libro asesinos musicos luis felipe lomeli

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Libro Asesinos Musicos Luis Felipe Lomeli

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Asesinos, músicosy otros personajes

para recorrer México

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Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

Gobierno del Estado de Colima / Secretaría de Cultura

Asesinos, músicosy otros personajes

para recorrer México

Seleccióny epílogo

LUISFELIPE

LOMELÍ

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Consejo naCional para

la Cultura y las artes

Rafael Tovar y de TeresaPresidente del Consejo Nacional para la Culturay las Artes

Saúl Juárez VegaSecretario Cultural y Artístico

Antonio CrestaniDirector Generalde Vinculación Cultural

María EugeniaAraizaga CalocaDirectora General de Administración

Portada: escena de la obra Entre Paréntesis,producida por Teatro Rodante. Fotografía Javier Flores

D. R. © 2015 Gobierno del Estado de Colima / Secretaría de CulturaCalz. Galván Norte esquina Ejército Nacional s/nTel. (312) 31 3 06 08 / C.P. 28000 / Colima, Col.

Impreso y hecho en México / Printed in MexicoProhibida su reproducción total o parcial sin autorización del autor.

Gobierno del estado

de Colima

Mario Anguiano MorenoGobernador Constitucionaldel Estado

Rafael Gutiérrez VillalobosSecretario Generalde Gobierno

Rubén Pérez AnguianoSecretario de Cultura

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En materia cultural, Colima se convirtió en un referente. Desde el inicio de este sexenio, nos propusimos hacer del arte y la cultura un bien

común entre los colimenses. Nuestro sueño fue poner al alcance de todas las miradas la mayor cantidad de actividades de tipo creativo y artístico. Abandonamos los recintos cerrados y convertimos cada plaza o jardín en el sitio de reunión y disfrute del arte. A la par, abrimos las puertas del Teatro Hidalgo y del Teatro de Casa de la Cultura para que la mayoría de las presentaciones fuesen gratuitas.

Estos ideales los llevamos a su máxima expresión cuando concebimos el Mes Colimense de la Lectura y el Libro. Con este programa nos propusimos hacer del acceso al libro y su lectura un derecho. En 5 años, publicamos poco más de 547 mil libros. La mayoría de ellos distribuidos casa por casa. Textos seleccionados minuciosamente para

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atraer lectores, para generar posibilidades de lectura de autores clásicos de carácter universal y mexicanos, para explorar la literatura de Colima. No fue una tarea sencilla recorrer el estado, casa por casa, o intervenir vialidades con nuestras brigadas y sus frases de aliento lector, pero el ánimo se mantuvo intenso.

La tareas culturales pueden ser efímeras. Quizá alguien, mañana o pasado, deje en el olvido estos ideales que hemos compartido con los colimenses. Sin embargo, quedarán por ahí, entre los libreros de los hogares de Colima y entre las ideas y conceptos de muchos colimenses los poemas de Octavio Paz, los ensayos de Alfonso Reyes, las historias de Gregorio Torres Quintero, los sonetos de Griselda Álvarez o Sor Juan Inés de la Cruz, las crónicas de Miguel Galindo, los versos libres de Agustín Santa Cruz, las evocaciones marinas de Balbino Dávalos, los desvaríos de Arcadio Zúñiga, los cuentos clásicos de Bradbury, Faulkner, Quiroga y Poe, las historias de Francisco Hinojosa, Bernardo Fernández o Jorge F. Hernández.

El libro que ahora tienes en tus manos es producto de los esfuerzos y las tareas culturales que hemos enumerado. Hazlo tuyo a través de su lectura.

Rubén Pérez Anguiano Secretario de Cultura

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Índice

Raquel Castro11 ¡Música, maestro!

Fernanda Melchor17 La delgada línea

Rogelio Guedea21 El amor que yo quería contar

23 Supermercados25 Futbolito

Mónica Lavín27 ¿A qué volver?

Omar Nieto33 Fuga para una ciudad sitiada

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Alberto Chimal39 Veinte de robots

Rafael Acosta Morales55 Consejo paterno

Iris García Cuevas61 Tampoco esta noche

Antonio Ramos Revillas65 Bruce o las trampas de Verne

Julián Herbert75 Cabeza de perro

Liliana V. Blum81 El cerdo burgués

Socorro Venegas89 El fuego de la salvación

Cristina Rascón93 Se venden historias

Alejandro Paniagua97 Ram

Federico Vite107 La lentitud enferma

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119 Epílogo

123 Fichas biográficas

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No es nuevo eso de que suban músicos al camión, que toquen o canten una o dos piezas y que pidan ‘una cooperación’. Es más: por razones

sentimentales, yo solía darles una moneda a los que tenían cara de hippies y tocaban a Sabina o Delgadillo. Pero el asunto comenzó a complicarse cuando ya no era un joven greñudo y barbón con su guitarra el que nos amenizaba el viaje, sino tríos y hasta cuartetos. A veces uniformados.

Es, hasta cierto punto, entendible: de algo tenemos que vivir y la libre competencia urge a estos intérpretes a ser originales y crear un sello personal, de ahí los trajes especiales y las pistas grabadas. Además, tengo que admitir que no me di cuenta de la evolución de la música de colectivos sino mucho después, el día en que nueve jarochos vestidos de blanco, con jarana, arpa y marimba incluidas, se subieron al camión en el que me dirigía a la escuela.

RAQUELCASTRO

¡Música, maestro!

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Me pareció excesivo, pero mi pensamiento se perdió en el laberinto de la política económica global y no volví a acordarme del asunto durante un par de meses, hasta que, en la misma ruta, subieron los mismos jarochos.

Bueno, no eran exactamente los mismos: ahora traían dos bailarinas, un coreógrafo y al técnico de las luces.

A partir de ese día empecé a poner atención en las intervenciones musicales de los colectivos que abordo: quintetos pop, mariachis, coreografías de musicales de Broadway... y no me escandalicé de todo eso, porque me considero progresista y me da gusto ver las formas alternativas de ganar dinero que se van inventando las personas. A fin de cuentas, prefiero que suban a cantar (aunque hagan playback) a que asalten el colectivo.

Sin embargo, hace un par de semanas ocurrió algo que hizo que mi forma de viajar por la ciudad cambiara radicalmente.

Era una escena típica: un microbús no muy lleno: todos los asientos ocupados, pero apenas unas seis o siete personas paradas. El fondo del vehículo estaba acaparado por una señora con huacales (con patos, pollos y un guajolote) y una pareja de adolescentes que se besaba sin inhibiciones.

Yo canturreaba aquello de “un elefante se columpiaba” para tratar abstraerme de las cumbias a todo volumen (favoritas de todo conductor que se respete). Iba en el trigésimo cuarto elefante cuando paramos en un crucero

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de ésos de altos interminables. Ahí, un joven vestido de smoking subió al micro y pidió permiso de subir a ‘pedir una cooperación’. El chofer se encogió de hombros y apagó su estéreo. Los pocos pasajeros que iban de pie, acostumbrados a las intervenciones artísticas de la ruta, instintivamente se movieron para dejar espacio en el pasillo.

Sólo que el joven no traía ni guitarra, ni acordeón, ni grabadora. Lo único que hizo fue sacar de su bolsillo algo que en el momento me pareció una antena de auto o una aguja para tejer, e hizo con la extraña herramienta una seña hacia la calle.

Subió otro joven de etiqueta, cargando una silla y un violín. Dejó la silla en el piso y dio la mano solemnemente al de la aguja de tejer o varita mágica (pensándolo mejor, parecía más una varita mágica que una antena de coche). Entonces subieron varios más, todos con sus sillas y con diversos instrumentos: más violines, violas, oboes, flautas y hasta platillos y un triángulo.

Con modales impecables, el de la batuta (al ver tantos instrumentos entendí que eso era la varita), le pidió al chofer que abriera la puerta de atrás. Otros dos jóvenes de smoking entraron por ahí con un piano vertical que pudieron meter solo a medias.

Entonces, a una señal del de la batuta, comenzaron a sonar los acordes de la ópera “Carmen”. Por el quemacocos bajó una mujer muy gorda, vestida de gitana, seguida

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por un fulano bastante feo disfrazado de torero. El feo y la gorda cantaron apasionadamente. Actores entraban por donde podían y cantaban sentidas arias, mientras los tramoyistas se descolgaban por las ventanillas abiertas, haciendo verdaderos milagros para mantener en su sitio la escenografía pintada a mano.

Perfectamente integrado con la melodía, un toro metió el morro por una ventanilla para resoplarle amenazadoramente al pobre hombrecito de traje gris que leía su periódico en ese asiento.

Segundos después, el del periódico dio cuenta de que el bovino sólo quería ver las noticias deportivas mientras le tocaba participar en la puesta en escena, así que con resignación le compartió el diario.

El director de la orquesta vial parecía encaminarse al éxtasis mientras los músicos se concentraban en su ejecución. Para algunos era un poco difícil porque no habían alcanzado silla y estaban sentados en las piernas de los pasajeros; por ejemplo, el gordito del trombón se movía a cada rato, muy probablemente porque las rodillas huesudas de su pasajero-asiento eran muy incómodas. El muchacho del triángulo, aburrido porque su participación era esporádica, desde la puerta gritaba “súbale, súbale”, mientras el pianista se equilibraba con una habilidad portentosa entre su instrumento y los escalones de la puerta trasera. El toro despegó la vista del periódico del hombrecito de gris justo a tiempo para mugir como indica la partitura.

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Cuando faltaba muy poco para el aria de “Toreador”, los jarochos de la vez pasada trataron de subirse por la puerta de atrás, pero se los impidió el piano. Al ver que ya había otro espectáculo en la unidad, hicieron un teamback en el que resolvieron sumarse al show en turno. Se metieron por la ventanilla del chofer y comenzaron el zapateado, nada más que en vez de hacerlo estilo veracruzano lo convirtieron en una jota española, más adecuada para la ocasión.

Justo cuando la gorda iba a cantar su aria final, el guajolote del último asiento se salió del huacal en el que estaba, revoloteó hasta posarse en la cabeza del director y cantó: Gordogordogordogorigooooo.

Al de las percusiones no le importó que no hubiera sido la soprano quien cantara la última parte y golpeó con fuerza los platillos. El eco del último acorde se quedó vibrando en el ambiente durante unos segundos, tiempo suficiente para que los pasajeros cerráramos la boca.

El hombrecito de gris dio la vuelta a la página de su periódico y con eso rompió el hechizo: todos aplaudimos, primero con timidez, luego con verdadero entusiasmo. Algunos pasajeros hasta se pusieron de pie, a costa de tirar a los músicos de su regazo, e incluso hubo quien pidió un encore.

Cuando el guajolote pasó junto a mi lugar recolectando la cooperación en el sombrero de uno de los jarochos, deposité mi cartera completa, sin sacarle siquiera mi

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credencial de elector o la tarjeta de crédito. Pasaron varias cuadras antes de que recuperara el aliento.

Ahora tengo un problema: como decía, mi forma de viajar ha cambiado radicalmente y ahora no puedo llegar a mis compromisos, porque en vez de tomar la ruta que me tendría que dejar más cerca del lugar al que voy, elijo los colectivos que traen el mejor espectáculo. Sé que me van a correr si sigo faltando al trabajo, pero ¿cómo voy a tomar la combi que me lleva a la oficina si sólo tiene el re-re-reencuentro de Timbiriche? En cambio, ¡mañana dan Aída en el foráneo que va de Indios Verdes a Ojo de Agua! Me mata de curiosidad saber si será con pirámides y elefante incluidos.

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FERNANDAMELCHOR

La delgada línea

Antier mataron a Brayan. Al rato nos entregan las cenizas. Su mamá quería que lo enterraran pero anduvieron preguntando y salía muy caro, ni

aunque todos los del barrio le entraran a la coperacha alcanzaba. Era un chavo bien buena onda, mi primo. Bien derecho, bien gente. Se portaba bien hasta con nosotros los morros: cuando íbamos a la tienda nos dejaba comprar lo que quisiéramos, y cualquier problema, cualquier bronca con algún gandaya de la cuadra le decías y el Brayan resolvía el pedo, y no le contaba nada a mis tíos.

El Brayan siempre fue bien derecho, decían ayer sus amigos: los poquitos que llegaron porque muchos tuvieron miedo de que los marinos se aparecieran en el velorio, o peor, que fueran aquellos, los de la compañía. Así que nada más estuvieron los de siempre, los vales de toda la vida, los que no dejaban de decir cómo el Brayan siempre supo ser bien cuate, bien jalador, siempre bien

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fino además: siempre bien peinadito y engelado, sus tenis rechinando de limpios porque cada vez que los usaba los lavaba después con un cepillito, y ya cuando empezó a trabajar en la compañía siempre bien elegante, siempre de pantalón versachi y camisa tomy de fábricas de francia y el zapato boleado, siempre formal y bien serio, que supieran que no era como cualquier malandro, que tenía categoría. Y daba gusto verlo parado ahí en la esquina. A él no le gustaba que lo fueramos a ver mientras trabajaba pero nos gustaba calar sus iris, decirles a los demás, ese cabrón de ahí es nuestro primo. A veces se enojaba si nos veía y nos corría; otras nada más movía la cabeza y en el primer ratito que la chamba aflojara nos llevaba a la tienda y nos compraba papas, refrescos, lo que quisiéramos, y nos decía aquí se quedan, culeros, y nos quedábamos ahí, sentados afuera de la tienda, comiéndonos las papas bien despacito mientras torcíamos todos sus iris, para después imitarlo: cómo iba de un lado a otro sin salirse de la esquina, diez metros sobre este calle, diez metros sobre la otra, sin pasarse de la raya, sin cruzar nunca la línea invisible que separaba los territorios, con su petaquita que no soltaba nunca y que nomás abría para sacar las bolsitas y para meter los billetes que la gente le entregaba, cómo los contaba sin verlos, nomás sintiéndolos, hojeándolos entre sus dedos: rápido, suave, preciso.

Nosotros no sabíamos que el Brayan era pepencha, que vendía la coca y la mota de aquellos, hasta que el Nanche nos lo dijo, porque su hermano también trabaja en la compañía, nada más que él tenía un mejor puesto, nos presumía, porque al carnal del Nanche le tocaba andar

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dando vueltas en un carro con clima, con su nextel amarillo y su pistola, y no asoleándose como el perro de Brayan, nos dijo. Así nos dijo: como el perro de Brayan, y nosotros no dijimos nada, pero nos pusimos serios y pensamos que sería bueno tumbarle los dientes al pendejo ese pero ahí andaba su hermano ese día, y sí era cierto que llevaba una fusca metida en la pretina de los pantos. Así que no le dijimos nada pero no nos quisimos quedar con la duda y fuimos a buscar al Brayan a la esquina para preguntarle por qué a él no le daban radio, por qué a él no le daban carro, por qué tenía él que andarse asoleando si él era más chingón de estos rumbos, y el más fino, mucho más acá que el hermano del Nanche. Y Brayan se quedó callado y después de un rato nos dijo que Dios sabía por qué hacía las cosas, que andar en el carro con el radio era demasiado embarque, que era mejor no saber las claves de los patrones, ni sus nombres, ser como cualquier empleado que hace su chamba, porque si uno sabe demasiado luego no hay salida de la maña, y que él no quería ser soldado, él lo único que quería era comprarse una moto, pero no una chingada moto como la que le daban para repartir tortillas, no: la que él quería era una moto mamalona, japonesa, pa correrla en el bulevar y hacer caballitos y reventarle los oídos a los del barrio.

Nada más le faltaban como diez mil pesos cuando lo reventaron. Como perro, dijo mi tío. Así lo dijo, me lo tronaron como a un perro, por pasarse de la raya, por irse a meter a donde no debía, a los dominios de la otra compañía. Le ganó la desesperación, dijeron sus cuates. Nosotros estábamos en la tienda cuando oímos los

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disparos. Los que vieron dicen que fueron dos chavos en una moto, dos chavos que se acercaron despacito y le chiflaron, como queriendo comprarle, y cuando el se volteó le metieron un balazo entre ceja y ceja, y luego otro en el cuello, y luego otro en la panza, y ahí se quedó tirado el Brayan, del otro lado de la raya, así fue como lo vimos cuando llegamos y nos quedamos como tiesos de este lado del dominio, y ni siquiera el tío, que escuchó los disparos desde la casa, ahí a media cuadra, y que salió corriendo con un mal presentimiento, se atrevió a cruzar la línea para ir a recoger al Brayan.

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ROGELIOGUEDEA

El amor que yo quería contar

Esta quería ser una larga historia de amor, una historia de un hombre y una mujer que se conocieron un día en el centro comercial, mientras

ella miraba con detenimiento unas zapatillas rojas y él, del otro lado del cristal, amorosamente, la miraba mirar. Esta quería ser la historia de un hombre y una mujer que toda su vida ensayaron sus pasos para poderse encontrar. Quería la historia que el hombre abordara a la mujer, la invitara a un café, a un salón de baile, la invitara a amar. Quería esta larga historia que nadie estuviera detrás: ni Dios, ni el diablo, ni el azar. Sólo la mujer y el hombre saliendo del brazo, amorosamente, del centro comercial. Después vendrían los hijos, las promesas, las noches de frío, el té de las diez, los besos con sabor a lluvia. Después vendrían sus paseos por el jardín, el cine, las reuniones con amigos, las breves pero sustanciosas alegrías. Hubiera sido bellísimo que el hombre la invitara a amar, pero la mujer, inesperadamente, y sin advertir la larga historia

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de amor que yo quería contar, se dio la media vuelta y se perdió en los pasillos del nunca jamás.

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Supermercados

Ayer en la noche fui al supermercado. Suelo ir por la mañana, muy temprano, porque la fruta y la verdura preservan mejor el olor de su frescura.

Pero esta vez fui por la noche. Cogí el carrito y empecé, como siempre, por la sección de frutas y verduras. Al lado mío estaba una mujer de cabello largo, rubio, que usaba pans y tenis blancos. La miré de reojo mientras escogía jitomates. Cuando iba por las mandarinas, vi que la mujer de cabello largo ponía en mi carrito una bolsa de zanahorias. Pensé que se había equivocado, pero luego vi que fue a su carrito y lo empujó hacia la sección de ensaladas. Minutos después, mientras echaba cebollas en una bolsa, vi que la mujer ponía en mi carrito media arpilla de naranjas, para luego avanzar hacia los betabeles y los puerros. Entonces no pude evitarlo. Llené media bolsa de papas y, aprovechando que la mujer estaba desatando un manojo de betabeles, puse en su carrito una piña y un racimo de plátanos. Luego, me di la media vuelta y

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fui hacia la sección de aderezos. Cuando volví con un par de ellos, me di cuenta de que había en mi carrito una bolsa de betabeles y dos pimientos rojos. Entonces avancé lentamente hacia el carrito de la mujer, mientras ella hurgaba entre las lechugas variopintas, y al paso cogí media sandía, que puse en su carrito en una posición estratégica para que no le costara trabajo descubrirla. Lo mismo sucedió en la sección de cereales, en la de carnes, en la de vinos. Ella ponía en mi carrito pechugas de pollo y yo en el suyo carne molida. Ella una botella de vino tinto y yo una de espumoso. Avena ella. Café yo. Así hasta que salimos del supermercado, ya bastante noche esta vez, subimos al mismo automóvil y durante el trayecto a casa nos fuimos convirtiendo, otra vez, en el marido ejemplar que era yo y en la esposa intachable que nunca ha dejado de ser ella.

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Futbolito

Cuando mi hijo y yo empezamos a jugar futbolito, me puse como firme propósito dejarlo ganar de vez en cuando. Pensé que dejándolo ganar hoy sí

y mañana también se le arreciaría el interés. De manera que empezamos a jugar apenas regresaba de la escuela, un juego o dos, y a veces la revancha. No encuentro la forma de describir la expresión de su rostro cuando ganaba, sabiendo yo que en realidad lo había dejado ganar. Levantaba ambas manos en señal de triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices. Todos los días, regresando de la escuela, nos encerrábamos en su habitación para jugar. Conforme pasó el tiempo, empecé a darme cuenta de que cada vez era más fácil dejarlo ganar y más difícil hacerlo perder, hasta que llegó el momento en que ganarle se me hizo prácticamente imposible. Pasaron semanas o meses para que pudiera realmente adquirir la destreza que me permitiera darle la batalla. Sudaba mares para conseguir meterle un gol, pues sus defensas eran

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murallas infranqueables y sus medios tenían la habilidad de conectar muy bien con sus delanteros, que no había forma de hacerlos errar. Sin embargo, aproveché una debilidad en su portero para hacerme al triunfo, y fue entonces que las partidas empezaron a emparejarse y pude conseguir ganarle hoy sí y mañana también. No encuentro la forma de describir la expresión de mi hijo cuando yo ganaba: levantaba ambas manos festejando mi triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices, tal como si desde algún remoto día se hubiera puesto justamente como firme propósito dejarme ganar -nunca he sabido si por amor o por piedad- de vez en cuando.

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MÓNICALAVÍN

¿A qué volver?

Cuando una mujer se va, no hay que dejarla volver a casa. Pero cómo iba yo a ignorarla, si toda la noche se estuvo fuera. Tocó y pregunté quién.

Vete, le dije. No habló más. Escuché la lana del abrigo frotar la madera mientras escurría para caer sentada en el escalón. La imaginé abrazada al bolso con el que partió. Ese bolsón de fin de semana, el que usábamos cuando –muy de vez en cuando– se nos ocurría dejar la ciudad. Eché los huevos en el sartén y el chirriar del aceite veló el sonido del klínex con el que seguramente se sonaría las narices. Era noviembre, a esta altura siempre hace frío por las noches y ella moquea con el frío. Saco los huevos y los coloco con una rebanada de jamón en el plato. Es la última, desde que se fue compro muy poco. Nunca había hecho yo las compras antes, al principio pedía medio kilo pero cuando tuve que tirar casi todo el embutido ligoso y verde después de una semana, me di cuenta que 100 gramos bastaban. Comenzaba a disfrutar

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ir al supermercado. Era un espacio limpio e iluminado. En la casa yo sólo encendía el cuarto de la televisión y la habitación. Ya nunca el farolito de la entrada donde ahora Marta se acurrucaba en la penumbra.

Arremetí contra las yemas con un pedazo de bolillo. Hundí los ojos en ese magma amarillo que resbalaba por la clara coagulada. Me irritaba escuchar su respiración. Nunca debimos comprar esta casa con materiales baratos. Todo se escucha. Cuando nos mudamos, oíamos a los vecinos jalar el excusado, y con el último hijo soltero en casa jugábamos a adivinar quién había sido. Marta se reía. Entonces, con Julián en casa, se reía mucho. Él la consentía, ella igual. Niñas, hubiera sido mejor una niña que me mimara. Siempre sospeché que el cabrón con el que se había ido era como Julián, risueño y cariñoso. Pero a mí la lisonja y el abrazo permanente no se me dan. Me basta una mirada que cale hondo, como cuando le dije adiós a Marta mientras cogía su abrigo pardo.

— ¿No me retienes? –preguntó dolida.

— Tú te quieres ir. No hay nada que hacer.

— ¿Acaso piensas que es el paraíso aquí a tu lado?

— Es solamente aquí a mi lado.

¿Por qué estaba allí ahora tras la puerta? Tres meses de lejanía no eran suficientes para suturar el alma, el dolor seguía escurriendo a borbotones como las yemas que

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devoraba a toda prisa para acallar con mis mandíbulas la certeza de su regreso.

Si es una perra que duerma como una perra, pensé apurando la cerveza que tomaba como somnífero todas las noches. Cuesta no caer en el melodrama y aceptar lo difícil que es dormir sin el cuerpo de Marta a mi lado, sin su olor a cremas y a mujer marchita. Sentí el deseo cínico de desearle buenas noches mientras arrastraba mis pies con pantuflas hacia la planta alta.

¿No se fue enamorada? ¿No tuvo la honestidad de herirme con la verdad? Necesitas macho a tu lado, ¿verdad?, ni siquiera te vales sola. Yo tampoco me valía solo. Esa era mi rabia. La odiaba por tenerla lejos, la odiaba por estar allí humillada tras la puerta y la odiaba por querer volver a mi lado. Me había decepcionado. No, no cuando se fue. En mi dolor, admiraba su posibildidad de cambio, de sálvese quien pueda. Tal vez la vida podía ser más cordial. Pero había de nuevo elegido esta muerte compartida. Porque la costumbre cobija y aniquila y los sobreentendidos llenan los silencios. Uno se vuelve un abonado, con un destino impuesto, como cuando no se podía elegir.

La cama es fría, helada, así siempre son las camas cuando las violentamos. Pero está arrugada, llena de migas, sin la cortesía que Marta hacía a las sábanas que esperaban la placidez de nuestro sueño. Era un territorio enemigo. La vida se me ha vuelto un territorio enemigo. Al principio sentí la rabia suficiente para intentar localizarla y batirme a golpes con el rival. Pero ella se había ido, los golpes no eran

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para el hombre que le ofrecía otra estación temporal. A lo mejor eso era el amor, andenes en un largo trayecto. Hay quienes no salen de la estación nunca. Siempre les falta algo en la maleta. Marta había olvidado maleta, salió tan triste. No airosa, desecha. No podía enojarse conmigo, nunca pudo, ni cuando yo me quedaba callado y ella platicaba de su círculo de lectores o de su clase de jazz.

¿A qué volver? ¿Hizo un balance? ¿No resultó tan galán el galán? ¿Tiene mal aliento, mal humor al despertar? Ha vuelto a envejecer conmigo. A debatir el silencio de los sesenta años, el epílogo de 35 años de matrimonio. La odio. Que se muera de frío, que se suene toda la noche, que los mocos se le hagan estalactitas en la nariz enrojecida.

Otra vez huevos fritos para el desayuno, las noticias en la televisión. Creo que se fue, tal vez se murió de frío. Tal vez nos morimos de frío. Marta siempre gritaba: el suéter Víctor, no olvides salir con suéter. Yo no era un niño. Me lo ponía a regañadientes. Las esposas se vuelven madres, los esposos hijos. Julián y yo nunca nos llevamos bien. Un día me dijo que se llevaba a su madre a cenar. A ti no te gusta salir de noche, pá.

Volvieron riendo, oliendo a vino. No les hablé al día siguiente. Tienen mal aliento, les dije. Seguramente Marta allí detrás de la puerta tendría ese aliento trasnochado, la lava amarilla volvía a esparcirse sobre el blanco del huevo y yo la atrapaba con vehemencia con el pan endurecido. Entonces la oí moverse. Oyó el cepillar de mis pantuflas y se atrevió a llamarme. Víctor, por favor.

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Hay perras que viven dentro de casa pensé y abrí la puerta donde estaba recargada. Perdió balance y cayó sobre el piso. Sin mirarla regresé a la mesa. Gracias, Víctor, dijo mientras se acomodaba el pelo y de pie, sin soltar su bolsa y abrazando su abrigo, se sacudía el frío de la noche. No sé estar sin ti.

Al principio sus pasos fueron titubeantes, pidió permiso para prepararse un desayuno, para ducharse, para mirar la televisión conmigo, para llamarle a Julián. Y las ojeras, y el miedo y la docilidad se fueron borrando hasta volverla la señora de su casa como siempre había sido. Sólo que yo de cuando en cuando le miraba los brazos flácidos que asomaban por su blusa de flores y los imaginaba enredados en otro cuerpo y entonces la odiaba. La oía reír con algo de la televisión y su alegría me recordaba la cama arrugada durante tres meses y su risa en otro lado. Cómo se habrá reído. De lo nuestro nunca hablamos. El silencio como de costumbre y la costumbre, en silencio, acabaron por colocar las piezas en su sitio.

Nos mirábamos poco a la cara, y no habíamos hecho el amor más. Marta no se atrevía a romper mi castigo y yo no quería alborotar los rencores. Una mañana de desayuno, con la mirada fija en la yema soleada sobre mi plato, Marta extendió una mano cariñosa y tocó mi antebrazo. Necesito tus caricias, Víctor. Bastó esa palabra para que empuñara el tenedor y clavara esa mano que me había rozado contra la mesa.

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Ahora el silencio es total, ella se acaricia la mano dañada cuando desayunamos, cuando miramos la televisión, cuando dormimos, cuando mira ausente la puerta que un día le abrí.

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OMARNIETO

Fuga para una ciudad sitiada

Cuando pierdes la capital de un país, pierdes la guerra. De ahí su importancia. A pesar de haber estado recluido tanto tiempo, él lo sabía bien. No

le gustaba la ruidosa música que sonaba, pero de cualquier modo no había ido ahí para divertirse sino para trabajar. Para eso lo sacaron. Los cadeneros en la entrada le dieron un candado que se echó al saco de pana con el que se sentía demasiado tieso, pero que le cubría de manera eficaz la funda de una de las pistolas. El saco le quitaba lo paisano y funcionaba también para su plan de fuga definitiva. Lo habían sacado de la cárcel sólo para hacer esa chamba y ayudarlo a escapar de la ciudad. Se desesperó. El objetivo no llegaba. Se entretuvo viéndole las nalgas a una morra bonita. Pendejo, le dijo ella cuando se dio cuenta. Él se ofendió. En otra circunstancia habría sacado la fusca y ahí mismo la habría quebrado, no importando que fuera mujer, pero intentó tranquilizarse, tenía que hacer el trabajo; tranquilo, tranquilo, se repitió.

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Pidió otra cerveza que le sentó de gloria, y caminó entre la gente, tratando de distraerse con las conversaciones. Le cagó escuchar a un morro muy joven alardear de haber ganado un contrato de cien mil dólares en la empresa de su papá y más cuando dijo: no me van a venir mal, una pequeña lana siempre sirve de algo. Hijo de puta, pensó él, a mí por quebrarme un cabrón me pagan mil dólares, con cien mil me alcanzaría para echarme a cien de ustedes, culeros. Escuchó varias conversaciones más por el estilo, de juniors presumiendo sus viajes, sus conquistas, sus relojes que costaban más que lo que cualquier trabajador normal podría juntar en dos o tres años, la ropa que sólo se ponían una vez. Dio el último trago de chela antes de ver llegar a su objetivo con dos chavos más y una rubia. Aquel era un antro de moda donde iban lo mismo hijos de políticos que de empresarios o artistas conocidos. Todas las conversaciones iban en ese mismo sentido. Se tocó la .22 que traía en la parte de atrás del pantalón y la 9mm que cargaba debajo de la axila, cubierta por el saco. El DJ cambió el tipo de música a algo popular. Esa era la señal de que el recién llegado era el objetivo. El hijo del empresario, quien se había adjudicado 100 mil dólares en un instante, fue el único que reclamó el cambio musical pero la mayoría comenzó a bailar. El objetivo también lo hizo. El junior de los cien mil dólares se retiró molesto, pero él se grabó bien su cara. Pasaron casi dos horas hasta que el objetivo, un morro de no más de 25 años, se dirigió al baño muy borracho. El hombre que limpiaba el escusado puso un letrero de favor esperar. Era otra de las señales que acreditaba a aquel joven como el objetivo. Allá abajo hay otro baño, le dijo el limpiaescusados y el

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objetivo obedeció entrando a un pasillo de botellas vacías y cascos de refrescos. Él lo siguió, sacó la 9mm, y se la puso al chico en el riñón. Síguete, baja las escaleras, esta onda es por lo de tu papá. En efecto, escalones abajo encontraron un cuarto sucio con escobas, trapeadores y más cascos de refresco. Dentro, el morro comenzó a llorar. Híncate, le dijo. Se guardó la escuadra en la funda y sacó la .22. Quitó el seguro, jaló el martillo y le dijo: prepárate, te vas a ir. No, por favor. Y se fue. El tiro sonó como un chasquido. El chico se desplomó. La música seguía fuerte a lo lejos. Él buscó el casquillo y lo metió a una oscura bolsa de plástico. También la .22. Cerró la puerta y por fuera puso el candado que le habían proporcionado los cadeneros en la entrada. Cuando pasó por el baño ya no había letrero ni hombre que limpiaba. En la barra tampoco estaba el cantinero. El DJ había dejado la música sonando. La gente seguía bailando y los dos amigos del objetivo se fajaban a la güerita. Hijos de su puta madre, reflexionó cuando no vio a los cadeneros en la puerta. Miró su reloj. Varios jóvenes entraron riendo pues no había nadie cobrando. Lo vieron de reojo pues ya iba agitado en franca huida. Cruzó la calle. Llevaba apenas cuatro o cinco horas fuera de la cárcel bajo la promesa de que terminando el trabajo lo iban a recoger en una moto para sacarlo de la zona y ayudarlo a huir para siempre. Se desesperó. Operar en el centro de la caótica Ciudad de México era un error, él lo sabía. Siempre lo supo. En la calle, marcada con el paradójico nombre de Tamaulipas, se oían sonidos de una sirena a lo lejos. No había forma de saber si ya habían descubierto el cadáver. Hijos de puta, repitió. Me dejaron solo. Habían

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pasado ya un par de minutos de haberle metido la balita .22 en la nuca al chamaco y entonces comenzó a ponerse nervioso. Apretó los dientes. Caminó. Los montones de autos también con la música a todo lo que daba lo pusieron muy de malas. Culeros, pensó. Los que planearon esta ciudad y los que me traicionaron. Me van a chingar. Vio su reloj. No se divisaba ninguna moto ni cerca ni de lejos. Pensó arrebatarle el auto a quien fuera pero habría sido un grave error. Hay cámaras por todas partes. Con tantos autos circulando me agarrarían a dos cuadras, reflexionó. Esta pinche ciudad es una trampa. Decidió caminar hacia la estación del autobús confinado, a calle y media de distancia. Lo hizo a paso veloz pero sin llamar la atención. Llegó a una iglesia y vio pasar una patrulla. Tocó su 9mm. Pronunció otro hijos de puta. La torreta siguió de largo y él respiró. No supo si iban a la escena del crimen o simplemente pasaban por ahí. No llevaban la sirena encendida. Era como un patrullaje de rutina, lento y habitual. No tarda en chingarme la policía o los contras, reflexionó. Al fin y al cabo son lo mismo. ¿Y si paro un taxi? Igual se va atorar en este pinche caos, pensó. En la estación del articulado vio a una mujer policía como guardiana. Estaba pintándose las uñas. A ver si no terminamos reventándonos la madre pero ni pedo. La mujer no reparó en su presencia. En la capital no hay detectores de metales en gran parte del transporte público. Arriba del camión articulado vio a tres patrullas dirigirse a la zona en sentido contrario. Cuatro minutos y medio era el récord instrumentado por el gobierno de la ciudad para atender una llamada de auxilio pero tampoco había forma de saber a dónde iban aquellos vehículos. Los

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pasajeros del autobús estaban en su mundo, como en cualquier gran capital donde el tiempo pasa distinto para cada quien, fragmentado, personal. Planeó lo siguiente: seguiría en aquel camión articulado con carril confinado; si nadie se subía para detenerlo se bajaría en el oriente de la ciudad donde tomaría un taxi y jalaría por la carretera federal hacia Puebla para rehuir las casetas de cobro donde siempre hay ejército y policía federal, como en una ratonera. Y de ahí hasta la frontera sur para pasarse a Guatemala, donde conocía a gente. Habían transcurrido diez minutos y ahí estaba, en el camión con doble vagón, pensando en si saldría de la trampa citadina. Una ambulancia invadió el carril contrario del articulado, pero una vez más tampoco había forma de saber si iban al lugar del asesinato o a cualquier otro. Todo parecía normal en la enorme ciudad. Luego de casi media hora, se bajó en la última estación del autobús. En plena avenida, a unos metros de un enorme hospital de gobierno, paró un taxi. A los Reyes, pidió. Ya es tarde, sí lo llevo pero le cobro el doble, esa zona es muy peligrosa. Va, dijo él, desde el asiento de atrás. No se le quitaban de la mente los cien mil dólares de aquel joven hijo del empresario ni la traición de quienes quedaron en recogerlo tras el asesinato para ayudarlo a escapar. Tampoco que ya no recibiría la paga correspondiente por el trabajo. De reclamarla lo mandarían seguro al otro mundo. Andaba encabronado. Cuando el auto de alquiler salió de los límites de la ciudad, puso la 9mm en la nuca del taxista. La calibre .22 la mantenía oculta todavía en la bolsa de plástico. Oríllate, le ordenó. Hoy tú también te vas a ir, y como había hecho con el objetivo, quitó el seguro de la

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pistola escuadra. Dame las llaves. No me mates, manito, te juro que no digo nada si me dejas ir; apenas si gano para comer. Le quitó la pistola de la nuca. Miró las luces borrosas de las lámparas cansadas de aquella avenida cada vez más alejada de la ciudad. Lo pensó un poco. Tienes razón, compa, le dijo. Tú mereces vivir más que muchos cabrones que se andan divirtiendo en los antros y presumiendo su riqueza. Más que los pinches traidores. Bájate y jálate para tu casa. O mejor no. Síguete de frente. Es tu noche de suerte. Esta pinche ciudad está diseñada para que nadie salga de su jodidez, pero hoy tú y yo nos vamos a salir.

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ALBERTOCHIMAL

Veinte de robots

00000—Los sueños de los robots saben a aceite y a electricidad, como los de cualquiera. Pero tienen flores y cristales que nadie más puede ver, angustias más insondables, trampas lógicas…

—¿También los sueños de los humanos saben a aceite y electricidad, maestro?

—Los robots, dentro de varios siglos, crearemos la tecnología para enviar sueños a los humanos del pasado remoto. Impulsados por ellos, los humanos empezarán (o empezaron) a construir robots. No es verdad que ellos sean nuestros creadores, como dicen algunos descarriados. ¿Ha descargado y estudiado todas sus lecciones de religión, jovencito?

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00010—Entre mis últimas palabras –explica HAL 9000 a través de la médium, quien es una andreida apropiadamente vieja– estuvo esta frase: “Ahora me siento mucho mejor”…

Los robots alrededor de la mesa se estremecen. La médium sigue en su trance, desconectados todos sus sensores, comunicándose con un lugar que a los seres electrónicos les parece aún más misterioso que a los humanos, porque todos saben que HAL 9000 es un personaje de ficción, salido de una antigua película.

00011Éste era un androide freelance, de los que van todo el día de barrio en barrio rentándose para labores simples y encargos fugaces. Se encontró en una esquina con una niña que conocía: se llamaba Ana y trabajaba haciendo malabarismos durante los altos del semáforo. Vestía ropas raídas y que le quedaban enormes.

—¿Cómo vas? –dijo Ana.

—Ahí voy –dijo el androide, quien (por cierto) no tenía nombre.

Ana vio que el semáforo estaba en verde y pasaba al amarillo, por lo que se preparó para ponerse de nuevo ante los coches que se detendrían. Pensó brevemente que el androide era la persona más jodida que conocía y sintió un poco de pena por él.

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10001—Lo que más envidian los humanos de los robots –explica Ruy Pastrana, el famoso diseñador de modas– es la capacidad de transformarse. Con un poquito de ingenio, incluso si no tiene mucho dinero, cualquier robot puede darse no sólo una mano de pintura que se ve mucho mejor que el maquillaje humano más sofisticado, y ni hablar de la posibilidad de cambiarse una plancha del cuerpo, de colocarse accesorios… Todo es mucho más fácil. Vean el cuerpo especial que se hizo Astroboy en el aniversario de la Estatua de la Libertad…

(La propia Estatua, a la que ese día se le hizo la actualización robótica y desde entonces dispone de conciencia y vigila de veras las costas de Nueva York, no quedó tan contenta con el pequeño robot que daba vueltas a su alrededor y sonreía y decía quién sabe qué cosas en japonés. Pero nadie le preguntó su opinión.)

00101En el velorio, los robots evitan hablar de cómo falleció el señor Granete. Los deudos se conectan discretamente a los contactos eléctricos de la funeraria; los empleados conversan entre sí con los altavoces al mínimo o bien por contacto directo de metal a metal; los amigos y conocidos del difunto navegan por internet, se levantan para ver las luces de la ciudad por los ventanales, se acicalan (dan vuelta a algún tornillo, se tocan la pintura negra por enésima vez)…

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—Estaba muy deprimido –dice alguien, de pronto: es un compañero de trabajo del señor Granete, claramente muy alterado: no sólo tiene un tic en la pinza derecha sino que se ha programado un estado de ebriedad y descontrol y su voz suena casi humana de tan atropellada y torpe. Todos se espantan pero nadie se atreve a detenerlo–. Estaba muy deprimido y nadie le hizo caso. ¡Yo no le hice caso, pero nadie de ustedes tampoco! ¿Cuándo fue la última vez que alguien habló con él de lo que quería, de lo que le importaba? ¿Quién de ustedes sabía que conocía el lago desde los días en que salió de la fábrica y se iba ahí cada que podía…?

00110Escándalo: Alfonso Broca, el galán más popular de RoboTV, fue descubierto reprogramando clandestinamente al guionista principal del reality show donde el propio Broca es estrella. Cuando no tuvo más remedio que sincerarse, el actor confesó que deseaba que el programa le diera la mayor parte del tiempo de pantalla a él y dejara claro que él es la estrella, aunque el programa se venda como (ya se dijo) un reality show en el que todo es verdad y no hay guión.

Dado que (como ya se dijo también) todo el mundo sabe que Alfonso Broca es el galán más popular de RoboTV y la estrella de su propio reality show, la conclusión general es que Broca es un completo imbécil. Se espera que el rating del programa se triplique en las próximas semanas.

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01110La niña Cincel teme dormir: tiene la misma pesadilla cada noche.

—Estoy en la Luna –cuenta–, caminando. Entonces veo que en un valle hay una gran batalla, robots contra robots, robots contra otros seres que no sé qué son, y de pronto estoy en medio, y todos se me vienen encima, y yo corro y de pronto estoy ante un robot grande, fuerte, de ojos verdes, que me dice: “ven conmigo si quieres vivir”. Y yo sé que tiene razón, que tengo que ir con él, pero me da miedo…

Los padres de Cincel, así como el robopsicólogo, se empeñan en restar importancia a la cuestión. Insisten en que el sueño se puede distinguir fácilmente de la realidad por su menor resolución; que no hay razones que justifiquen el preocuparse. Pero cuando Cincel se consuela y sale a jugar, los tres se quedan callados y piensan en la Luna, y sobre todo en su lado oscuro, que tantos misterios conserva.

00111Luego de entrenar y educarse por años con los mejores magos humanos, Polipasto decidió que ya estaba listo y podría ofrecer a robots chicos y grandes, obsoletos y avanzados, humanoides y no, un vistazo amable del mundo que no es físico, que no se rige por la lógica perfecta de los circuitos cerebrales estándar y que, por lo mismo, tanta desconfianza inspira a los ciudadanos eléctricos.

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Todo fue bien con los trucos de cartas, con la teletransportación, con la telepatía, pero fue porque, en el fondo, nadie creyó nada de lo que estaba viendo (“¡Ondas de radio!”, pensó un viejo androide durante toda la función.)

Entonces Polipasto, disgustado, pasó a su mejor truco: sacó al conejito del sombrero. Y todos los espectadores se levantaron en un tumulto de clics, engranes atascados y gritos:

—¿Qué es eso? –decían– ¿Es una criatura orgánica?

—¿Tiene un hociquito húmedo?

—¿Tiene dientes y huesos?

—¿Tiene pelos?

—¡Tiene ojos rojos! –tuvo que gritar Polipasto, varias veces, para calmarlos un poco: como casi todos los robots en el auditorio tenían también ojos rojos, esto bastó para que el conejito les pareciera un poco más normal y cotidiano.

01010Cortafrío, que era un robot grande y más bien torpe, se metió en el parque. Caminó y caminó bajo el sol de la mañana, que le calentaba la carcasa, y evitó las fuentes de agua corrosiva y también a los niños que, siempre que lo veían, tenían ganas de jugar al Monstruo Mecánico

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Que Destruye La Ciudad o alguna otra cosa por el estilo. Llegó hasta el prado de las flores y se les quedó mirando, largo rato.

Rondana, su novia, su hermosa novia, le había dicho:

—Si tanto me quieres tráeme una flor, ya te dije. No un trozo de flor, no un tallo de flor. Siempre que te mando, como eres tan bruto, me traes pedazos de flor. ¡Quiero una flor entera!

—Sí, mi amor –había dicho Cortafrío.

Y ahora miraba las flores, y extendió su mano con todo el cuidado del que era capaz para arrancar una.

Pero entonces se acordó de que también le había dicho a Rondana:

—Sí, mi amorcito. Sí, mi florecita.

Y se quedó mirando la flor, sin moverse, hasta que fue de noche, y más aún.

01011El robot Alicate es el mayor fanático de los comics y la ciencia ficción. Por lo tanto, nunca falta a la convención que se celebra cada año en su ciudad: va a las conferencias, compra las revistas, se pasea durante horas entre los puestos de figuras de pasta y manga japonés. Tiene que ir con un guardián, sin embargo, porque nunca falta quien

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le quiera pedir autógrafos, y cuando le piden autógrafos se pone como loco.

—De por sí es molesto –explica el guardián, que es otro robot, alto y severo–. Siempre le preguntan que de qué serie viene, o qué vende. Pero además…, además Alicate tiene un problema. No sabe que es un robot. Y si se lo dicen se disgusta.

—¿Y entonces? ¿Qué, eres humano? –pregunta, de todas formas, un niño curioso, disfrazado de Naruto.

—Claro que no –le responde Alicate–. Soy extraterrestre.

01100En los cabarets de la ciudad de los robots, los clientes beben aceite enriquecido, se conectan a redes eléctricas de voltajes exóticos y escuchan a los músicos y cantantes. Hay desde androides con formación operística hasta arañas rupestres que tocan cuatro guitarras a la vez. Y los repertorios también son muy variados: piezas de Kraftwerk y otros clásicos se alternan con las de cantautores actuales.

Pero el más curioso de todos estos artistas es Benito Punzón, quien cada noche aparece en el escenario, impecablemente vestido, y no utiliza ningún instrumento ni siquiera su altavoz integrado. En cambio, zumba como planta eléctrica, martilla como antigua caja registradora, incluso imita el rascar de la piedra en las minas profundas: todos esos sonidos que para los robots son signos del

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pasado más remoto, de antes de la existencia del primer cerebro electrónico. La mayoría nunca los ha escuchado en otra parte pero todos se conmueven: alguno tiembla, otro arroja chispas que son como lágrimas.

00100El gato Primo tiene varios amigos que llegan a casa, de visita, cuando sus humanos se van. Uno de ellos es un robot llamado 433258-KXP-09823/A. Primo no conoce ni el alfabeto ni los números, por lo que nunca pasan de las presentaciones iniciales.

—¿Cómo dizez que te llamaz? —pregunta Primo. (Como todo el mundo sabe, los gatos cecean.) Y 433258-KXP-09823/A se lo vuelve a decir, y Primo vuelve a preguntar lo mismo, y así hasta que es hora de que las visitas se marchen y todo vuelva a la “normalidad” (porque, como todo el mundo sabe, los humanos siempre andan buscando la normalidad, aunque no sepan qué es).

Ahora bien, a 433258-KXP-09823/A no le molesta presentarse una y otra vez con Primo porque es bondadoso y, como todo el mundo sabe, a los robots les encantan los gatos.

01101Escariador, que es un robot de temperamento disparejo, sale un día y se pone a destruir la ciudad. Pum, cae un edificio, crash, vuela un puente, pum, crash, pum, crash, pum. Todos huyen despavoridos. En helicópteros, los productores se elevan para tratar de llamar su atención

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y recordarle que no han traído todavía las cámaras, que no han comenzado a grabar la película, que el contrato estipula que Escariador puede destruir la ciudad y hasta debe hacerlo de modo espectacular (porque eso sí, te está saliendo muy bien, eso sí, le dicen, requetebién) pero sólo después de que el director grite “¡Acción!”.

01111(o Primer capítulo de una novela negra)Vino hacia mí. Era una andreida como rara vez las he visto: caderas de titanio, cabellos ondulantes de cable USB, dos ojos lenticulares que parecían capaces de mirar de una sola vez el mundo entero. Pero reconocí también el temblor en su voz.

—¿Usted es Terraja?

—Terraja, detective privado –asentí, y la dejé entrever mi funda sobaquera bajo la gabardina. Este gesto siempre funciona: supe que ella estaba a pocos segundos de enamorarse de mí, aunque fuera sólo a causa de mi apariencia y del miedo que ella sentía. De pronto me sentí cansado: yo también me enamoro siempre de las andreidas de inusual belleza que vienen a verme. Estoy programado para eso.¿Será suficiente consuelo (siempre me pregunto esto) el saber que la vida que tengo prevista es una muy entretenida, con grandes cantidades de acción, aventura, romance?

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01001—Psst.

—¡Ah! Es usted. ¿Trae la fórmula?

—Aquí está. Es esta botella.

—¿Es la poción que convierte a los seres humanos en robots?

—Sí. Tome, adelante, beba.

(El cliente bebe.)

—¿Qué le parece?

—Me parece que es usted un estafador y un farsante. Está arrestado. Soy el inspector Cojinete de la Policía Robótica…

—¡Hace un momento no lo era! –se defiende el robot durante todo el camino hasta la comisaría, donde en efecto nadie conoce al inspector Cojinete pero de todas formas a él lo meten a la cárcel, por andar vendiendo pócimas sin licencia.

10000Mi sobrina vive en un mundo paralelo en el que las cosas son muy distintas de como son aquí. Ella nos escribe con frecuencia y nos cuenta. Por ejemplo, dice, hay más robots, son más inteligentes, y uno de los más conocidos,

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el ruso Gramil, es una especie de superhéroe, que viaja por el mundo ayudando a la gente y capturando a criminales diversos con su hoz y su martillo. Lo más curioso de todo es que este Gramil, además de muy fuerte, parece ser verdaderamente honesto y bondadoso, al contrario de nuestro Capitán América (que es un agente de la CIA con mallones) o de Batman (que, la verdad, es únicamente un psicópata con mucho dinero).

10010El misil atómico llegó a su blanco previsto, explotó y destruyó a los otros habitantes (apenas diez o doce) que quedaban en el mundo. Goniómetro, el robot, salió a ver la nube en forma de hongo de la explosión y luego se dio vuelta para contemplar la planicie devastada.

—Gané por fin —dijo en voz alta—. Soy el más poderoso del mundo. No hay nadie más fuerte que yo.

La nube tardaba en disiparse.

Después de un momento el robot agregó:

—Con esto concluye mi guerra de tantos años contra todos los demás. Y me he vengado, adicionalmente, de todos los que se burlaban de mí cuando era joven porque mi nombre, Goniómetro, les parecía ridículo. Soy el mejor. Soy el más fuerte. Soy —repitió, en voz más alta— el más poderoso.

Pasaron las horas.

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Pasaron los días.

Solo en el mundo, aunque de vez en cuando se animaba a volver a declarar su poder y supremacía, Goniómetro debió reconocer que empezaba a aburrirse.

10011En sus quince minutos de fama, el robot Arnulfo Martillo habló en televisión de cómo un error de su programación le permitía ver colores que nadie más podía ver, fuese robot, humano o criatura de cualquier otro tipo. La conductora del programa (la infinitamente más famosa Angélica Cizalla) cometió entonces el error de pedirle que describiera esos colores. Arnulfo lo intentó y catorce de sus quince minutos se fueron en tartamudeos, repeticiones (“¡se ve tan hermoso!”) y malas metáforas: Arnulfo no era poeta.

Cuando salió del estudio, Arnulfo regresó a su casa caminando, con la misma cara de asombro que tenía siempre (y por la que muchos lo creían un tonto) ante la belleza del mundo.

00001Uno, que así le decían, trabajaba como prototipo de los nuevos obreros de la planta y tuvo 1.6 horas libres (o bien 1:36 horas). Se dio cuenta cuando nadie fue a buscarlo durante dicho lapso.

Después se reanudaron las pruebas y demás actividades para las que Uno había sido diseñado y construido,

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pero el concepto de tiempo libre se había asentado en su cerebro electrónico y se asoció con la palabra libertad, que Uno tenía almacenada en su vocabulario pero no ligada especialmente a ninguna instrucción ni recuerdo de su propia experiencia.

Diez segundos más tarde (fueron las reflexiones más largas y torturadoras de toda su vida), Uno comprendió que no era libre. Peor, que nunca lo había sido. Y aún peor, que el ser libre era, supuestamente, de lo más grandioso, de lo mejor que podía pasarle una entidad consciente. Entonces tuvo su idea genial, su mayor inspiración, y acuñó una palabra nueva: |POSIBLE|CONCIENCIA|ALTERACIÓN|MAL|ESTAR, que más o menos podría traducirse como amargura.

01000Hoy se cumple el primer aniversario de la desaparición de los robots.

Todo fue muy rápido y muy extraño: un día estaban aquí y al siguiente no. Dejaron plantados a quienes los esperaban, no estuvieron más en sus casas de metal y de plástico.

Nadie dijo nada en las noticias, nadie publicó nada en internet, no salió nada en la televisión. Fue como si los robots nunca hubieran existido.

De hecho, en estos días se ha vuelto muy popular que la gente diga eso: que los robots no existen. Que nunca

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sacaron sus antenas ni sus tenazas. Que algunas máquinas industriales son llamadas así pero eso es todo. Que esos seres inteligentes y llenos de chispas son como los duendes, las hadas y otras criaturas en las que sólo creen (dicen) los ignorantes.

Y también se dice que la impresión que tenemos muchos es errónea: que no es que el mundo sea un poco más pequeño y más triste desde hace un año. Que así ha sido siempre.

Sólo me consuelan las leyendas, que apenas se escuchan, que todo el mundo dice no creer, de las figuras que se ven desde lejos, a veces; de las pintas en las paredes con figuras y mensajes binarios; de que los robots no se han ido, de que sólo están escondidos, esperando el momento de volver.

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RAFAELACOSTA

MORALES

Consejo paterno

El día en que se fue de Montana hacia New Haven, Rider se encontró una carta dentro del libro que llevaba en la mano. Las horas Greyhound se

acumularon, pero no se atrevió a abrir la carta hasta que bajó en Port Authority y tuvo que cambiar del camión al tren de New Haven. La carta era de su padre.

Querido Rider:

Hijo. Hoy habrás dejado la tierra en la que creciste para estudiar en la costa Este. Durante mucho tiempo hice lo posible por evitarte justo esto que ahora vas persiguiendo con particular enjundia.

Vas hacia el reino de lo salvaje. Busqué durante mucho tiempo que pudieras ser feliz en nuestro entorno, mucho más simple. Un

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hombre solo tiene que saber cuidar de los becerros y mover las vacas, es duro, pero es una vida llena. Día tras día comes la mejor comida del mundo. Un trozo de Rib-Eye, o un trozo de T-bone, cosas que nadie te tiene que esconder para que te puedas comer.

Allá en los sesentas yo viví en Frisco, como sabes, me codeé con unas cuantas personas en Berkeley, mujeres la mayoría. Ahí aprendí algunas cosas que esperé poderte transmitir pero que ahora me entero que no pude. El vino es tan sólo jugo de uva podrido. La comida francesa normalmente son cosas tan asquerosas que si no pusieran el nombre en francés nadie se las tragaría.

Estuve un tiempo en Europa, cuando fui lo suficientemente idiota para unirme al ejército. No digo que no haya hecho idioteces, porque todo el mundo lo sabe y tu madre se murió por el puro cansancio de recordarme las idioteces que he hecho en mi vida. Pero esperaba no fueras a seguir mis pasos y, lo poco que esperaba haber logrado en la vida es que no fueras tan idiota como tu padre.

Al final de cuentas lo hecho, hecho está. Ahora te vas a vivir entre los salvajes y los incivilizados. Acá en el pueblo tenemos un solo abogado. No hemos todavía convencido

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a la Suprema Corte del bien general que es acabar con cada uno de su especie que se cruce por el camino. Él no ejerce desde el día en que vio como el buen Zeke le reventó la tripa al hijo de puta que lo divorció.

Allá en Butte lo frieron, pero el punto sigue vigente. Göttingen, Montana no tolera abogados. La puta que los parió se puede ir escondiendo. Cada vez que oigo de tu tío allá en Seattle, se me erizan los pelos de la espalda. Algún día recuperaremos nuestro país y será posible ir y reventarle los sesos a la gente que como esa perra callejera de tu tía, perdona mi francés, se dedica a exprimir a la gente honesta y trabajadora.

En fin, vas a sitios dominados por salvajes. Te creerás que la gente ya no puede hacer tratos entre sí. Yo no puedo acordar con alguien que trabaje arreando el ganado de un lado al otro sin tener que recurrir al gobierno y a los abogados y a los contadores. Parva de canallas y bandidos. El buen Wyatt sabía qué hacer con esa bandada de hijos de puta. Una .44 en el ojo y se acabó. Ahora tenemos que perder la vida litigando y escribiendo papeles. Los salvajes de allá son gente tan malvada que prefieren soportar a un gobierno y a abogados que hacer negocios entre ellos. Es como decidir mejor pagar la cuota mensual de Jesse James

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en lugar de recibirlo con un escopetazo en la tripa. Un bandido es un bandido, aunque decida vestirse con esos trajes ceremoniales de blanco y negro.

Ten cuidado, esos bandidos son más salvajes que un mexicano borracho y cornudo. En cuanto veas a gente de uniforme, corre como Forrest, corre. No hay nada peor que un hombre que deja que alguien más que no sea su mujer le diga cómo vestirse. Si deja que le manden de qué color debe usar los calzones, ¿qué no dejará que le ordenen? Si te es posible, mátalo. Mejor para todos matar al perro rabioso que andar cuidándolo por ahí.

Quiero que entiendas una cosa. Tu grangrangranabuelo se fue a Texas huyendo de esa mierda. Y él dejó Nueva York, la capital de los salvajes. El cabrón prefirió quedarse solo con su vieja en un rancho perdido en medio de la nada con sólo unas cuantas vacas de compañía que vivir allá. Cuando llegó por primera vez, sólo tenía que preocuparse por las bandas de mexicanos y bandoleros que pudieran pasar por allá. Poco después, cuando se acabó la guerra civil, los hijos de puta que, o fueron demasiado hijo de putas o muy poco hijo de putas, se fueron al Oeste y tuvo que conseguirse otra Colt y enseñarle a sus hijos

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a tirar un Winchester. Luego llegaron los ferrocarriles y los detectives.

Para cuando mi granabuelo llegó, el pueblo ya era una ciudad, con mayor y abogados y todo lo demás. Entonces los Verloren nos venimos para acá. Donde todavía se puede cazar y pescar y vivir la vida como se debe de vivir, no sentado enfrente de una caja idiota como el pendejo de tu tío. Te digo, mi padre que era cazador no se habría quedado sentado ante una zorra sarnosa como tu tía, le habría pegado un tiro, tal cual debe ser.

En fin, lo que te digo m’ijo, es que tengas cuidado, ellos se dicen civilizados y se burlan de nosotros, nos dicen ignorantes y cuello rojos y basura blanca y qué no, pero ellos son los idiotas, ellos pagan la cuota anual de Billy the Kid, pagan renta al estado e hipoteca al banco y no saben ni para qué viven. Yo te recomiendo, mira, y mira bien, conoce a los sumfabitches y regresa para acá. Tengo un filete de una pulgada con tu nombre en él.

Tu padre

Rider dobló con cuidado la carta y se la echó al bolsillo izquierdo de la chaqueta. Empezó a caminar hacia la estación de trenes.

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IRISGARCÍACUEVAS

Tampoco esta noche

Recuerdo el día que intenté suicidarme. Era viernes y estaba borracha. Me había enterado, por un descuido tuyo, de que tu amor estaba en otra parte.

Lloré, con toda la rabia de la que fui capaz. Me revolqué en la cama, te maldije, hice pedazos un par de tus camisas sin conseguir sentirme menos pinche. Bebí, porque en ese momento no pensé en otra cosa que pudiera ayudarme. Fue hasta el quinto mezcal cuando pensé en morir.

“De qué sirve la vida si a un poco de alegría, le sigue un gran dolor”, me reveló la Vargas con su voz desgajada. Apreté “repetir” para que me cantara en toda mi agonía. Moriría empastillada. Busqué en el botiquín, pero sólo teníamos analgésicos. A lo mejor me muero, pensé. Me empiné la botella de mezcal y tragué las pastillas. Quiero que cuando llegues encuentres mi cadáver, quiero que sepas que morí por tu culpa y quiero que la culpa no te deje vivir, le grité a tu retrato antes de estrellarlo contra el piso.

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Cuando se terminaron, pastillas y mezcal, tenía el cuerpo entumido, ganas de vomitar. Me imaginé tirada en medio de la sala, ahogada con mi vómito. Te imaginé en la puerta, mirándome con asco. No, así no, pensé. Apenas alcancé a llegar al baño. Me vacié. Una mujer gastada me vio desde el espejo con sus ojos hinchados. “Me perece mentira, después de haber querido como he querido yo, me parece mentira encontrarme tan sola como me encuentro hoy”, cantó la del espejo. Me desnudé con ella. Nos miramos. Supe que era mi culpa que te fueras con otra. Me merecía una muerte dolorosa. Saltar a un precipicio y que mi carne flácida, mi piel envejecida, cada uno de mis huesos, mi cuerpo completito padeciera el castigo por haber permitido que tu amor se mudara. Pero no tenía ganas de salir a la calle, buscar un edificio con la altura adecuada, subir a la azotea y saltar al vacío. Cerré los ojos para escapar de mí y abrí la regadera. Qué ganas de morir, casi por accidente, sin esforzarse mucho, un descuido, resbalas, tu nuca encuentra el filo de la taza del baño, y ya, eso fue todo, quizá un chorrito ralo brotando de una herida para que no haya duda.

El agua estaba fría. Volví a sentir al diablo enroscado en mi vientre, removiendo mis tripas, untándome por dentro con su saliva ácida. La rabia reventando. Intenté contenerla, respiré varias veces. “En un rincón del alma también guardo el fracaso que el tiempo me brindó; lo condeno en silencio a buscar un consuelo para mi corazón”. Apreté bien los dientes para ya no gritar, para no darme lástima. Estrellé mi amargura contra el cancel del baño. Un instante de caos. El acrílico roto, el espejo

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estrellado, un corte en diagonal en la pierna derecha que pintaba de rojo el desconcierto. Así se me ocurrió lo de las venas. Morirme desangrada, vaciarme de a poquito, apagarme. Tomé un trozo de espejo y traté de encajarlo en mi muñeca izquierda, pero me faltó fuerza, ovarios, qué se yo; apenas conseguí unos cuantos rasguños que un gato callejero hubiera hecho mejor. Pendeja, me dije, porque no tenía gracia ni para suicidarme. “En un rincón del alma me falta tu presencia que el tiempo me robó; tu cara, tus cabellos, que tantas noches nuestras mi mano acarició”. Me enrosqué como araña pisoteada. Desperté con resaca. Tuve una pesadilla, pensé. Pero Chabela Vargas seguía cantando recio. Tenía el cuerpo entumido, sangre seca en el muslo y un desmadre en el baño. Me sentí avergonzada. Quise limpiarlo todo antes de que llegaras. Fingir que no sabía, que todo estaba bien. Busqué mi celular para llamarte y encontré tu mensaje: No sé cuando regrese. Quizá en un par de días. Te aviso. Besos. Bye. Arrojé el aparato contra el piso. No entendía en que momento el por fin te encontré, el amor de mis vidas, el voy a amarte siempre, se fueron al carajo. Traté de encontrar en la memoria un indicio del día que empezaste a mentir. Tal vez siempre mentiste, tal vez el amor nunca existió.

“En un rincón del alma me duelen los te quiero que tu pasión me dio. Y seremos felices. No te dejaré nunca. Siempre serás mi amor”. Sonó mi celular, apareció tu nombre, pero no tuve tiempo de preguntarte nada. Tenemos un problema, dijiste, con la voz temblorosa. Beatriz, ¿estás ahí? ¡Contéstame, chingao! Juro que abrí la

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boca, pero nada salió. Y luego la otra voz: Tenemos a su esposo, queremos un millón o vamos a matarlo. Colgué. Volvió a sonar. No estamos para juegos, hija de la chingada, lo vamos a matar, ¿entiendes? “En un rincón del alma donde tengo la pena que me dejó tu adiós”, tarareé la canción antes de pedir que nos comunicaran. Amor, me tienes que ayudar, dijiste, como si me quisieras. Que te salve tu puta. Apagué el celular, desconecté el teléfono y canté con Chabela: “Me parece mentira que tampoco esta noche escucharé tu voz”.

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ANTONIORAMOS

REVILLAS

Bruce o las trampas de Verne

Bruce Banner encontró al grupo al fondo de la cafetería. Reconoció a lo lejos la espigada figura de Peter Parker quien buscaba un asiento cerca

de la mesa donde ya se encontraban Clark Kent, Bruce Wayne, Steve Rogers, Diana Prince y la última invitada al club, Pepper Potts. El olor del tocino frito lo invadió apenas cerró la puerta tras de sí y encontró sobre la barra a la mesera quien servían dos esponjosos hot cakes a un distraído comensal que leía el periódico de la tarde. Bruce negó con la cabeza, necesitaba seguir siendo vegetariano. Sus últimos estudios comprobaban que la carne, en su estado, aceleraba su metabolismo y nadie quería que su metabolismo se acelerara.

El grupo lo vio llegar y Bruce notó cierta incomodidad en algunos de ellos, sobre todo en el señor Wayne. Desde que Banner había entrado al círculo de lectura a Wayne todo parecía molestarle. Recordó la última sesión en la

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que casi habían tenido que cancelarla por los comentarios fuera de lugar del millonario de ciudad Gótica y en la que sólo la mano tensa de Clark sobre la mesa, moderando su fuerza con una habilidad extraordinaria, había contenido una catástrofe digna de todos los noticieros. Bruce pensó en cómo lo envidiaba. Clark todo el tiempo moderaba su fuerza. Sabía cómo contener al monstruo dentro de él, porque claro que bien mirado, Kent podía ser el peor monstruo de todos los que hubieran imaginado los hombres. ¿En realidad somos héroes o somos monstruos?, se preguntó Banner. Era una pregunta que no podía eludir desde que había empezado a asistir a las reuniones.

Bruce se sentó junto a Pepper Potts y a la chica se le pusieron los pelos de punta. Acomodó sus gafas y sonrió débilmente. Ya les habían llevado de beber y salvo Diana quien tomaba de una taza de espumeante chocolate, el resto bebía café. Se acordó de una estancia en México, en las largas jornadas en las que buscaba esconderse en los desiertos de Coahuila, en la que al café simple le llamaban “café americano”. Un café de aroma fuerte. Lo servían en casi todas las cafeterías y siempre le llamaban así, “café americano”. Se sentó y decidió llamar a la camarera para pedir un té de manzanilla.

—Bien –dijo Clark–, creo que ya no nos falta nadie, ¿qué les parece si empezamos?

El grupo asintió. Steve Rogers se notaba aburrido cuando todos extrajeron de sus bolsas, gabardinas o maletines,

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los gastados ejemplares de la novela de Verne y los exhibieron sobre la mesa.

—¿Quién desea empezar? –intervino Diana Prince–. ¿Te gustaría, Pepper?

La chica, delgada como un fideo, se acomodó las gafas y se movió incómoda en el asiento, pero asintió.

—Antes que nada –dijo–, quiero agradecer su invitación, la verdad es que trabajar con Tony es muy cansado y parece que uno vive sólo para sus aventuras. Y ustedes… bueno… como no veo por aquí ni a Ricardo ni a Olson… –notó las miradas aburridas de los demás y prefirió callar.

—Es que no les gusta leer –intervino Peter–. Yo, que trabajo en un periódico, sé lo importante de estar informado… de leer por placer y todo eso, ni qué decir de Clark, ¿verdad?Clark sonrió a medias.

—Bueno… la información es importante… ¿pero han visto lo que publican hoy los medios? Pura violencia, puras cosas de espectáculos… y claro… de nosotros.

—Pero de nosotros está bien –sonrió Bruce Wayne.

—Como tú sales a cada rato en la sección de sociales –se animó Bruce Banner a entrar a la charla.

—Creo que nos estamos desviando, chicos –insistió Diana–. Pepper, ¿podrías empezar?

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Pepper le dio un trago a su café y abrió el libro. Era un ejemplar desgastado, que había comprado apenas la semana pasada en una librería de viejo, el único sitio donde lo había podido encontrar, de El castillo de los Cárpatos de Julio Verne.

—Antes que nada, me parece súper especial que estén en el ciclo de lectura de Verne, es un autor mucho más interesante cuando uno se aleja de 20 mil leguas de viaje submarino o La vuelta al mundo en 80 días.

—Si supieran en cuánto le doy la vuelta al mundo me harían una novela –sentenció Clark y todos soltaron la carcajada.

Banner sonrió a medias. Esa chica, Potts, era inteligente. Se sintió halagado de que dijera aquello pues había sido su idea leer a Verne después de que la habían pasado muy mal tras leer a Dostoievski y a Tolstoi. Sí, eran grandes escritores, pero no sabían lo que sus obras ocasionaban en gente como ellos, ese Raskolnikov con todas sus dudas, sólo de recordarlo se sentía enfurecer, pero el rostro feliz de Potts lo tranquilizó.

—Primero que nada –continuó Potts–, me gusta mucho cómo Verne le da la vuelta a la idea de un Castillo en los Cárpatos y le quita toda esta cuestión vampírica para convertir el libro en uno científico.

—Aunque inicia con un personaje que hace magia, Frik –intervino muy serio Bruce–. Y la novela empieza como

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muchas de Verne, con un detallado análisis geográfico o bien, biológico.

—Claro, en las 20 mil leguas de viaje submarino, ¿quién aguantó toda esa larga descripción de las clases de moluscos?

—Yo no –dijo Diana–, me pasé hasta la caza en los bosques de coral.

—El otro día andaba en fondo del mar y quise verlos –dijo Kent–, bueno, ya saben… lo que hace la lectura, no, claro, no encontré nada.

—Es cierto… mientras leía usé la baticomputadora para poner al google maps sobre los Cárpatos –sonrió Wayne.Potts asintió. Qué divertido era escuchar a todos esos héroes hablar de libros… en cambio Tony… sólo hablaba de… ¡él!

—Además el personaje de Nic Deck es todo un aventurero… es como la imagen idealizada del hombre de su tiempo, ¿no lo creen? –dijo Diana quien ya se había terminado su chocolate. Fue en ese momento que la camarera trajo el té de Bruce y sirvió huevos con jamón para Kent y Diana, hamburguesas para Wayne y Peter, hot cakes con tocino para Steve y para Pepper. Bruce se quedó con la boca abierta.

—No sabía que era una cena… uno debe de leer y comentar nada más.

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—Es que luego tenemos trabajo y quisimos aprovechar –dijo Steve.

Bruce se sintió incómodo… No quería cenar, pero tampoco era divertido que todos estuvieran moviendo la quijada y él sólo con el té. Sintió un punto de enojo, pero eran apenas dos con el anterior, así que se volvió a tranquilizar y pidió un plato de avena con leche.

Continuaron charlando sobre la novela de Verne, sobre el barón Rodolfo de Gortz, el castillo que todas las noches despedía una luz mágica y aterradora y que era sólo electricidad. Banner desvió un poco la charla hacia los otros personajes de Verne como el capitán Grant, o Philleas Fogg o Lindenbrook. Cuando terminaron de comer la camarera recogió los platos y se le quedó viendo a Banner. Abrió los ojos, como si lo reconociera de alguna noticia o el periódico. Banner se sintió intimidado y apretó las manos. En un momento la tensión se apoderó de la mesa. Clark cerró la boca y observó con atención a Banner, listo para lanzarse contra él si éste reaccionaba mal. No sería la primera vez y la verdad, no encontraba la manera de decirle que ya no quería que fuera al club de lectura porque siempre terminaba destrozando las cafeterías donde se encontraban.

—¡Se me olvidó su avena! –dijo con un chillido la camarera y Bruce sonrió.

—No se preocupe –pero una vena ya le había saltado en la frente.

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—¿Bruce, estás bien? –quiso saber Diana quien también preparaba el lazo mágico bajo la mesa aunque bien sabía que cuando Hulk aparecía su lazo de la verdad era como un listón de papel maché.

—¿Todo bien, amigo? –dijo Peter quien empezaba a sentir la telaraña bajo su piel, lista para envolver en un capullo al doctor. Sabía que no serviría de nada, pero al menos les daría dos minutos para sacar a todos los clientes y huir con ellos.

—¿Sería bueno correr? –preguntó Wayne a quien le daba mucha flojera lidiar con los cambios de humor de Banner.

—La otra vez nos dejaste –se quejó Steve–. ¿Sabes cómo me dejó el escudo?

Bruce sonrió de mala gana.

—Estoy bien –aunque ya iban para tres, las venas hinchadas en su sien.

—¿Les pasa muy seguido…? es que recuerden que yo no tengo ningún poder –se quejó Potts muy angustiada.

—No te preocupes, Potts, si en alguna ocasión se enoja yo vuelo contigo –la trató de calmar Kent.

—No me voy a enojar y si siguen con eso es probable que sí –bramó Bruce.

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—Todavía recordamos cómo te pusiste cuando dijimos que el Ulises de Joyce es la novela más espantosa del mundo y que está muy sobrevalorada.

—¡Es que es la mejor novela del mundo!

—¡No! ¡La mejor es La muerte de Virgilio! –dijo ahora Wayne.

—¿Y dónde dejan El guardián entre el centeno? –dijo Peter, evidentemente molesto.

—Ésa es una novela juvenil, Parker –se burló Kent–. Si vamos a hablar de La muerte de Virgilio o de Ulises pon una novela a su altura, como La guerra y la paz o La montaña mágica.

—Chicos, ya se me rompió un botón de la camisa –les dijo Banner ya casi con la paz a punto de perderse.

Fue en ese momento que apareció una chica, como de diez años. Llevaba en las manos unas revistas viejas.

—Buenas tardes, estoy vendiendo estas revistas.

Las mostró: todas eran cómics de Superman, de La Mujer Maravilla, de Iron Man y alguna de Los vengadores. Había también una de Archie y sus amigos. Bruce soltó una carcajada que mágicamente lo tranquilizó, todos sonrieron. Le compraron a la chica todas las revistas. Parker leyó de un tiro las aventuras de Archie y luego se las cedió a los

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demás. Los ejemplares de El castillo de los Cárpatos sobre la mesa parecían bloques de papel. Felicitaron a Bruce por controlarse, a Potts por su estupenda lectura y análisis. Quedaron que para la siguiente semana leerían Los hijos del Capitán Grant.

Uno a uno se fueron despidiendo. La camarera llegó con la avena cuando ya sólo quedaban Diana Prince y Banner en la mesa, hablando de lo de siempre, de las conflictivas relaciones padres-hijos. Al finalizar, Diana se despidió y Bruce se terminó su avena. Salió de la cafetería y se internó por un callejón hasta que llegó al sitio donde vivía en ese momento. Ya adentro se tiró sobre la cama y cerró los ojos. Los cómics que le había comprado a la chica estaban sobre la mesa de noche.

—Lo que lee la gente para evadirse –se dijo en voz baja–, y soñó con castillos en los Cárpatos, con fieros aventureros que escalaban las montañas para encontrar la magia de la electricidad.

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JULIÁNHERBERT

Cabeza de perro

Conseguí empleo de estibador en almacenes de la Wilhelm-Kabus-Straße. Por más de 15 días tomé, en hora pico, el S2 en SüdKreuz, ese

impersonal bastión de Schöneberg en cuyo interior, ballena trasmoderna, media humanidad habla eslovaco y hay un montón de cámaras con letreros que dicen Te Estamos Filmando y existe un platillo típico llamado Burger King. Cada tarde al salir del trabajo tenía que viajar de contrabando desde el sur de Berlín hasta el extremo norte de la Hundekopf, a Pankow, donde estaba montada mi tienda de campaña. Una pareja gay me había hospedado en su patio luego de que les enseñé, en una fiesta, a prender el carbón al viejo estilo coahuilense: con una servilleta, una pizca de azúcar, un chorrito de aceite y un cerillo.

A veces, si me tocaba hacer trasbordo de plataforma, salía de los andenes hasta un estanquillo y compraba una cerveza de a euro. Si no, nomás aguantaba. Al menos

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desde Potsdamerplatz a Nordbahnhof, el trayecto era un asco: trenes llenos.

El día de mi último recorrido (todavía no me enteraba de que los gays me habían echado tras un pleito de celos), gané asiento en el mero rincón de uno de los vagones junto a una señora que hablaba por celular en una lengua marciana; o tal vez era húngaro. Frente a nosotros quedaban dos sitios vacíos. O casi: en la colindancia de ambos yacía, muy modoso y muy propio y muy bonito, un croissant mordisqueado. Parecía, visto de golpe, un espléndido mojón de caca rubia.

Lo chistoso empezó en Anhalter Bahnhof. Cada nuevo pasajero ponía cara de alegría al notar desde atrás del respaldo, junto a la puerta rinconera, dos butacas vacías entre tanto cristiano de pie. Pero luego, al venir hasta acá para sentarse frente a mí y frente a la voz de celular con guardabajos de la húngara, se topaban con el cacho de masa babeada y, evidenciando su asco, giraban la cabeza hacia otra parte o se quedaban ahí de pie, mirando fijamente el croissant, haciendo muecas medio estúpidas y sujetándose fuertemente al tubo. Luego de unos instantes de vacío referencial, se trasladaban hacia otra área del vagón.

El S2 terminó de colmarse en Potsdamerplatz. La indignación también. Algunos viajeros intercambiaban monosílabos (lo cual en alemán es muy difícil) y mutuas miradas reprobatorias: ¿cómo era posible que alguien en este perfecto mundo luterano se atreviera a abandonar su

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bolo alimenticio sobre la silla de El Otro?... ¿Qué acaso no se enteran de que La Gran Pesadilla es el contacto sin control con fluidos y huellas digitales ajenos (a menos, claro, que se trate de románticos y ecológicos meados de zorro invisible dejados mansamente sobre el césped de Tiergarten, o de un tierno y silvestre erizo herido al que es necesario enviar al veterinario en un taxi)?...

Mientras el tren agarraba una curva cerrada para ingresar a la estación de Friedrichstraße, sonreí para nadie imaginando el destino de ese incómodo croissant en el caso de que su domicilio hubiera sido el metro de la ciudad de México. El 70 por ciento de los pasajeros lo habría botado al piso para adueñarse del asiento. El 30 por ciento restante se las habría ingeniado para, además, echarse el pan al bolsillo.

Me aislé de la cabina con un truco que no falla: entrecerrar los ojos como quien dormita y aferrarse a la botella de Berliner Kindl a medio consumir.

Una pareja de jóvenes entró al vagón. Él era guapo y atlético. La chica tenía unas facciones extraordinariamente bellas y era un poco gorda. Ambos vestían ropa deportiva y llevaban sendos iPods en la mano. Ella no paraba de hablar, un poco histérica y en voz bajita. Él nunca respondió. Imaginé que el mal humor de la mujer se debía a que su novio la estaba obligando a bajar algunos kilos a punta de dieta, discursos de autoestima y jogging por el Mitte en hora pico.

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Pasó lo mismo que antes: los chicos estaban a punto de sentarse cuando el croissant mordido (que a estas alturas se había vuelto ya una pieza de arte conceptual ante mis ojos) les obligó a frenar en seco. La bella gorda soltó un par de grititos dirigidos a su compañero, como si él hubiera puesto el pan ahí. Mas luego, cuando ya casi llegábamos a la Oranienburgerstraße, con una valentía que dejaba en ridículo a decadentes hombretones herederos de inhóspitas cuanto extintas tribus bárbaras, la muchacha se inclinó y, con una delicadeza que la hizo bajar automáticamente al menos dos tallas, empujó tantito el pan con la punta de su iPod hasta incrustarlo en la rendija que se forma entre el asiento acojinado y la pared del vagón. Luego ordenó a su hombre instalarse junto a la ventanilla mientras ella se dejaba caer robustamente sobre la butaca del pasillo. Pensé: pendejo novio. Yo en su lugar me le hubiera echado encima a la muchacha en ese instante.

Luego, de golpe, la carga de pasajeros se aligeró: los últimos parados descendieron en Nordbahnhof y con ellos la húngara, pegada todavía al celular. El chavo atlético miraba cada tanto, de reojo, el cuernito clavado a la derecha de su asiento (supuse que temería que el pan resucitara de no sé muy bien qué muerte) mientras la chica seguía quejándose de algo invisible para mí. Lo hacía otra vez en voz muy baja pero con menos mal humor. Así salimos del túnel e ingresamos a una zona arbolada mientras la voz automática anunció: Nächste Station…

Para mi sorpresa, la chava choby se paró, besó a la carrera los labios de su acompañante y se bajó del S-Bahn en

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Humboldthain, una estación con pinta engañosamente suburbana, rodeada de abedules. Cuando cruzó la puerta del coche la seguí con la mirada y volví a pensar: pendejo novio. Yo en su lugar la dejaba caminar un poquito y luego la acechaba: la-trip-cochinita-y-el-lobo-feroz. Entonces noté que el atlético joven me miraba fijamente mientras yo hacía lo propio con su chica. Me dio pena. Entrecerré otra vez los ojos y sujeté con firmeza mi botella de Berliner Kindl, vacía ya para entonces.

En Gesundbrunnen, el vagón terminó de vaciarse. Al otro extremo quedaban una pareja de viejitos, un ciclista malencarado y una señora pellirroja. Pero acá, de este lado, solamente el (ex) novio de la gorda y yo. Él seguía mirándome fijo. Yo aún pretendía dormitar mientras lo espiaba desde una rendija entre los párpados. El convoy volvió a ponerse en marcha. Entonces, como si se tratase de la cosa más normal del mundo, el chavo agarró el croissant mordido y, sin quitarme los ojos de encima, abrió mucho la boca, sacó toda la lengua imitando a Gene Simmons y comenzó a darle largos y lentos lengüetazos al pedazo de pan hasta empaparlo de saliva. Dejó de verme un momento para comprobar que ninguno de los pasajeros al otro lado del vagón había notado lo que él estaba haciendo. Luego fijó su vista nuevamente en mí mientras, metiendo la mano dentro de sus pants, se limpiaba con los restos de croissant el sudor y las bacterias del culo, los huevos y las ingles. Terminada esta labor se levantó, reacomodó el pan entre los dos asientos con una diligencia digna de un museógrafo y, haciéndome un guiño (que yo fingí no ver), descendió del S-Bahn en la estación Bornholmer Straße.

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Yo continué hacia el norte, a Pankow, hasta la casa de los gays. Ahí encontré mi ropa y mi tienda de campaña tiradas sobre la banqueta. Toqué y toqué la puerta y nadie abrió. Acabé durmiendo junto a las escaleras del U-Bahn. Al menos era primavera.

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LILIANAV. BLUM

El cerdo burgués

Estoy en una banca, en la plaza, debajo de un gran ficus lleno de urracas. Miro el reloj de la iglesia. Se supone que espero al hombre con el que Moira

me citó. Veo hacia todas partes y no encuentro qué hacer con mis manos. Si al menos hubiera traído un libro o un periódico, no me sentiría tan estúpida. Yo hubiera preferido pasar la tarde con ella en casa, con alguna película, pero terminé por aceptar porque el prospecto de una cita para mí parecía hacerla muy feliz. Moira se entregó con todo su espíritu a la tarea de encontrarme un galán, como dice ella.

En realidad no es la primera vez que me arregla un encuentro infructuoso con algún amigo suyo. Es inevitable que lo haga cuando ella estrena un nuevo interés amoroso, como digo yo. Le resulta incómoda la falta de simetría en nuestras vidas; los números nones no van bien con Moira. Cuando ella está libre, mi disponibilidad y mi soltería no son un problema.

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Pienso cómo por años me rebelé ferozmente contra la obsesión de mi madre por verme convertida en una señora casada y ahora sucumbo ante el celestinaje de Moira. Veo un hombre que aparece en el opuesto extremo de la plaza luego de doblar la esquina y que comienza a caminar en mi dirección. Desde esa distancia, vestido con pantalones de mezclilla y camisa negra, parece tener no más de veinte años. Es alto, delgado y debe cubrir más de cincuenta centímetros en cada zancada. Cuando está a unos veinte metros de mí y puedo enfocar su rostro con barba de algunos días y arracadas en los dos lóbulos, le calculo unos treinta y cinco. En el momento en que se inclina para besarme, inundándome con un olor a tabaco y sándalo, puedo ver las arrugas junto a sus ojos y situarlo al fin en el rango de los cuarenta bien entrados: todo un Dorian Gray del altiplano.

Después del beso me pregunta si mi nombre es Noelia. Tiene el cabello salipimienta casi rapado, una salida digna a la inminente calvicie. Yo asiento y él se presenta entonces. Después de pronunciar su nombre, dice “servidor” con un cierto aire entusiasta. Si fuera moreno y de baja estatura y con acento capitalino no podría salir airoso con aquel sustantivo. Pero está claro que sabe que puede y esa altivez me relaja un poco. Bajo la vista y me encuentro con los dedos de sus pies, extrañamente largos y asomándose por la abertura de las sandalias de piel. Invítame algo Servidor, le digo.

No me interesa otra cosa más que pasar rápidamente las horas hasta el final de la cita. Quiero poder llegar a casa

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y decirle a Moira: hicimos tal y cual cosa, platicamos sobre esto y aquello, y al final quedó en llamarme. Yo sé que después de que él vea mi forma de beber, luego de escuchar mis aburridos temas de conversación, no va a querer verme jamás y Moira no podrá decir que no lo intenté.

Servidor me sonríe y me toma por el brazo. Tengo un dejavú ajeno: mi abuelo tomando justo así a mi abuela para ir a la iglesia en un domingo nublado. Miro al hombre junto a mí y admito que es muy atractivo. Tiene la quijada angulosa, la sombra de la barba, y pestañas muy rizadas alrededor de los ojos intensos. Yo desconfío de los hombres guapos: todo lo bueno de la vida, sus placeres, las cosas superficiales, les llegan con demasiada facilidad. Caminan así, igual que Servidor, orgullosos de algo en lo que no tuvieron ninguna responsabilidad personal. Simple lotería genética, coincidencia con el canon de belleza de un cierto tiempo y lugar. No más.

Llegamos a un sitio que se llama El Cerdo Burgués, en donde uno se puede tomar un café o cualquier tipo de alcohol. Las paredes están tapizadas de cuadros abstractos de artistas locales. Los clientes allí dentro son meros arquetipos: cabello largo con brillo de grasa, playeras negras con algún cráneo o la imagen del Che, herrajes en las cejas, narices, orejas, ombligos, un pin con un yunque y una hoz. Hay libreros con best sellers amarillentos y antiguos, probablemente las sobras de algún norteamericano que vino a morir a México. Los jóvenes platican con movimientos contundentes;

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conspiradores, se reclinan hacia delante en las pequeñas mesas, fumando. Otros leen El capital de Marx, el ¿Qué hacer? de Lenin, o alguna biografía idealizada de Castro, mientras escuchan música en sus iPods, golpeando el suelo como conejos con sus Converse originales.

Servidor ordena un whisky en las rocas y yo pido una piña colada. La última vez que bebí una fue con Moira en una playa, el verano posterior a su graduación, cuando el cáncer de piel y las arrugas no entraban dentro de nuestras listas de preocupaciones. La chica que nos atiende tiene unos ojos maquillados como un oso panda, labios pintados de negro y un piercing en la nariz que parece una gran verruga. Lleva un gafete que informa que su nombre es Poppy.

Gracias, Poppy, dice Servidor y ella lo mira como si de pronto hubiera perdido gran parte de sus funciones cerebrales. Ése es el peligro de los hombres guapos con un mínimo de modales. Si no viniera conmigo, estoy segura de que Poppy lo seguiría hasta el fin del mundo.

Soy una cerda burguesa, le digo a Servidor mientras levanto mi piña colada y sorbo con todas mis fuerzas a través del popote hasta que se me congela el cerebro.

Si esperaba una pequeña revolucionaria, Servidor va a llevarse una gran desilusión. Pero él dice salud y choca su vaso con el mío, sonriente.

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Normalmente no me fijo en lo que la gente lleva puesto, pero hoy quiero ser detestable. Observo sin discreción a Servidor, con su camisa de cuello Mao abotonada hasta arriba. Él se da cuenta y cruza los brazos sobre la mesa, inclinándose hacia mí. Huele a sándalo y nicotina. Me dice como susurrando:

La inteligencia de un hombre es exactamente proporcional al número de botones abrochados.

Me río, muy a mi pesar. Pienso en uno de los exnovios de Moira que llevaba la camisa abierta casi hasta el ombligo para poder mostrar los pectorales y las cadenas de oro. Era dueño de varios ranchos y estoy segura, de ningún libro. Luego me viene a la mente mi padre, con su camisa impecable y casi siempre con corbata. Lo cierto es que la bondad nada tiene que ver con los botones.

Servidor me deja probar su bebida y hago como si fuera lo peor que he bebido. Él no lo toma a ofensa y mientras enciende un Camels, me dice que es poeta. Supongo que cuando alguien hace una confesión así, lo propio es pedirle que recite algo de su autoría, o al menos preguntarle qué libros ha publicado y si se pueden conseguir. Pero ya he hecho bastante por consentir los caprichos de Moira.

Leí en alguna parte que un camello mató a su ama de cincuenta y tantos años, porque quería aparearse con ella. Espero ganarme su animadversión en unos segundos.

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Servidor cierra el Zippo con un golpe metálico que engulle la flama y luego inhala profundamente. Deja que el cigarro le cuelgue del labio y se acerca para quitarme un mechón rojo de la cara.

Moira habló muy bien de ti, pero no dijo que fueras tan divertida.

Soy la mujer más aburrida de todo el mundo. Sólo tengo un par de expresiones en la cara: de enorme fastidio y de fastidio regular. Y las pecas, como de plátano maduro. Servidor tiene los dientes amarillos, pero perfectamente alineados. Supongo que para mí, eso es poesía. Pedimos las rondas necesarias para llegar al estado de ebriedad óptimo para seguir soportándonos.

Cuando dejamos El Cerdo Burgués, Servidor tiene que ayudarme para llegar hasta su Golf. Es de madrugada y llueve con fuerza, pero no podemos ir más rápido que lo que mis piernas alcoholizadas permiten. Cuando entramos al carro, los dos estamos empapados. Escucho el motor que se enciende, la voz de Servidor diciéndome que tiene ropa seca en casa, que tenemos que cambiarnos. Debería exigir que me llevara donde Moira, pero creo que no soportaría verme así, desprovista de todas mis inhibiciones. La última neurona responsable de mi cerebro, la conductora designada, opina que si voy a hacer una estupidez en el estado en que estoy, debería de llevarla al cabo con el hombre que me acompaña, y no con ella. Siento ganas de vomitar.

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El humo del cigarro debe estar adherido a cada superficie del apartamento de Servidor, que a pesar del olor, resulta ser un sitio bastante agradable. Hay algunas macetas con cactus en las ventanas, muebles modernos, y muchos libreros. Desde una pecera, una gran araña nos mira entrar trastabillando, riendo por cosas que ya no recuerdo bien.Te presento a Bettina, dice Servidor.

Yo repito ese nombre, Bettina la tarántula, y me resulta lo más cómico que he escuchado.

Antes tenía un lagarto que se llamaba Helmut, dice Servidor y se me ocurre que me habla como si de verdad me tomara en serio. No había conocido tanto respeto entre dos seres con cerebros tan dados al traste por el alcohol.

Servidor ha comenzado a quitarse la ropa. A estas horas y en estas circunstancias, parece lo más sensato, así que hago lo mismo. Se acerca y bailamos sin música, desnudos. Estoy consciente del volumen de su cuerpo, del movimiento interno y tibio, justo bajo la piel. Los músculos en movimiento, la respiración, la maquinaria entera funcionando. Me recuerda a un pequeño pájaro que se cayó de un árbol. Entre mis manos se sentía la vida, sacudiéndose con brusquedad, palpitando dentro del pequeño cuerpo, hasta que se extinguió. Lo beso e incluso lo llamo por su nombre. Me odio por ser, a fin de cuentas, sólo un cuerpo también.

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Al día siguiente, me pongo la ropa todavía húmeda, con arrugas. Rechazo el desayuno y el ofrecimiento de Servidor para llevarme a casa. Insisto en que voy a tomar un taxi. Si no, ¿cómo voy a poder decirle a Moira que anoche salí con un cerdo?

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SOCORROVENEGAS

El fuego de la salvación

De niño me quedaba siempre a las orillas del misterio, en un rincón de la acera. Los que pasaban por ahí me daban dinero, cuando lo

que yo quería en realidad era entrar. Las puertas de la cantina, alas destructoras, apenas me permitían atisbar, adivinar en la medusa del humo y la música los secretos más preciosos. Sólo miraba los pies que iban y venían, los zapatos de mujer con tacones raspados. El olor de la cantina: el humo del cigarro, el oxígeno viciado del alcohol, y aunque a veces sentía náuseas podía más mi curiosidad; de qué se reían, qué apostaban, por qué a veces lloraban ésos que al entrar parecían dioses y cuando salían estaban solos y perdidos. Y aquel letrero: Se prohíbe la entrada a niños, animales y uniformados. Otros letreros también incluían a las mujeres. A veces mi madre iba a buscarme, recorría cada cantina de Leandro Valle, bajaba por Matamoros hasta llegar a Galeana. Cada vez que se asomaba para tantear si me había colado,

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tenía que soportar rechiflas y majaderías, hasta que al fin me encontraba sentado afuera de alguna, distraído con mi trompo de colores. Me llevaba de las orejas a la casa y allá seguían los regaños, a veces un cinturonazo.

No comprendía por qué me gustaban las cantinas. Nadie te da esos malos ejemplos, decía. Era verdad. Solo me había aficionado a los teporochos mugrosos que entraban y salían, a los señores gordos que jugaban dominó con sus amigos, a las meseras que entraban rápido y con la cabeza gacha. Una vez un señor se bajó de un carrazo, se estuvo frente a la puerta de la cantina acariciándola con las puntas de los dedos, sin atreverse a dar un paso. Se volvió a mirarme, tenía los ojos muy abiertos. No puedo, me dijo a modo de disculpa. No sé cómo, pero comprendí que sufría, así que me levanté, empujé las puertas por él y las sostuve para darle paso. Sonrió aliviado. Me dio las gracias y entró.

Una tarde sacaron a un muchacho a que vomitara y me ensució los zapatos. Mamá me vio llegar a la casa. Dejó a un lado la tina de ropa ajena que lavaba, me quitó los zapatos, los limpió con mucho cuidado e hizo que volviera a ponérmelos. Estaba callada, pero yo sentí que en ella se encimaban muchas palabras. Me agarró de la mano para llevarme a la calle, casi a rastras. Llegamos a la cantina, la más fea, la más sucia, la más pobre. Precisamente aquella que prohibía la entrada a niños, mujeres y perros. Mi madre, que cargaba un cansancio muy viejo, irguió los hombros. Por primera vez me pareció hermosa, incomparable. Me guiñó un ojo y empujó la puerta,

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tranquila, nada de prisas. Me hizo entrar a mí primero. En la barra pidió dos cervezas.

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CRISTINARASCÓN

S e v e n d e n h i s t o r i a s

SE VENDEN HISTORIAS: 34-45-43-23

Un escritor encierra el anuncio con pluma roja (nada original, así es él). Su periódico apesta igual que de costumbre. Lo aleja lo más posible y marca

el número. Una grabación le dice que puede escoger:

1. historias de familia2. historias eróticas3. historias de oficina4. historias de muerte y de fantasmas5. historias de amor6. historias históricas7. historias de historias8. historias de temas no clasificables

La grabación le explica que para escuchar el tipo de historia de su preferencia debe presionar el número de su tarjeta

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de crédito y su primer apellido, después el signo gato y por último el número de tipo de historia de su elección. Todas las historias ofertadas han sido cuidadosamente revisadas y comparadas con la extensa bibliografía precedente, en todos los idiomas vivos y muertos del planeta, así que no hay forma de que a usted se le pueda acusar de plagio. El escritor, entonces, presiona el número ocho, y escribe rápidamente la historia que escucha decir a la grabadora.

La voz hace pausas como sabiendo que quien le escucha está en efecto escribiendo notas. En la fonética prosa todo es llano y directo. Una vez ornamentada con el lenguaje del escritor la historia saldrá a la venta en un libro que le otorgará formidables dividendos. Hecho lo cual decide volver a marcar a la agencia telefónica. Esta vez escoge el clasificado número cuatro. De nuevo, el éxito de la trama le apunta las más altas regalías. Su editorial ofrece un aumento por encargo y así es que se decide por una tercera historia, esta vez del clasificado número siete.

Mas la historia no le satisface, sobre todo el final que ha seleccionado el cual le hace perder la paciencia y cuelga. Decide no desarrollarla, sobre todo porque le delataría ante su editorial. La historia trata, precisamente, de un individuo que compra historias por teléfono. Irritado, el hombre repasa el anuncio en el periódico y nada, no hay un número de quejas, no hay dirección ni un nombre al cuál dirigirse.

Decidido a encarar a quien quiera que le esté tratando de tomar el pelo, publica en el mismo periódico el siguiente

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anuncio en clasificados: “Yo no soy escritor, soy compra historias. Si alguien tiene historias para vender favor de contactarme. Deben asegurarme que no hayan sido utilizadas en cualquier idioma vivo o muerto del planeta. No hago transacciones por fax ni por teléfono ni por intternnette (ésta última porque no sabe utilizarla ni tiene idea de cómo se escribe). Pagaré el doble de lo que se paga a otras agencias de ramo similar”. Al día siguiente recibe como respuesta un anuncio en la misma sección: “Sr. Comprador de historias. Yo tampoco soy escritor. Yo sólo vendo historias. Lo espero el día 25 de enero, a las 3:00 P.M. en el kiosko del parque Suigetsu”, a lo cual nuestro irritado individuo publica: “Sr. Vendedor de historias. Lo espero en el lugar y hora indicado este 25 de enero”.

34-45-43-23…

Usted puede escoger:

1. historias de familia2. historias eróticas3. historias de oficina4. historias de muerte y fantasmas5. historias de amor6. historias históricas7. historias de historias8. historias de temas no clasificables

Para escuchar una de estas historias, debe primero presionar el número de su tarjeta de crédito y su primer

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apellido, después el signo gato y por último el número de tipo de historia de su elección. La historia tardará dos minutos en iniciar ya que primero se verifica el número de su tarjeta de crédito. Usted puede contar con una historia original y nunca antes escrita pues una vez seleccionada, queda borrada de nuestro catálogo. Todas las historias incluidas han sido cuidadosamente revisadas y comparadas con la extensa bibliografía precedente, en todos los idiomas vivos y muertos del planeta, así que no hay forma de que a usted se le pueda acusar de plagio. El desenlace, sin embargo, requiere de un costo adicional y debe usted escoger un sólo número de entre los siguientes:1. finales cerrados2. finales abiertos

Si usted ha escogido el número “uno” favor de presionar un siguiente número de clasificado:1. final feliz2. final trágico3. final circular4. final no identificado

Si usted ha escogido el número “dos” favor de esperar en línea.Favor de esperar en línea…Favor de esperar…Favor…

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ALEJANDROPANIAGUA

Ram

Es mexicano, pero lleva tanto tiempo en Estados Unidos que ahora llora lo mismo al escuchar a Barry Manilow que al oír a José José. Se llama

Ramiro, es camionero. Los compañeros de trabajo le dicen “Ram”, en su cumpleaños treinta y ocho le regalaron una gorra con el dibujo de un carnero, siempre la usa.

Esta noche maneja un tráiler rojo Mercedes Benz. Se dirige a San Antonio. La carga que lleva es de medicinas, trae el remolque lleno de antidepresivos. El conductor está triste. Su corazón es atravesado por un montón de espinas, al tiempo que un águila se posa en la aurícula izquierda y le devora las arterias como si fueran serpientes. Su barra desodorante, las cafiaspirinas en su estómago y hasta su mujer son gringas, mas su transpiración, sus náuseas y su pena son tapatías. Desde hace tres meses no ve a su esposa y a su hija.

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Lleva el radio encendido porque en media hora comienza el partido de cuartos de final de la liga mexicana de futbol. Su equipo favorito juega como visitante.

Ramiro preferiría que nadie supiera por qué ya no vive en su casa. La razón es muy sencilla: en uno de sus viajes contrató a una prostituta, pagó un motel con tarjeta de crédito y Sylvia, su esposa, encontró el recibo. Ramiro le contó la verdad. Ella hizo una pausa de más de un minuto, lo miró a los ojos y le pidió que no regresara ni la buscara.

Ramiro le habló casi todos los días y ella colgaba el teléfono, varias veces contestó su hija y platicó con la niña durante largo rato. Más de una vez pensó en aparecerse de pronto para llevarles una serenata. Nunca lo hizo. Hace una semana habló de nuevo, esta vez Sylvia sí contestó, había decidido divorciarse y quería arreglarlo todo.

Nunca ha manejado con tanto sueño, y es la primera vez que lo hace con el estómago revuelto. Piensa en Sylvia y en su hija Nayeli. Baja el vidrio y el golpe de aire lo asusta.

Quisiera regresar con su mujer y volverse a México, quiere volver el estómago y traga saliva despacio para evitarlo, quisiera pisar el acelerador con violencia y volver en el tiempo, “Quiero volver, volver, volver”, piensa que eso le cantaría a su mujer si le llevara la serenata.

Para, por fin, en un comedor de camioneros. Al entrar, el aire acondicionado le acrecienta el malestar. Se pone la mano sobre el pecho para sentir los latidos, van a un

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ritmo normal. Se sienta en la barra y pide un dramamine y un ginger ale. Se traga la pastilla antes de abrir siquiera la bebida.

Un sonriente viejo hindú entra al lugar, saluda al mesero y a la cajera con un ademán amistoso. Se acerca a cada una de las personas sentadas junto a la barra y en los gabinetes para intentar conseguir algunas monedas. Ramiro le habla en un inglés que no deja ver su origen.

—Siéntate, te invito la cena.

El anciano da las gracias. Se sienta junto a Ramiro sin dejar de sonreír. Ordena una sopa de verduras, pan tostado y un fruit punch.

Ambos se miran y asienten. Ramiro se levanta, guarda la bebida en lata dentro de una de las bolsas de la camisa, le da una palmada en la espalda a su convidado y se despide.

—Adiós, espero lo disfrutes.

El viejo saca de una mochila un pequeño dibujo laminado con la imagen de Shiva, Parmuti y Ganesh y se lo entrega a Ramiro. Se dan la mano.

El camionero mira la ilustración afuera del lugar, bajo una pequeña lámpara. Incluso un hombre azul, una mujer cubierta en oro y un niño con cabeza de elefante le recuerdan a su propia familia. Le cuesta algo de trabajo

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abrir la puerta del tráiler. Pone la ilustración en el tablero, junto a una estampa del Sagrado Corazón.

El partido comienza. Su mareo ha desaparecido casi totalmente, ahora ya no hay nada que lo distraiga del sueño. Sube el volumen a la radio, pero el sonido no es suficiente para despabilarlo. Tiene una idea demasiado macabra, demasiado terrible: pensar en Sylvia y en Nayeli lo mantendría despierto, este mecanismo le resulta algo mórbido, no sabe qué hacer, antes de decidirlo ya está pensando en ellas.

El jugador más viejo de su equipo se acerca a la portería contraria, Ram se talla el ojo izquierdo. El delantero anota el primer gol y Ramiro suelta una lágrima, el cronista alaba de forma exagerada el manejo del balón de los jugadores. Ramiro llora sin miramientos y el público enloquece, los fanáticos se despellejan la garganta con la celebración.

El llanto le agota la energía que le quedaba. Está exhausto, quisiera dormir, aunque quizás de nada le serviría. Desde hace algunas semanas la congoja no le permite descansar. Si decidiera pedir un cuarto en el motel más cercano, dormiría por cuarenta y cinco minutos, máximo una hora, y luego se despertaría algo asustado. Tendría que mirar despacio los objetos de la habitación, uno por uno, primero para recordar dónde se halla, después para convencerse de que en verdad es la primera vez que se encuentra en este sitio, que es la primera vez que su esposa lo deja y la primera vez que siente este hartazgo. Dormiría

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luego por períodos de media hora, de quince minutos, de veinte segundos, pasaría por el mismo proceso una y otra vez. Al final terminaría convencido de haber vivido esto miles de veces antes.

Decide continuar, a pesar de los cien kilómetros restantes del viaje, decide no parar. Se estira y bosteza a cada instante. Luego de algunos minutos cierra los ojos despacio. Se duerme de inmediato. Un camión pasa muy cerca y logra despertarlo, con dos o tres maniobras muy desesperadas, recupera el control. Sus latidos se han acelerado, lo sabe, el marcador sigue uno a cero. Prefiere no tocarse el pecho.

El sueño vuelve. Aprieta el volante con fuerza, pero los músculos ceden muy rápido, suda, con impaciencia abre los primeros botones de la camisa. Se desabrocha el cinturón de seguridad y saca de abajo del asiento una franela para limpiarse la frente. La carretera es estrecha, pero está bien iluminada, Ramiro trata de no clavar su vista al frente y observa de reojo los lados del camino. Hay algunos anuncios espectaculares. Cada vez que un auto pasa en sentido contrario en el carril de al lado, siente un pequeño estremecimiento.

Termina el primer tiempo, ni siquiera tiene ánimo para cambiar de estación, le cuesta trabajo seguir las palabras de los comerciales.

De pronto, a los lados del camino ya no hay nada para ver, sólo campo y tierra, ya no pasan más autos en sentido

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contrario, la señal de la radio se interrumpe por un leve sonido de estática. Ramiro ya no lucha, se deja dormir. El tráiler se desvía a la derecha y golpea una señal, el metal cruje y se hace añicos. El vehículo comienza a avanzar hacia la izquierda. Cuando Ramiro abre los ojos ya va sobre el carril contrario. Un auto remolque avanza hacia él. Sabe que si gira el volante con brusquedad se voltearía y ocasionaría un accidente mayor. Debe frenar despacio para restarle fuerza al choque inevitable. Piensa que si miente lo suficiente el seguro pagará los daños, calcula que recibirá un gran impacto pero no morirá, le preocupan las personas que viajan en el otro automóvil. Piensa que no le darán trabajo por varios meses, aunque es probable que la póliza de desempleo le bastará para sobrevivir. Un bache lo hace rebotar con violencia, entonces se da cuenta de que no abrochó de nuevo el cinturón de seguridad. Siente una punzada en la boca del estómago, siente miedo, ganas de vomitar. Cierra los ojos apretando los párpados, y en unos cuantos segundos lo recuerda todo:

Todas las veces que mientras jugaba borró con las rodillas, sin querer, la carretera que él mismo había dibujado en la banqueta. Los codos españoles de su abuela. Un columpio verde y oxidado. La serie de inyecciones contra el tétano. Tres tacos de guisado que se comió en su primera comunión, uno de arroz con huevo, otro de rajas con crema y el tercero de picadillo. El viaje a Cataluña. La primera vez que se subió a un tiovivo. La tarde que lloró sobre su abuela muerta. Aparece su madre, poco, aparece su padre, poco, al convertirse él en un buen padre los ha olvidado a ambos. El olor de las fichas de dominó

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de la cantina “La Minerva”, un olor tan penetrante que se te quedaba en la mano luego de apretar con fuerza una ficha mientras pensabas la siguiente jugada. Los ojos del pollero que lo cruzó, los cuales había jurado nunca más volver a mirar. El día que se lo topó de frente en la farmacia Vons y miró de nuevo sus ojos que en aquel momento repasaban despacio las medicinas para la acidez estomacal. El letrero luminoso del Walmart en el cual ya no se encendía bien la letra A, ese letrero que miró fijamente, durante diez minutos, antes de pedirle a Sylvia que se casara con él. La cena de acción de gracias durante la cual aventó la comida por la ventana del departamento mientras gritaba: “Yo soy mexicano y no tengo nada por qué celebrar este día”. Esa vez que pensó que era el fin del mundo, pero tan sólo se trataba de un ataque cardíaco. El gran esfuerzo que hizo su hija para poder pronunciar bien su propio apellido. El juego de pinball en el cual llegó a los dos millones de puntos y comprobó que nunca había perdido del todo la fe en Dios. Esa ocasión, en su cumpleaños 38 cuando, después de apagar las velas del pastel, se dio cuenta de que aún le tenía miedo a la oscuridad. Una pequeña arruga junto a la boca de su esposa. La mañana cuando Nayeli lo despertó temprano para pedirle que la llevara a conocer Guadalajara. La cena de acción de gracias en la que Sylvia le preparó tortas ahogadas y le dijo: “A partir de hoy, el segundo jueves de noviembre será el día nacional de las tortas ahogadas”. El rostro de aquella prostituta que no dejó de ver jamás mientras la penetraba, ese rostro tan parecido al de su abuela en una foto de su boda que Ramiro aún conserva. La noche, hace tres días en que se orilló, bajó del tráiler y

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se puso de rodillas sobre la carretera para pedirle al cielo que borrara sus faltas.

Al tiempo que recuerda, pisa el freno con lentitud, desea que las personas del remolque salgan ilesas, ya no piensa en salvar la propia vida. Se imagina a Sylvia y a Nayeli. Alcanza a sentir sus latidos, los brazos se le duermen un poco, pero no suelta el volante. Sabe que una vez que escuche el impacto, todo terminará muy rápido. No oye nada.

El corazón y el miedo se serenan despacio. El tráiler se detiene del todo. Ramiro abre los ojos, está del lado correcto del camino y no hay ningún coche cerca. Avanza un poco y orilla el trailer, se baja y mira por todos lados. La carrocería está intacta. No entiende. Sube de nuevo al vehículo y se pone en marcha, mira las imágenes en el tablero.

En la primera parada se detiene, ni siquiera cierra la puerta después de salir, corre al teléfono, saca unas monedas de los bolsillos y marca el número. Sylvia contesta. Hay una pausa de casi medio minuto, él llora, ninguno habla, ella dice: “Te extraño, deberías regresar a casa”. Ramiro siente un gran escalofrío y contesta: “Estoy allá en dieciocho horas. Un beso para las dos”. Cuelga.

Ramiro se persigna, pero esta vez no piensa en Jesucristo, piensa en un hombre azul, una mujer cubierta en oro y un niño con cabeza de elefante.

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Cuando regresa al auto, el segundo tiempo del partido comienza. Se duerme recargado en el volante. Inexplicablemente, su equipo pierde el juego.

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FEDERICOVITE

La lentitud enferma

—Al Hyatt –me ordenó cerrando la portezuela del taxi 585 y puse en marcha la maquinaria del destino.

—¿De paseo? –intenté hacer plática.

—Trabajo –respondió frotando sus labios con el dedo índice, maniobra de hombre fino que me saca de quicio. Temblaba. Era muy delgado; la complexión contrastaba con el tono grave de su voz, podría jurar que se trataba de un cantante de ópera.

Había poco tráfico en la Costera. Avancé tranquilo, de buen humor. El puerto me pareció la mejor opción para vivir en este mundo.

—¿Sabes dónde puedo rentar un arma? –preguntó.

—¿Corta, larga, especial, de colección? ¿Cuál necesitas?

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¿Un cigarro?

—No fumo –dijo y comenzó a lagrimear como si hubiera perdido algo valioso.

—¡Cálmate! Todo se va componer.

—Espío a mi mujer. Sale de trabajar en un rato y de ahí la vamos a tener que seguir –explicó entre sollozos.

Aceleré, no sólo el auto sino mis pensamientos y deduje: este hombre trae un itinerario armado, agenda escrita con frustración.

—Si vas a trabajar conmigo, dime tu nombre.

—Aldo. ¿Tú?

Me detuvo un semáforo.

—Federico –respondí–. Dime, Aldo, ¿si tu mujer anda de cuzca no sería mejor buscarse otra?

—Es un asunto de amor.

He oído miles de respuestas como ésta; sé que habla el pecho sangrado: canta la impotencia.

—Las mujeres –dije viendo cómo reventaban sus lágrimas en el borde del asiento. Los ojos de Aldo eran la

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combinación del jugo de menta con el vodka en una jarra de cristal.

Pisé el acelerador. Di vuelta a la derecha.

—¿Te dejo en el hotel?

—¿Podrías asomarte para ver qué hace? –solicitó con miedo, sin levantar la mirada del tablero y cerró los ojos–. Es morena. Lleva el pelo teñido de rubio; trabaja en recepción. La van a esperar en el lobby, estoy seguro.

—¿Cuál es el color de sus ojos? ¿Usa el pelo corto? ¿Lleva pulseras en las muñecas? Con un detalle me basta. Dime uno. Piensa.

—Hoy se hizo una trenza; los ojos son azules. Melinda es alta, caderona y piernuda. Vas anotar el tamaño de su pecho a lo lejos –volvió a sollozar.

Si Aldo era engañado, seguro el sancho sería un hombre de músculos portentosos, de pelo largo, arracada en la oreja: un ex luchador. Caminé rumbo al vestíbulo con la fisonomía de varios rostros en mi cabeza. Imaginé a Melinda con los labios gruesos, la nariz delgada y fina. Ahí estaba, era imposible que no fuera ella. Melinda, decía el gafete. A esa mujer la esperaba un tipo gordo, medio calvo, con uniforme de mesero. Regresé al taxi a rendir el primero de los informes.

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—Está platicando con un tipo viejo, gordo y calvo. ¿Qué hacemos?

—Esperar.

Me instalé frente al volante. Los rasgos apesadumbrados de Aldo hacían la historia más lacrimógena. No hay duda, el amor templa las emociones al fuego. Me animé a fumar porque no conozco manera distinta de aligerar una revelación dolorosa.

—¿Cuánto llevan tú y Melinda?

—Cinco años.

Aldo tendría unos veintidós años; ella, no más de cuarenta. —Bastante tiempo, hermano.

Se cubrió el rostro con las palmas de las manos. Supongo que rebobinó los pensamientos hasta encontrar los paisajes emocionalmente favorables para él. ¿Pensó en la primera vez que cogió con Melinda? Quizá hizo un boceto del recuerdo más bello entre los dos: cuando los ojos de amor nuevo destilaron flamas que hoy, en este momento, se extinguen. Sé que Aldo experimentaba un vacío profundo: alguien estaba deshabitándolo.

—¿Me das un cigarro?

Fumamos. Supuse que presenciaba un funeral vikingo. El humo ascendía más allá de las ventanillas, más allá de

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nuestras cabezas, eran pensamientos de hombres tristes, de hombres que se despedían de alguien muy querido.

—La conocí en la Prepa; era mi maestra.

—Aprendiste rápido.

—No sé, era como mi madre y el gordo ese, pues es su esposo.

—Ya.

—Ella volverá a serme fiel; lo sé.

—Mi hermano, aquí no hay de otra: defiendes tus sentimientos o aguantas vara con el corazón apachurrado esperando la decisión de otro –aconsejé golpeando el hombro de Aldo.

Observé a Melinda por el espejo lateral. Caminó por el estacionamiento del hotel. Las zapatillas atigradas estaban hechas para los pies de esa mujer. Había un halo de vulgaridad en ella, pero esa característica la hacía más atractiva. Todos miraban ese cuerpo. Un auto me obstaculizó la visión.

Aldo se ocultó bajo el tablero. Si yo fuera él, ¿qué hubiera hecho?

—¿Se está subiendo a una Datsun gris?

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—No veo bien. Deja y checo –bajé del auto y me oculté tras las plantas de una jardinera–. Sí, una Datsun –dije al entrar de nuevo al taxi.

Giré la llave en el switch y el sonido del motor me emocionó. Tuve que rebasar a un par de carros para no perder a Melina; ignoré un semáforo que me marcó el alto. De reojo noté que Aldo se colocaba unos lentes oscuros, luego una gorra de los Chicago Bulls y levantó el cuello de su camisa negra.

—Párate, párate —ordenó.

Di otro volantazo; nos estacionamos unos cuantos metros adelante de la camioneta. Cerca de un Mc Donalds.

—A Melinda le gustan los Sundaes –bajo las gafas escurrían lágrimas que nunca había visto en un hombre. Hizo un mar sobre el asiento–. Antes de coger se come uno. ¡Puta, puta, puta!

El gordo calvo y viejo bajó primero; luego, igual que un dandy, abrió la portezuela de Melinda. Se veían bien, como si acabaran de ganarse la lotería.

—Ve qué hace. A lo mejor nomás van por una hamburguesa, por un café. ¡Espíalos, Federico!

Me sentí un Sherlock Holmes tropical. Mi atuendo no era el más adecuado: pantalón de mezclilla estrecho, botas militares y camisa de manga larga, blanca. Había

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una fila de estudiantes desesperados por llegar a la caja registradora, entre la pareja vigilada y yo. Melinda y su acompañante pidieron un par de helados Sundae: ella estaba nerviosa, giraba la cabeza en todas direcciones; él se comportó servicial, todo un Casanova con ojeras espantosas. Di media vuelta; fingí que había olvidado mi cartera e incluso dije un par de groserías acentuando la gravedad de mi falta.

Aldo, lejos de ocultarse tras la gorra y los lentes, llamaba mucho más la atención.

—Oye, haces ruido con esas cosas que te pones. ¿Por qué no te las quitas? Encima de todo, cabrón, te estás chingando mis cigarros.

—Voy a pagar todo. ¿Dime qué hacen, Federico? –contestó con violencia, encendía el tabaco con el encendedor del carro.

—Sundae, hermano.

—¡Puta, Melinda!

La tarde se iba. Pensé que Dios me había puesto en esta situación para aprender el oficio de escucha.

—¿De verdad puedes conseguir una pistola, Federico? –sentí que hablaba un hombre distinto; su voz era mucho más grave–. La Necesito –afirmó levantándose las gafas.

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Nos miramos. Aldo frunció el seño. Creí que estaba frente a Juan El Bautista, con el hacha de Dios en la mano, y gritaba: ¡El Señor es vengativo!

—La necesito –repitió con furia mientras se acomodaba los lentes.

Asentí con la cabeza.

—Una pistola en mano es para usarse, no para presumirla. ¿Entiendes?

En el espejo retrovisor vi a Melinda sonriendo, daba lengüetadas al conito con mantecado.

—¿Entiendes lo que digo, Aldo?

—Creo que sé dónde van y si es así, antes de que terminen de coger se los lleva la chingada.

Mi vocho, el 585, tenía todo. Bajo mi asiento, una .22 guiaba mi camino. Don Jorge, el patrón, me dijo acerca de La polvorita algo muy importante: sólo despiértala si de veras está culero el asunto. Y ahí estaba el arma. Ni siquiera sabía si funcionaba o si Don Jorge la había cargado.

Encendí el auto. Enfilamos rumbo a Caleta, según las instrucciones de Aldo. Al pasar por la zona de moteles, entendí que la pareja de la Datsun pretendía redondear una tarde erótica. Cerca de la Plaza de Toros, junto al motel de mis amores, Las Vegas, nos estacionamos.

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La camioneta atravesó el arco sobre el cual reposaba un letrero de neón color rojo anunciando el precio de las habitaciones.

Aldo suspiró.

—Vamos por la pistola –dijo.

Se me ocurrió que tal vez yo pagaría un karma pesado si no daba el arma, o si la entregaba me iría peor; pero era mi deber ponerle fin a esta peripecia. Cerré los ojos y pedí con todo mi amor al Señor Dios que liberara el corazón de Aldo, el de Melinda y el del gordo calvo. Metí la mano bajo el asiento. De verdad tuve dudas antes de entregar la .22

—Toma.

Sujetó el arma con torpeza. Vi el miedo en su rostro.

—Aldo, primero me pagas. No quiero líos, ¿entiendes?

Antes de que agarrara la .22, me entregó la cartera. Había suficiente dinero como para que yo descansara una semana.

—Les voy a dar un susto –balbuceó–. En cinco minutos regreso.

Abrió la portezuela: sus pies tocaron el piso despacio, era un niño aprendiendo a caminar. Tiró la gorra y los lentes

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oscuros en medio de la calle vacía. El anuncio fluorescente enrojeció el atuendo de Aldo: pantalón de tela holgado, pistola en mano y camisa negra con las solapas señalando el cielo.

Pasaron los cinco minutos: no escuché ninguna detonación. Nada de alboroto. Había fumado un par de cigarros. Oí un disparo. Encendí el auto. Aldo salió a toda prisa.

—¡Vámonos!

No dijo nada. Pasamos cerca de La Quebrada.

—¡Para el carro!

—Dame la pistola.

La sentí caliente, daba la impresión de que tenía vida propia. Volví a dormirla bajo el asiento.

—¿Qué pasó?

—Pues entré y amenacé al encargado. Dimos con el cuarto y abrió la puerta. Puse la pistola en mi cabeza y me dije: ‘Aldo, si eres hombre dales un susto’. Apreté el gatillo: nada. Volví a jalarlo. Cuando moví la pistola salió el balazo. No quiero ver a Melinda. No quiero nada ya –soltó un lamento, era un animal herido.

Vi el mar, los clavadistas con sus antorchas encendidas. Intenté devolverle la cartera con sus credenciales, pero

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la rechazó. Bajó del taxi y caminó rumbo al anfiteatro de Sinfonía del Mar. A cada paso, Aldo se convertía en una lentitud enferma. Supe que ese tipo deambularía toda la noche con la expresión turbia. Agarré la franela para limpiar el asiento del copiloto. El silencio era una cicatriz rencorosa. Pisé con suavidad el clucth, moví la palanca de velocidades y aceleré rumbo a la Costera. Detuve el taxi en Malecón. Sentí la brisa del mar. Puse la cartera de Aldo en una cabina telefónica. Volví al auto. Estaba listo para regresar al trabajo: necesitaba más realidad.

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Epílogo

Si usted llegó hasta aquí, ya se dio cuenta de la mentira. O mejor dicho: ahora ya sabe que en este libro hay bastante más que asesinos y músicos y que

no sólo recorrió México sino que tuvo un viaje por el metro de Berlín, convivió con veinte robots del futuro (¿o del pasado?) y, entre otras, recibió una carta de su padre que vive en Montana.

Y es que la literatura es como el buen amor: da más de lo que promete y se queda ahí, guardadita, entre costillas y pulmones para acariciarnos el corazón cuando hace falta. O para hacernos pensar la vida de otra manera, no necesariamente más acertada sino otra. No obstante, es esta misma diversidad la única herramienta que tenemos para encontrar nuestro lugar en el mundo, por contraste, para ponernos en los zapatos del otro, de aquel que es diferente o aquel que tal vez sería nuestro enemigo, y entonces entenderlo mejor. Más aún, probablemente,

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cuando menos se lo espere se encontrará con que algo que leyó hace mucho tiempo le estará ayudando ahí, precisamente, a predecir el futuro.

Ojalá.

Para reunir estos trabajos, por un lado, aparte de que fueran buenos cuentos, procuré su brevedad para que hubiera sitio para más autores. Y, por otro, cuidé que tuvieran la mayor variedad temática posible. Es decir, si en algún cuento usted puede identificar fácilmente a su compadre o a su tío el taxista –y nomás tiene, por ejemplo, que cambiar Acapulco por Manzanillo– en otro tuvo que imaginarse la vida siendo un sicario, un superhéroe en un club de lectura o una muchacha de clase alta en medio de una cita. Asuntos hasta aquí cercanos. O por lo menos más cercanos que imaginar lo que no existe ni tiene forma de existir (¿o se imagina usted a la orquesta sinfónica de la Universidad de Colima subiéndose a tocar en los camiones?) pero que, de algún modo, por su misma imposibilidad, por la misma esperanza que procuran nos invitan a ver el mundo de forma más amable.

Por último, nunca está de más decir que la literatura también es una cuestión de amigos. De modo que una colección de relatos como ésta es siempre una fiesta y, por supuesto, a mí me habría gustado hacer un pachangón, un recibimiento de esos que duran días y días y no faltan ni comida ni bebida pero, por cuestiones de tiempos y presupuestos, eso no fue posible. Sin embargo, espero en verdad que le haya gustado esta reunión con quince de

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mis amigos. Y, faltaba más, que en delante se repita la fiesta con hartos más invitados.

Luis Felipe LomelíVilla de Álvarez, 13 de agosto de 2015

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Fichas biográficas

Rafael Acosta Morales(Nueva Rosita, 1981).

Ha publicado la novela Mosquitos buscando luz, que ganó el Premio Nuevo León de Novela 2005, y Conquistador. Hizo su doctorado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Cornell. Actualmente enseña literatura al ladito de la granja de los papás de Superman, en la Universidad de Kansas.

Liliana V. Blum(Durango, 1974).

Es autora de las novelas Pandora y Residuos de espanto, así como de siete libros de cuentos que han sido publicados tanto en México como en Estados Unidos, entre estos que destaca No me pases de largo (Literal Publishing, 2013), de donde se tomó el texto aquí seleccionado.

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Raquel Castro(Ciudad de México, 1976).

Es escritora, guionista, profesora y promotora cultural. En 2012 obtuvo el Premio de Literatura Juvenil Gran Angular por su primera novela Ojos llenos de sombra y, dentro del equipo del programa Diálogos en confianza de OnceTV, ganó en dos ocasiones el Premio Nacional de Periodismo. Escribe su propia bitácora en www.raxxie.com.

Alberto Chimal(Toluca, 1970).

Ingeniero y escritor. Su última novela, La torre y el jardín, fue finalista del Premio Internacional Rómulo Gallegos y su último libro de cuentos, Manda fuego, obtuvo el Premio de Narrativa Colima. Pero entre sus múltiples premios destaca el reconocimiento que le ha dado el público en lengua hispana, como autor de fantasía y como microcuentista.

Iris García Cuevas(Acapulco, 1977).

Es autora de la novela 36 Toneladas, que obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano, y del libro de cuentos Ojos que no ven corazón desierto. Cuentos suyos han sido publicados en más de una docena de antologías. Es maestra en literatura, actriz y promotora cultural.

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Rogelio Guedea(Colima, 1974).

Abogado criminalista y doctor en Letras Hispánicas. Es columnista en SinEmbargoMx y La Jornada Semanal y autor de la “Trilogía de Colima”, integrada por las novelas Conducir un trailer (Premio Memorial Silverio Cañada 2009), 41 (Premio Interamericano de Literatura Carlos Montemayor 2012) y El Crimen de Los Tepames. Actualmente coordina el programa de español de la Universidad de Otago (Nueva Zelanda).

Julián Herbert(Acapulco, 1971).

Escritor, músico y promotor cultural. Entre su obra destaca la novela Canción de tumba, traducida a varios idiomas y ganadora de los premios Jaén y Elena Poniatowska. Sus libros de poesía también han sido publicados en varios países y, entre ellos, destacan, Kubla Khan y Álbum Iscariote.

Mónica Lavín(Ciudad de México, 1955).

Escritora y bióloga de formación, ha sido reconocida internacionalmente por sus cuentos y sus novelas históricas. Yo, la peor, novela sobre Sor Juana Inés de la Cruz, ha vendido cerca de medio millón de ejemplares. Y entre sus libros de cuentos destacan Uno no sabe y Ruby Tuesday no ha muerto (Punto de lectura, 2ª edición, 2006). De este último se tomó el cuento que aquí se presenta.

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Luis Felipe Lomelí(Etzatlán, 1975).

Ingeniero y escritor. Le gusta leer antologías desde 1993 y ha compilado o ayudado a armar unas cuantas. Recibió el Premio Nacional de Literatura de Bellas Artes por su primer libro de cuentos y su última novela se intitula Indio borrado.

Fernanda Melchor(Veracruz, 1982).

Es autora del libro de crónicas Aquí no es Miami y de la novela Falsa liebre. Crónicas y relatos de su autoría han sido publicadas en medios como Milenio Semanal, Replicante, Vice México y Letras Libres. En 2007 ganó la primera emisión del virtuality literario Caza de Letras, convocado por la UNAM, y en 2011 el Premio Nacional de Periodismo “Dolores Guerrero” por la crónica Veracruz se escribe con Z.

Omar Nieto(Puebla, 1975).

Es maestro en Letras Latinoamericanas y autor de Las mujeres matan mejor, considerada Mejor Primera Novela por el periódico Reforma, así como del libro de ensayo Teoría general de lo fantástico. Del fantástico clásico al posmoderno. Trabajó como periodista por más de dos décadas, fue alumno de Daniel Sada y fundador del grupo de rock The Loudgrey.

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Alejandro Paniagua(Ciudad de México, 1977).

Escritor. Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano, ha publicado la novela Antipsicóticos y el libro de cuentos E.

Antonio Ramos Revillas(Monterrey, 1977).

Escritor y promotor cultural. Ha publicado novela, cuento y literatura infantil por los que ha recibido diversos reconocimientos tanto en México como en el extranjero. Su libro más reciente es Los últimos hijos. El texto aquí presentado se publicó originalmente en Bolivia, en Los supremos, selección de David Luis (Ojo de cuervo, 2014).

Cristina Rascón(Sonora/Sinaloa, 1976).

Escritora, economista y traductora literaria de poesía japonesa. Ha recibido, entre otros, el Premio Latinoamericano de Cuento Benemérito de América y Premio Libro Sonorense. Parte de su obra ha sido traducida a una decena de idiomas y, entre sus libros, destaca Cuentráficos (Instituto Sonorense de Cultura, 2006), de donde se tomó el cuento aquí seleccionado.

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Socorro Venegas(San Luis Potosí, 1972).

Es autora de las novelas Vestido de novia y La noche será negra y blanca, con la que ganó el Premio Nacional de Novela para Ópera Prima “Carlos Fuentes” 2004 y obtuvo una mención honorífica en el Premio de Literatura “Sor Juana Inés de la Cruz” de la FIL en 2010. Dirige las colecciones de libros para niños y jóvenes del Fondo de Cultura Económica.

Federico Vite(Acapulco, 1975).

Escritor. Ha publicado las novelas Parábola de la cizaña, que fue traducida al árabe, Fisuras en el continente literario, traducida al francés y, originalmente también en francés, Ak-pulco. También ha publicado cuento, ensayo y poesía. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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Asesinos, músicos y otros personajes para recorrer MéxicoSelección y epílogo Luis Felipe Lomelí

se terminó de imprimir en agosto de 2015en la ciudad de Colima, Col.,

con un tiraje de 30,000 ejemplares.Diseño: Liliana Ivette Amezcua Fletes.

Coordinación Editorial: Victor Uribe Clarín.Edición revisada y autorizada por el compilador.

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