Noche terrenal, en tu exiguo fuego me complac alguna vez y descend entre los mortales. Y vi al hombre inclinado sobre el regazo de la amada escuchndose nacer, y transformarse entregado a la tierra, las manos juntas, abrasados los ojos y la mente. Yo amaba. Fras eran las manos de la criatura nocturna: otros terrores acoga en el vasto lecho donde al alba me despert un aleteo de palomas. Luego el viento deposit hojas sobre su cuerpo inmvil; se alzaron sombras las aguas en los mares. Amor mo, yo aqu me aflijo sin muerte, solo.

La tierra incomparable Hace tiempo que te debo palabras de amor: o tal vez sean las que cada da huyen deprisa apenas pronunciadas y la memoria las teme, que transforma los signos inevitables en dilogo enemigo enconado del alma. Tal vez el rumor de la mente no deja or mis palabras de amor o el miedo al eco arbitrario que desenfoca la imagen ms dbil de un sonido afectuoso: o tocan la invisible irona, su naturaleza de hoz o mi vida ya cercada, amor . O tal vez sea el color que las deslumbra si chocan con la luz del tiempo que vendr a ti cuando el mo no pueda ya llamar amor oscuro amor ya llorando la belleza, la ruptura impetuosa con la tierra incomparable, amor.

Dar y tener Nada me das, no das nada, t que me escuchas. La sangre de las guerras se ha secado, el desprecio es un deseo puro y no provoca un gesto de un pensamiento humano, fuera de la hora de la piedad. Dar y tener. En mi voz hayal menos un signo de geometra viva, en la tuya, una caracola muerta con lamentos fnebres.

Oboe sumergido Avara pena, tarda tu don en esta mi hora de suspirados abandonos. Un oboe glido deletrea de nuevo alegra de hojas perennes, no mas, y olvida; en m anochece: el agua tramonta en mis manos herbosas. Alas oscilan en ronco cielo, lbiles: el corazn transmigra y yo estoy yermo, y los das son escombros.

Y de sbito la noche Hendido por un rayo de sol todo hombre est solo sobre el corazn de la tierra; de pronto, la noche que cierra.

Lamento por el sur La luna roja, el viento, tu color de mujer del Norte, la llanura de nieve... Mi corazn est ya en estas praderas, en estas aguas anubladas por la niebla. He olvidado el mar, la grave caracola que soplan los pastores sicilianos, las cantilenas de los carros a lo largo de los caminos donde el algarrobo tiembla en el humo de los rastrojos, he olvidado el paso de las garzas y las grullas en el aire de las verdes altiplanicies por las tierras y los ros de Lombarda. Pero el hombre grita en cualquier parte la suerte de una patria. Ya nadie me llevar al sur. Oh, el Sur est cansado de arrastrar muertos a la orilla de las cinagas de malaria, est cansado de soledad, cansado de cadenas, est cansado en su boca de las blasfemias de todas las razas que han gritado muerte con el eco de sus pozos, que han bebido la sangre de su corazn. Por eso sus hijos vuelven a los montes, sujetan los caballos bajo mantas de estrellas,

comen flores de acacia a lo largo de las pistas nuevamente rojas, aun rojas, aun rojas. Ya nadie me llevar al Sur . Y esta tarde cargada de invierno es an nuestra, y aqu te repito mi absurdo contrapunto de dulzuras y furores, un lamento de amor sin amor.

La noche se va Ha muerto la Noche; la Luna lentamente en el cielo se esfuma y se desle sobre los canales. Septiembre an impera sobre esta tierra de llanura; los prados tienen la verdura de los valles del sur en primavera. Los compaeros he dejado; el corazn entre los viejos muros, he ocultado: mi soledad se queda a recordarte!... Pero despunta el da; ya en las praderas bate el pisar de los caballos. T tambin, ms distante que la Luna, vas por la lejana.

Ya vuela la flor seca No sabr nada de mi vida, oscura montona sangre. No sabr a quin amaba, a quin amo, ahora que aqu restringido, reducido a mis miembros, en el corrompido viento de marzo enumero los males de los das descifrados. Ya vuela la flor seca de las ramas. Y espero la paciencia de su cuelo irrevocable.

El alto velero Cuando vinieron los pjaros a mover las hojas de los rboles amargos junto a mi casa (eran ciegos voltiles nocturnos que horadaban sus nidos en las cortezas), alc la frente hacia la luna y vi un alto velero. Al borde de la isla el mar era sal; y se haba tendido la tierra y antiguas conchas relucan pegadas a las rocas en la rada de enanos limoneros. Y le dije a mi amada, que en s llevaba un hijo mo y por l tena siempre el mar en el alma: Estoy cansado de estas olas que baten con ritmo de remos, y de las lechuzas que imitan el lamento de los perros cuando hay viento de luna en los caaverales. Quiero partir, quiero dejar esta isla.

Y ella: Querido, ya es tarde: quedmonos. Entonces me puse a contar lentamente los vivos reflejos de agua marina que el aire me traa a los ojos desde la mole del alto velero.

Se oye de nuevo el mar Desde hace muchas noches se oye de nuevo el mar, leve, arriba y abajo, sobre la arena lisa. Eco de una voz encerrada en la mente que resurge del tiempo; y tambin este lamento asiduo de gaviotas, o pjaros de las torres, que abril empuja hacia la llanura. Ya estabas junto a m con esa voz; y quisiera que a ti tambin llegase, ahora, de m un eco de memoria, como ese oscuro murmurar del mar.

No he perdido nada Todava estoy aqu, el sol gira a mis espaldas como un halcn y la tierra repite mi voz en la tuya. Y recomienza el tiempo visible en el ojo que redescubre la luz. No he perdido nada. Perder es ir al otro lado de un diagrama del cielo por movimientos de sueos, un ro lleno de hojas.

La lluvia He aqu la lluvia: los aires callados remece, y las golondrinas -gaviotas de mnimos peceslas aguas oscuras, tranquilas, rizan en los lagos. Un olor de heno satura recintos y campos. Y el ao se va sin dar un lamento, ni lanzar un grito, que un da ms pudiera ganar de improviso.

En el preciso tiempo humano Yace en el viento de profunda luz la amada del tiempo de las palomas. De m de aguas de hojas, sola entre los vivos, oh dilecta, hablas; y la desnuda noche tu voz consuela de lucientes ardores y leticias. Nos decepcion la belleza, y la desaparicin de toda forma y memoria, el lbil movimiento revelado a los afectos a imagen de los internos fulgores.

Pero de tu sangre profunda, en el preciso tiempo humano, renaceremos sin dolor.

Carta Este silencio quieto en las calles, este viento indolente, que se desliza bajo entre las hojas muertas o asciende hacia los colores de las insignias extranjeras... tal vez el ansia de decirte una palabra antes de que se cierre de nuevo el cielo sobre otro da, tal vez la inercia, nuestro mal ms vil... La vida no est en este tremendo, oscuro, latir del corazn, no es piedad, no es ms que un juego de la sangre donde la muerte est en flor. Oh mi dulce gacela, te recuerdo aquel geranio encendido sobre un muro acribillado de metralla. O ahora ni siquiera la muerte consuela ya a los vivos, la muerte por amor?

A m, peregrino He aqu que vuelvo a la tranquila plaza: en tu balcn oscila solitaria la bandera de fiesta ya pasada. -Regresa -digo. Mas slo a la edad que anhela sortilegios burl el eco de las cuevas de piedra abandonadas. Cunto ha que no responde lo invisible si llamo como antao en el sielncio! T ya no ests aqu ni tu saludo llega a m, peregrino. Nunca dos veces el gozo se revela. Extrema luz sobre el pino que recuerda el mar. Vana tambin la imagen de las aguas. Nuestra tierra est lejos, en el sur, de luto y lgrimas caliente. all, hablan, con negros chales mujeres de la muerte a media voz, en la puerta de la casa.

Imitacin de la alegra Donde los rboles an ms desolada hacen la tarde, al tiempo que indolente se ha desvanecido tu ltimo paso, aparece la flor en los tilos y persiste en su suerte. Buscas una explicacin a los afectos, pruebas el silencio en tu vida. Otra ventura me revela el tiempo reflejado. Aflige como la muerte, la belleza ya en otros rostros fulmnea. He perdido toda cosa inocente, incluso en esta voz, que sobrevive para imitar la alegra.

Nieve Cae la noche: de nuevo nos dejis, oh imgenes queridas de la tierra, rboles, animales, pobre gente encerrada en los capotes de los soldados, madres de vientre aridecido por las lgrimas. Y la nieve nos ilumina desde los prados cual luna. Oh, estos muertos. Golpead en la frente, golpead hasta el corazn. Que grite al menos alguien en el silencio, en este blanco cerco de enterrados.

Cada entre las flores Se adivinaba la estacin oculta en la ansiedad de la nocturna lluvia, en el vaivn celeste de las nubes como ligeras cunas ondulantes... Haba muerto YO. Una ciudad suspensa entre los aires era mi exilio ltimo; en derredor senta la llamada de suaves mujeres de otros das; la Madre a quien los aos juvenecen, tomando la ms blanca de las rosas, con dulce mano la dej en mis sienes. Fuera de la ciudad era la noche... Los astros recorran curvas de oro en sus ignotos rumbos; todas las cosas, vueltas fugitivas, llevronme a sus ngulos secretos para contarme de jardines de par en par abiertos, y del sentido exacto de las vidas. Yo, en tanto, padeca con inmobles ojos viendo la ltima sonrisa de una mujer cada entre las flores.

Convalecencia Siento amor convertirse en otra muerte ignota para m, pero ms lenta,

Recommended

View more >