notas en torno a la investigación literaria: convergencias y divergencias

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Incluye diversos artículos sobre la investigación literaria de investigadores de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma del Estado de México, compilados por el doctor en Letras Luis Quintana Tejera. Editor Arturo Texcahua.

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CONVERGENCIASy

DIVERGENCIAS

Notas en torno a la investigación

literaria

Luis Quintana TejeraCompilador

TRAJÍN2013

TRAJÍN

Convergencias y divergenciasCompilador Luis Quintana TejeraISBN: 978-607-96325-0-2

[email protected]

Editor: Arturo Texcahua C.Cda. Ote. de Lucerna Sur No. 3Sta. Cecilia Tepetlapa, XochimilcoMéxico, D.F.

Noviembre 2013Primera edición

TrajínPromueve y difunde la literatura desde Xochimilcowww.trajin.com.mxwww.trajineros.blogspot.comcolectivotrajin@gmail.comFacebook Colectivo TrajínTwitter TrajinLiterario

*Es criterio editorial de Trajín no acentuar la palabra solo ni los pronombres demostrativos.

Sumario

Luis Quintana TejeraComponentes mínimos de la investigación literaria...................7

Celene García ÁvilaGilberto Owen como cronista: los textos periodísticos de Bogotá......................................15

Beatriz Adriana González DuránEl investigador social y literario.........................................21

Arturo TexcahuaCuando la investigación te mira a los ojos.........................29

Germán Alexander Porras Vanegas Sociología entre lo histórico y la literatura: componiendo un objeto de investigación.................................39

Claudia Saraí Fernández LópezGustave Flaubert y Mario Vargas Llosa: una re-escritura e interpretación a través del intertexto........61

Jorge Manuel Martínez Galeano El camino del exilio...........................................................67

José Antonio Contreras MendozaInterpretación y utilidad de la investigación literaria........77

Antonio Carrillo CerdaLa metodología de la investigación como un proceso permanente de autogestión...................83

Rafael López RuizMi experiencia como investigador-alquimista........................91

Nereida Alejandra Portillo DávilaInvestigación transdisciplinaria: Jorge Luis Borges.............97

Mónica Aidé Cruz SánchezUna fenomenología del lenguaje en Husserl.......................103

Fernando PliegoEl mito de Prometeo en la tragedia griega..........................113

Jimena Arias AyalaLa teogonía.........................................................................119

Alejandro Daniel León ÁnimasLa justa injusticia de un mundo al azar: La belleza de Helena de Troya.............................................123

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Luis Quintana Tejera

Componentes mínimos de la investigación literaria

Hablar de interpretación literaria nos orilla a tocar el controver-tido tema de la teoría y metodología literarias. Se han escrito ma-nuales enteros y desde diferentes ópticas en torno a este tema, pero aún permanece oculto el o los textos que estos especuladores de la lectura pretenden desentrañar. Ciertamente no es fácil, nada fácil acercarnos a un libro con el afán de leerlo y entenderlo y, a veces sucede, es tan confusa la teoría que pretendemos aplicar, que el verdadero sentido se nos escapa de las manos.

Hay una verdad indiscutible y esta consiste en que nuestra pri-mera lectura de la obra que intentamos desbrozar debe ser comple-tamente desinteresada y hasta ingenua diríamos; corresponde leer por el simple placer estético y de este modo iremos entablando con el texto una relación de verdadera amistad. El texto ni siquiera se imagina —en esos momentos de proximidad inicial— que preten-demos agredirlo luego cuando le echemos encima —como arnés al caballo— todo nuestro bagaje conceptual, todo el “aparato crí-tico” como le llaman, que supuestamente nos permitirá entender mejor. Decía el viejo Marinetti que “la poesía es un asalto a las fuerzas de la naturaleza para obligarlas a tenderse ante nosotros”; alocadas palabras que rebelaban la condición de violencia poética que muchas décadas después plantearía el chileno Bolaño en su

“estética del horror”. Y de este modo, el teórico se abalanza sobre el texto, lo agrede, lo obliga a dar resultados, lo fuerza a explicar lo inexplicable, en fin, lo destruye sin quererlo realmente, al igual que el Asterión de Borges eliminaba jugando a los nueve hombres que cada nueve años venían a verlo.

Y lo más importante de todo esto es que el texto habla por sí mismo y él llama a la teoría que mejor le acomoda. Por ello en una segunda y tercera lectura —al menos— debemos proyectarnos desde el texto hacia los bagajes teóricos que solo nos van a servir de

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Convergencias y divergencias

apoyo para comprender mejor. Estos últimos deben ser articulados con verdadero conocimiento de causa; al hurgar en ellos debemos citar las fuentes que les dan fundamento y rigor conceptual.

Son muchos los factores que deberíamos tener en consideración al llevar a cabo este ejercicio de introspección inversa; esto lo digo porque al mirar con ojo crítico al interior del texto permitiremos que esa aparente introspección se vuelque inmediatamente hacia el exterior hurgando en la desconocida teoría que les dará sustento.

Veamos en cierto orden estos factores:1. Al leer, la presencia del intertexto se impondrá tarde o tempra-

no. El escritor posee un bagaje cultural que se manifiesta tanto implícita como explícitamente. Ya lo decía el lejano Esquilo cuando reconocía —con peculiar e increíble modestia— “mis obras son migajas del gran banquete homérico”. Y después, mucho después, los escritores de todas las épocas recordarían épocas pasadas mediante la reiteración de historias ya conta-das. La magia del intertexto nos obliga a reconocer que hay vasos comunicantes entre la obra escrita en un presente y su correspondiente pasado; es más, esta intercomunicación se dará también al interior de la obra misma como por ejemplo, es solo un caso peculiar, cuando Vargas Llosa permite que reaparezca en El héroe discreto la legendaria figura del sargento Lituma quien es un viejo conocido del universo vargasllosiano.

2. La belleza de las figuras retóricas dirán su palabra desde el terri-torio imponderable y sublimemente estético en donde habitan. Un oxímoron revela mucho más que un paralelismo sinoní-mico. Una hipérbole permitirá la ruptura con las normas es-tablecidas. Una sinestesia unirá territorios aparentemente irre-conciliables. La anadiplosis reiterará con acierto los términos que no pueden ni deben olvidarse. En resumen, nuestra misión consiste en encontrarlas y llevarlas al territorio de la teoría para conocer su estructura y funcionamiento; pero, por sobre todas

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Notas en torno a la investigación literaria

las cosas, debemos gozar de ellas con el pleno convencimiento de que el paraíso de la estética será el único sitio digno de vivirse.

3. El acercamiento de la literatura a las otras ciencias será inevi-table: la hermandad con la filosofía y la historia (Goethe y su fe en Spinoza); la pugna con la ciencia: “Mientras el corazón y la cabeza batallando prosigan” (Bécquer); las luchas aristo-télicas por clasificar a las aves en la isla olvidada en la que estuvo recluido; en fin, la integración de los conocimientos, no le permite a la literatura navegar sola en el mar del discer-nimiento.

4. En el plano de la retórica, del buen discurso, no ol-vidaremos la ironía descarnada, ni la argumenta-ción, ni la búsqueda de caminos válidos para expli-carle al otro lo que solo nuestra palabra puede lograr.

5. Y la epifanía del discurso, el leitmotiv, las obsesiones del na-rrador.

6. Y el narrador mismo, el cual desde el interior del texto nos dirá de qué territorio procede y cómo debe catalogársele. No basta con contar las veces que Bolaño dijo “Alemania” en su novela 2666 sino que deben revisarse cuidadosamente los contenidos estilísticos que reflejan el verdadero valor de su producción.

7. El espacio y el tiempo a quien el inocente plagiario de Bajtin denominó “cronotopo”.

En fin, innumerables contenidos más que escapan a nuestra re-flexión crítica, porque la literatura y sus recursos es tan inmensa como el mar que golpea en la playa de nuestras conciencias.

Analicemos, a continuación y brevemente, dos cuentos de Bor-ges para observar qué requerimientos teóricos reclama el texto. De-jemos el terreno de las áridas especulaciones que siempre resultan molestas para las almas que desean deambular libremente por la extensa literatura y vayamos al encuentro de lo único valioso: la literatura nuestra de cada día.

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Convergencias y divergencias

Dos cuentos de BorgesEl volumen borgesiano publicado en 1949 y que lleva el tan sig-

nificativo título de El Aleph está integrado por diecisiete cuentos y un epílogo. Nos detendremos en dos cuentos que consideramos de mayor representatividad conceptual en el marco de las reflexiones teórico filosóficas a que ha dado lugar la obra de este ilustre argentino.

Llama la atención el hecho de que las dos primeras narracio-nes: “El inmortal” y “El muerto” lleven sendos títulos que aluden a ideas contrarias. Comienza así el gran juego autoral a partir del momento en que el narrador se ha propuesto poner ante nosotros elementos que son de alguna manera opuestos, pero que en el de-venir de los acontecimientos implicarán también aspectos que los reúnen e identifican.

Comprobamos que ese carácter de inmortalidad al que se hace referencia en el primero de los cuentos está dado a través del in-menso símbolo de la perduración individual mediante la creación literaria, que supera y sublima cualquier otro hecho humano.

Conectado con lo anterior, “El muerto” representa la búsqueda incansable de la fama mediante la sustitución del poderoso. Ben-jamín Otálora quiere hacer suyos los atributos del jefe, pero es derribado en pleno vuelo.

Por ende, ese personaje del primer cuento que evoluciona desde su condición de troglodita hasta llegar a la individualización más clara en el instante en que se revela como el mismo Homero, sim-boliza también la noción que prevalece mucho más allá de toda estructura caduca. El narrador nos enfrenta así al hecho incon-trovertido de encontrarnos con un autor y una obra. La obra es la Ilíada, y como si no fuera suficiente con esto, ha preferido citar los últimos versos del catálogo de las naves en el segundo párrafo de la segunda parte. El viajero sediento repite aquellas palabras griegas que la traducción de Pope recrea: “Los ricos teucros de Zalea que beben el agua negra del Esepo.” (Borges, 1989: 535).

El focalizador interno fijo que lleva el hilo de la historia revisa y explica en la parte V los acontecimientos contados. Como sucede a

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Notas en torno a la investigación literaria

menudo en la prosa borgesiana, la voz que recrea la diégesis se ma-nifiesta preocupada por el problema de la verdad y quiere que no queden dudas en cuanto a este aspecto. Para ello desbroza los dife-rentes momentos por donde su palabra ha pasado. Dice al respecto:

La historia que he narrado parece irreal porque en ella se mez-clan los sucesos de dos hombres distintos. (Borges, 1989: 543).

Sabemos que el narrador es el soldado romano Flaminio Rufo, pero paulatinamente este se va confundiendo con la figura de Homero. En el mismo estilo en que Virginia Woolf había concebido el largo periplo de Orlando a través de los siglos, así también Flaminio Rufo parece vencer las adversidades del tiempo esquivo y llegar hasta el temido siglo XX. Insisto en que el estilo es semejante, pero dejo ex-presa constancia de que la connotación y la búsqueda son diferentes.

Ahora bien y como consecuencia de lo anterior, arribamos a un punto del relato en el cual el narrador descubre que él es Homero:

Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; solo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya con-fundido las que alguna vez me representaron, con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve seré Nadie, como Ulises; en breve seré todos: estaré muerto. (Borges, 1989: 543-44).

Las palabras sustituyen a las imágenes del recuerdo, pero de pronto comprendemos también que las palabras se han vaciado del contenido original y no dicen nada, o no expresan por lo menos aquello que representaron en sus orígenes. El tiempo todo lo confunde y en el espacio que ocupamos hoy, no so-mos capaces de reconocer los lugares del ayer. La circularidad del tiempo vuelve a cobrar sentido, el eterno retorno permite que el otro se identifique con nosotros. La ley de la sustitución universal se afilia también a estos cánones cuando el personaje confiesa que él ha sido Homero; en poco tiempo será Nadie; en breve, todos. Y en esa misma totalidad se diluirá la imagen del ser.

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Convergencias y divergencias

Para nosotros lectores, no es difícil imaginarnos la eternidad de Homero; lo que sí se complica es observar cómo ese ente de re-flexión abstracta que denominamos Homero se corporiza en otras realidades que no parecen representarlo.

El narrador no miente cuando dice que él ha sido Homero; pero sí le preocupa que su lector —acostumbrado a la fuerza de la lógica imponderable— llegue a creer que esos dos personajes no pueden llegar a fundirse en uno solo.

La Ilíada y la Odisea representan la verdadera fuente en la que ha abrevado la cultura occidental; y de la misma manera que ambas obras perviven en los ideales creacionales de las diversas generacio-nes, también la huella homérica puede reconocerse en ese mismo perfil de la intelectualidad. Flaminio es Homero, porque también es la humanidad entera.

Y además, el narrador nos promete que será Nadie; la preme-ditada recreación de aquel pasaje de la Odisea en donde Ulises engaña a Polifemo, nos conduce al encuentro —vía Borges—, de la profunda significación que este hecho implica. Hasta tal punto el hombre llega a confundirse con la masa anónima que desde ese mismo anonimato puede mirar al resto de los hombres como a verdaderos extraños. De manera paralela, recordamos que la as-tucia del héroe griego en el pasaje citado le permite adelantar los acontecimientos y cuando Polifemo grita encerrado en la cueva que Nadie lo ha herido, sus compañeros asumirán que si no existe el sujeto generador del daño, no existe el daño.

Todo hombre lucha por sobresalir; más aún, corren tras la felici-dad para concluir que el ideal supremo del individuo es el mismo tras el cual han ido todos sus antecesores. Vivir es recrear para desaparecer luego en la masa anónima. De esta manera aflora la visión panteísta del cosmos. La tradición impuesta por Benedicto de Spinoza en su Ética demostrada de acuerdo con el orden geomé-trico y retomada por Goethe en Fausto, hacía referencia a un todo (la divinidad) al mismo tiempo que señalaba que esta divinidad se diversificaba para dar vida. El hombre resultaba de esta forma

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Notas en torno a la investigación literaria

una pequeña parte de ese dios poderoso, pero a pesar de saberse molécula apenas, igual sentía vibrar en sus entrañas el eco infinito. Tenía en común con todos los otros seres esta condición pensante que lo hacía diferente a las bestias. Pero el ser humano también se perdía en la imperecedera abstracción que simboliza la masa humana.

Ser nadie, ser todos. He aquí dos caras de un mismo fenómeno, dos facetas que terminan reuniéndose en un solo concepto. El ano-nimato individual es perfil y trasunto del anonimato colectivo. Y es precisamente en esta metafísica del ensueño reunido en donde la filosofía de Borges arraiga. El dios naturaleza, el concepto inma-nente que revela y se apoya en el monismo de la sustancia autoriza al hombre a integrarse al gran concierto universal. Todos somos todos y el reconocerlo representa el gran acto de fe en la humani-dad que avanza.

Si retomamos el cuadro de la oposición planteado supra podre-mos observar que “El muerto” representa en la misma inconcien-cia del personaje central una manera de ser de la humanidad que avanza ciega hacia su fin.

Flaminio, Homero se oponen (se opone) a Benjamín Otálora en lo que a individualidad representan. Es muy diferente la imagen de eternidad que simboliza el primero, a la represen-tación de fragilidad a la que se alude con el segundo. Pero en términos panteístas, los tres, los dos simbolizan un todo que se integra con idéntico valor al conjunto universal de la metafísica panteísta.

Cuando Fausto en Goethe se pregunta en el momento de la contemplación de los grandes misterios de la naturaleza, si él es un dios, está dando en la clave de una de las grandes tentacio-nes del individuo humano que tienen como referente el pecado de Lucifer y la irreverencia de Job.

En fin, porque procedemos de ese todo que es la divinidad y a ese mismo todo debemos retornar, llegamos a pensarnos ocupando el lugar de aquello que mínimamente representamos.

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Convergencias y divergencias

En resumen, observamos varios factores que arraigan en la teoría —narración, diégesis, tiempo, espacio, intertexto, entre otros— para ejemplificar de qué manera, partiendo del texto, evolucionamos al encuentro de las nociones teóricas que les darán fundamento.

Para brindar mayores elementos a los lectores ofrezco una su-cinta bibliografía teórica partiendo del supuesto básico de que para negar primero hay que conocer.

Bibliografía recomendada

BAJTIN, Mijail (1986). Problemas de la poética de Dostoievski, trad. de Tatiana Bubnova, México, F.C.E.

BORGES, Jorge Luis (1989). Obras completas, dos tomos, Buenos Aires, Emecé.

FRENZEL, Elizabeth (1980). Diccionario de motivos de la literatura universal, trad. de Manuel Albella Martín, Madrid, Gredos.

_________________ (1976). Diccionario de argumentos de la li-teratura universal, trad. de Schad de Caneda, Madrid, Gredos.

GENETTE, Gérard (1989). Figuras III, trad. de Carlos Manzano, Barcelona, Lumen.

_______________ (1989). Palimpsestos, trad. de Celia Fernández Prieto, Alfaguara, Madrid.

_______________ (2004). Metalepsis, de la figura a la ficción, trad. de Luciano Padilla López, México, F.C.E.

KAYSER, Wolfgang (1961). Interpretación y análisis de la obra lite-raria, trad. de María Mouton y García Yebra, Madrid, Gredos, [Biblioteca Románica Hispánica].

MIDDLETON MURRY, J. (1976). El estilo literario, trad. de Jorge Hernández Campos, México, F.C.E.

NAVARRO, Desiderio (Selección y traducción)(1997). Intertextua-lité, Francia en el origen de un término y el desarrollo de un concep-to, La Habana, UNEAC.

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Notas en torno a la investigación literaria

PUIG, Luisa y García Pérez, David. (Editores) (2011). Retórica y argumentación. Perspectivas de estudio, México, UNAM, [Insti-tuto de Investigaciones Filológicas].

TACCA, Óscar (1978). Las voces de la novela, Madrid, Gredos, [Bi-blioteca Románica Hispánica].

WELLEK, René y Austin, Warren (1981). Teoría literaria, versión española de José Ma. Gimeno, Madrid, Gredos, [Biblioteca Ro-mánica Hispánica].

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Celene García Ávila

Gilberto Owen como cronista: los textos periodísticos de Bogotá

La crónica ha sido, desde el siglo XIX, un texto híbrido que se construye en las fronteras entre el periodismo y la literatura. La crónica da cabida al punto de vista personal del escritor y exige, al mismo tiempo, la glosa del acontecer noticioso. Este género sirvió a escritores como Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí, Ramón López Velarde, entre otros, para forjarse un nombre, un estilo y un ingreso digno. La lectura y el análisis de crónicas periodísticas exi-ge que se estudie no solo el texto, sino principalmente la relación entre este y su contexto; así, es posible leer en su justa dimensión estas obras y valorarlas.

En este trabajo se persiguen dos objetivos: el primero es dar a conocer el trabajo que Gilberto Owen desarrolló como cronista en El Tiempo, de Bogotá, a partir de dos muestras: las series “Al Margen del Cable” y “Suceso”, publicadas entre marzo y octubre de 1935 en Bogotá; el segundo consiste en contrastar los resúme-nes cablegráficos que el autor de Simbad El Varado presenta en “Al Margen del Cable” con las entregas de “Suceso”, más próximas a la crónica, con el fin de reflexionar acerca de la flexibilidad genéri-ca propia de textos periodístico-literarios. Para esto, se recurrirá a Bajtín (1995) y Fowler (1987), quienes consideran que las mezclas entre géneros son inherentes tanto a la comunicación discursiva primaria como secundaria y subrayan la importancia del contexto en la constitución genérica.

Owen como periodista en Bogotá, ColombiaComo resultado de una labor de rescate del trabajo periodísticos

de El Tiempo, los editores, Celene García Ávila y Antonio Cajero (2009), publicaron el libro Gilberto Owen en El Tiempo de Bogotá, prosas recuperadas (1933-1935), con el fin de dar a conocer un total

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Convergencias y divergencias

de seis columnas de la autoría de Owen, así como tres anexos: dos contienen textos atribuibles a Owen, pero firmados con pseudóni-mos, y el último se refiere a un conjunto de noticias que se encon-traron en El Tiempo referentes a Gilberto Owen. “Al Margen del Cable” se publicó del 27 de marzo al 7 de mayo de 1935, mientras,

“Suceso”, apareció del 3 al 23 de octubre del mismo año; se trata de dos bloques de textos de factura muy distinta. “Al Margen del Cable” es una serie de artículos que lleva como

subtítulo “Información universal cablegráfica de la United Press, exclusiva para El Tiempo” consta de veinticuatro artículos; el eje que guía la construcción de estos textos depende de las noticias in-ternacionales que llegaban a la redacción de El Tiempo por medio de cables telegráficos. Una de las principales labores del mexicano era traducir los cables, ya del inglés, ya del francés, pero al agregar la precisión “al margen”, queda claro que el redactor desea comen-tar las noticias, de modo que los datos del acontecer mundial se someten primero a una selección y después son el asunto principal para comentar y analizar los temas referentes a la política interna-cional que antecedió al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Bien podrían considerarse artículos de opinión que traslucen la personalidad del autor.

La autoría oweniana se constata en la novena entrega de la serie, que corresponde al domingo 7 de abril de 1935, la cual va firmada por las abreviaturas de su nombre “G.O”. Este texto destaca por su peculiaridad temática y estilística; se trata de una nota necrológica, que revive la memoria del poeta neoyorkino, Edwin Arlington Ro-binson, escrita a título personal, casi como un relato autobiográfi-co en el que se subraya la labor de Owen como traductor de poesía.

Los artículos podrían clasificarse temáticamente: un primer gru-po se centra en el comentario de las hostilidades que condujeron a la Segunda Guerra Mundial; otro conjunto se refiere a monar-quías europeas (en Rumania, Bulgaria, Suecia, Mónaco, Grecia); el tercer asunto se refiere a la política hispánica, con alusiones a la izquierda española, a la guerra del Chaco y a la fallida labor del

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Notas en torno a la investigación literaria

senado colombiano; otros textos se refieren a noticias ocurridas en los Estados Unidos, materia prima favorita para las prosas colombianas de Owen; el último grupo presenta noticias cul-turales de la época. Cabe señalar que en los artículos en que se comentan noticias de política internacional, el autor trata de conservar un estilo sobrio y se concentra en analizar puntual-mente el tema, aunque no siempre renuncia al empleo de la primera persona.

Por otra parte, la serie “Suceso” aparece en la sección “Cosas del Día”, que corresponde a la quinta página de El Tiempo; solo la primera colaboración está firmada, con las iniciales “G.O.”, al igual que “Al Margen del Cable” Estos textos destacan, en primer lugar, porque las noticias que motivan la escritura de cada una de las dieciocho entregas giran en torno de personas concretas, pero estas reciben en el texto el tratamiento de personajes. Los sucesos están inspirados en “hechos diversos” o “notas curiosas”, aunque tampoco se desechan las referencias a personalidades del mundo de la política, como Mussolini. En segundo lugar, estos textos tienen como cometido desarrollar una breve historia, a caballo entre la fábula y la crónica, con humor e ingenio. El

“suceso” de Owen es una fábula moderna, una versión narrativa y actualizada de la crónica modernista, amena y seductora para el lector. A diferencia de aquella, en su crónica Owen delimita per-fectamente su asunto y no divaga; pareciera que “el relator” se guía, asimismo, por la premisa que Edgar Allan Poe imponía a su obra: brevedad, concisión y sorpresa, tal como lo explicita en The philosophy of composition. En la tercera colaboración, Owen define el tipo de artículo que presenta en esta serie:

¿Qué sería de un suceso sin su intención doctrinal, didáctica, si no fuese ya en sí una parábola? Porque sería hueso sin meo-llo, bagazo y ceniza, retórica parlamentaria, humo, polvo, nada, elegimos hoy otro ejemplo edificante. Acudid, señoritas, que es para vosotras. Formad corro y aprended los métodos matrimo-niales de los países más adelantados (37).

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Convergencias y divergencias

Owen se concibe como un relator “entregado a la felicidad de buscar sucesos de menos, mucho menos de cuatro hojas”, ya que las historias que selecciona se prestan a un desarrollo narrativo pre-ciso de lo que ocurrió, según se lee en los cables, pero también a la invención de lo que no se dice: es allí donde Owen halla campo fértil para su cosecha.

Sobre la flexibilidad genérica y los puentes entre periodismo y literatura

La flexibilidad genérica se suscita en estas prosas como resultado de la imbricación entre periodismo y literatura. En el siglo XIX, muchas de las innovaciones literarias se publican en la prensa: las novelas por entregas, los poemas en prosa, las crónicas de autor; la presencia de los escritores entre las páginas de los periódicos contribuye a diversificar los géneros discursivos, así como a ten-der puentes entre periodismo y literatura, de modo que se crean géneros híbridos. Casi siempre, el texto periodístico-literario con-serva un testimonio acerca de la época en que fue escrito, al mismo tiempo que integra recursos literarios; en estas obras el escritor-pe-riodista se muestra muy atento de los lectores, a quienes intenta atrapar, entretener, seducir.

Recurriré a la perspectiva de Fowler sobre género para subrayar que la literatura varía de acuerdo con el contexto cultural, puesto que los valores y las visiones del mundo son cambiantes (1987: 10). Este aspecto resulta más relevante todavía para obras que fueron destinadas a publicarse entre las páginas de los diarios, ya que el escritor tuvo que ajustar, de un modo o de otro, su deseo de crear a las necesidades del periódico, las cuales incluyen tanto cuestiones de espacio que se relacionan directamente con la extensión de los textos, como normas puntuales (no olvidarse del acontecer noti-cioso) y exigencias acerca del público al cual se dirige el diario.

Para Fowler (1987), el término tipo (kind) equivale a género histórico y se designa con un sustantivo; debe entenderse como familia y no como clase (56-57). Muchas de las características del

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Notas en torno a la investigación literaria

tipo pueden inferirse mediante la constatación de su ausencia. En-tender el género como tipo, y no como clase, subraya el hecho de que las obras que forman parte del tipo comparten algunas características, pero no necesariamente todas y cada una de ellas (1987: 38). Fowler no pierde de vista la existencia de “géneros intermedios” que son una clara muestra de que la literatura elude las clasificaciones: la novela en verso, la novela lírica y el poema en prosa (1987: 239).

El modo se entiende como una selección o una abstracción del tipo; es un adjetivo. Se refiere a un tipo histórico en la particula-ridad de algunas muestras de su repertorio interno (1987: 56) Por ejemplo, una novela puede ser cómica o satírica. Esta distinción entre tipo y modo permite a Fowler resolver el problema tan añejo de los pseudogéneros lírico, dramático y narrativo (épico); para el estudioso, estos últimos son modos orgánicos a los cuales la crítica renacentista atribuyó características pseudogenéricas (1987: 236).

La solución de Fowler es considerar los tres pseudogéneros como modos de representación fundamentales (o universales) para el re-pertorio genérico. Así lo considera porque: “los géneros son tipos de obras completas, en tanto que los universales nunca se refie-ren a más de una parte de todo el repertorio” (1987: 237). La prueba de la inviabilidad de considerar estos modos de represen-tación como géneros es que se pueden combinar o alternar en una sola obra. Fowler da crédito a Claudio Guillén cuando este opina que a los tres modos de representación falta agregar la ensayística (1987: 238). El subgénero conserva las mismas características ex-ternas que corresponden al tipo, pero tiene un conjunto de reglas sustantivas propias y obligatorias, que son opcionales para el tipo genérico (1987: 56). Para aclarar esta idea, Fowler especifica que el tema determina el subgénero (1987: 112-114).

Ahora bien, la noción de género como tipo no es exclusiva de la literatura, siguiendo la exposición de Bajtín (1995: 252), quien observa las funciones discursivas del género: “una función deter-minada (científica, técnica, periodística, oficial, cotidiana) y unas

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Convergencias y divergencias

condiciones determinadas, específicas para cada esfera de la comu-nicación discursiva, generan determinados géneros, es decir, unos tipos temáticos, composicionales y estilísticos de enunciados de-terminados y relativamente estables”.

En este sentido, haría falta llevar a cabo más estudios que den cuenta de la hibridez genérica que tiene lugar en los periódicos de Hispanoamérica. Aquí se apunta como tesis que, cada vez que un escritor se asume como periodista, transgrede las convencio-nes, tanto literarias como periodísticas, para dar lugar a géneros híbridos que bien podrían clasificarse desde estas perspectivas teó-ricas. Se ha estudiado afirmado aquí que Owen ejercita la crónica periodística, pero en el caso de la serie “Suceso” el autor agrega algunas innovaciones que aproximan los textos a una especie de fábula moderna que emerge de noticias con algún ingrediente raro o sorpresivo; se trata de prosas breves, entre fantasiosas y poéticas. En una faceta antes desconocida, Owen recoge la experiencia de los escritores modernistas que consagraron su escritura a las pu-blicaciones periódicas —como fue el caso de Manuel Gutiérrez Nájera en la segunda mitad del siglo XIX—; y convierte su labor periodística en un ejercicio creativo y literario.

REFERENCIAS

BAJTÍN, Mijaíl (1995), “El problema de los géneros discursivos”, en Estética de la creación verbal (trad. Tatiana Bubnova), Siglo XXI, México.

FOWLER, Alastair (1987), Kinds of literature: an introduction to the theory of genres and modes, Oxford University Press, Oxford.

GARCÍA ÁVILA, Celene y Antonio Cajero, selección, prólogo y notas (2009), Gilberto Owen en El Tiempo de Bogotá, prosas re-cuperadas (1933-1935), Universidad Autónoma del Estado de México /Miguel Ángel Porrúa, México.

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Beatriz Adriana González Durán

El investigador social y literario

Los grandes conocimientos engendran las grandes dudas.Aristóteles

El papel del investigador se ha transformado totalmente si se piensa en solo dos décadas atrás, del avance de la máquina de es-cribir mecánica se pasó a la eléctrica, de la enorme computadora personal con monitor de bulbos, a la ipad, después a la tablet, y casi con la frecuencia de cada amanecer encontramos una serie de elementos tecnológicos nuevos y listos para incorporar en la labor del investigador.

Del cuestionario mandado por correo físico y recuperado en dos meses, se ha pasado a las encuestas por internet. Las fichas de papel se han esfumado junto con su fichero en una elegante caja de zapatos y en su lugar, se generan medios de almacenamiento como la carpe-ta electrónica ordenada y susceptible a cualquier tipo de aplicación y corrección. Cortar, pegar y copiar son música para los oídos del investigador. Sin lugar a dudas la tecnología ha transformado de manera radical la forma de investigar y de difundir lo investigado.

Hace una década era muy difícil publicar un artículo, hoy se puede tener contacto con diversas universidades y revistas de pres-tigio y el proceso de dictaminación y publicación se hace total-mente por la red.

También el aparato crítico ha sufrido modificaciones considera-bles, por ejemplo, insertar una nota a pie de página es muy rápido y la autonumeración sumamente eficiente. Ahora se puede elegir en las referencias si se desea el sistema MLA, Harvard, Chicago, APA, etcétera. Y se han incorporado nuevos documentos para ser citados como: un correo electrónico o un blog.

Es importante reflexionar que si bien se ha transformado la apli-cación de las técnicas de investigación, el modo de almacenamien-

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Convergencias y divergencias

to de los datos, la presentación y publicación. El papel del investi-gador continúa siendo la columna vertebral del proceso. El poder humano de la observación, análisis, argumentación, comparación, contrastación de datos, las ideas, la creatividad, siguen vigentes. Investigar es una de las tareas humanas más remotas y apasionan-tes; buscar datos e ideas que permitan avanzar en el pensamiento, especular sobre el conocimiento y vivir a la expectativa, son parte de la vida cotidiana, solo que el investigador lo aplica como una profesión, se debe ser constante y disciplinado, ya que no solo se debe pensar sino registrar lo pensado o en el caso de la investiga-ción de campo mantener un registro de la bitácora puntual, no se puede dejar para mañana lo que se debe anotar hoy.

También es importante destacar que en una sociedad abierta a un cúmulo excesivo de información a través de la red de redes como el Internet, es cada día más complicado acotar la investi-gación a un tiempo y un espacio, si no se delimitan los intereses desde el inicio, es fácil perder el rumbo y engolosinarse con toda la información que se encuentre, lo que provocará claramente al-teraciones en los tiempos marcados en el cronograma de investiga-ción. Es decir, es fundamental partir de un objetivo, hipótesis o pregunta de investigación, aunque es igualmente válido iniciar al revés, ello es a través de un trabajo detallado y exhaustivo con el marco teórico y de allí desprender sus intereses hacia un tema, un objetivo o problemática.

El trabajo del investigador debe ser activo, debe conjuntar todos sus sentidos para captar, entender y explicar la problemática que le interesa. Es por este motivo que su tema de elección debe ser sobresaliente para sus intereses, ya que permanecerá un buen tiem-po de su vida cuestionando, leyendo y relacionando expectativas, saberes y lecturas hacia ese tema.

La investigación tiene una fundamentación científica por el mé-todo que la dirige: observación, hipótesis, experimentación, teoría y ley; pero al mismo tiempo tiene mucho de instintiva y emocional, porque si el investigador ha aprendido a mirar entonces ha encon-

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trado la sensibilidad necesaria para entender de manera vivencial su trabajo; la pasión por su estudio no está ligada a cientificidad, tiene que ver con trabajar con lo que le gusta, sentirse motivado por lo que está haciendo; saber que está consiguiendo logros le da seguridad y lo alienta para continuar adelante, o por el contrario si en cada fracaso encuentra una nueva oportunidad para mirar desde otro ángulo, estará lleno de renovadas perspectivas.

El trabajo del investigador exige soledad y compañía; el inves-tigador necesita concentrarse en su trabajo, estar solo le da opor-tunidad de vincularse con su ser interior, avanzar en el proyecto y evitar distracciones; sin embargo también es muy importante con-tar con quien compartir avances y escuchar ideas, es por esta razón que en la actualidad los cuerpos de investigación son fundamen-tales en las universidades, ya que el trabajo en equipo le permite ser parte de un gran proyecto y convertirse en pieza fundamental desde el área que domina. Los proyectos colaborativos son más ambiciosos y tienen la ventaja de contar con más recursos, pero exigen una competencia social, saber vincularse con los demás y es precisamente este rasgo humano que ha hecho triunfar o fracasar grandes proyectos como el de “Biosfera 2”.

La libertad en la investigación puede ser un arma de dos filos, si se tiene libertad temporal el investigador se siente más cómodo para lograr sus avances y a falta de estrés su trabajo puede ser mejor, pero no tener un tiempo marcado también puede provocar que lo desaproveche o invierta más que el necesario; esto también sucede en relación a la entrega de avances, ya que tener que cumplir con una meta en tiempo y forma, es parte del proceso formativo en la labor como investigador, enseña de manera forzosa a disciplinar el trabajo; contar con un comité tutorial también coarta la libertad, pero es parte del mismo proceso.

Como investigador en el área social o humanística la mayor par-te de las problemáticas está dirigida a sujetos de estudio, quienes como entes vivos son susceptibles de ser entrevistados, observados y analizados; así el trabajo que se realiza y los descubrimientos

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encontrados son válidos para estos sujetos, su momento espacial y temporal en específico; aunque no dejan de ser avances importan-tes para otras investigaciones presentes y futuras.

En esta área el investigador debe delimitar ¿qué quiere hacer? y ¿cómo pretende realizarlo? Por esta razón debe enfrentarse a una decisión fundamental, saber si utilizará la investigación cualitativa o la cuantitativa. Debe estar seguro si quiere describir una proble-mática en específico o si pretende generalizar el conocimiento, si quiere entender e interpretar o demostrar.

El investigador en el área literaria tiene la oportunidad de que el objeto de estudio parezca más fácil en relación con el texto litera-rio que al estar publicado no cambia, el texto es parte del mundo artístico, patrimonio cultural mundial y como tal puede ser apre-ciado aparentemente siempre igual; sin embargo esta observación es totalmente errónea, porque el investigador como ser humano es también sumamente complejo y cambiante en cuanto a la per-cepción del objeto de estudio. Así se puede iniciar una investiga-ción con unos ojos e ir multiplicando las miradas conforme pasa el tiempo de investigación, esto puede ser resultado de diferentes cuestiones, una de las más importantes es la historia de vida, en la que influyen el contexto social, histórico, cultural y económico del investigador; la acumulación de lecturas sobre el tema que cam-bia necesariamente ese primer acercamiento más estético, menos científico; y el método de trabajo empleado que ayuda a ver en el texto múltiples aspectos que no se habían notado en las primeras hojeadas y ojeadas.

Investigar es una tarea interesante que requiere tiempo, dedica-ción y apertura, cada momento de contacto con el texto literario debe vivirse a través del poder de impresionarse con el lenguaje, la estructura, las figuras retóricas, el lector al que se dirige, el manejo del tiempo o el espacio, la caracterización de los personajes, las perspectivas del mundo manifiestas, el mundo del autor, los sím-bolos, las temáticas, entre una gama increíble de elementos que conforma la obra artística. Y en donde el investigador cuenta con

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Notas en torno a la investigación literaria

el criterio para seleccionar qué le interesa, porqué y la libertad para tomar decisiones en cuanto a lo que se deja y lo que se toma para investigar.

La organización de la investigación pareciera ya estar acordada según el esquema de trabajo, pero no es tan fácil, hay quienes son sumamente rigurosos, entonces su dedicación y entusiasmo se vierte totalmente en desarrollar el capítulo número uno, y exis-ten algunos otros que van armando su trabajo como un todo, ali-mentando cada parte con los elementos que va descubriendo; la organización entonces depende de las características de cada ser humano, su manera de ser, de ver, de sentir, determinarán su for-ma de construir.

Existe una gran diversidad de teorías para acercarse a un texto literario y cada una garantiza un bagaje conceptual e instrumental óptimo para desentrañar elementos de la estructura o del conteni-do del texto o para considerar ambas partes; desde la psicología, la sociología, la teoría de la recepción, la estilística, la hermenéutica, el formalismo, el estructuralismo, etcétera. El modelo que se elige tiene que ver obviamente con los intereses del investigador y lo que considera conveniente para acercarse a una lectura analítica-inter-pretativa de la literatura. Existe la posibilidad de tomar uno o más métodos para la investigación siempre y cuando el texto los acepte. Sin embargo, es importante apuntar que el método y las técnicas de trabajo no deben entrar con calzador al texto literario, en todo momento y para toda elección se debe partir del texto hacia la teoría y no de manera contraria, ya que se perjudicaría el estudio al encerrar la literatura en los cajones propuestos. La teoría, el méto-do de trabajo y las técnicas serán entonces una guía y no un molde.

De igual forma, el texto ofrece los elementos necesarios del con-texto que se deben analizar, no es relevante mencionar en la in-vestigación la historia literaria del país si para el texto este dato no tiene un referente, por el contrario si en el texto aparecen tres autores citados, esos autores no deben pasar desapercibidos, por-que si están nombrados debe ser por alguna circunstancia y su

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desconocimiento, puede llevar a un mal entendimiento.El investigador social debe leer en el lenguaje corporal lo que el

lenguaje verbal no le dice en el contexto vivencial, las abstenciones en las declaraciones, cada elemento le deben servir para reafirmar o negar argumentos, conductas, tendencias, problemáticas. De igual forma el investigador literario debe considerar que todos los ele-mentos de un texto le hablan y le indican pistas a seguir, el epígrafe, las dedicatorias, los anexos, las notas aclaratorias, el significado del nombre de los personajes, los lugares elegidos para que transcurran las acciones, los diálogos, la métrica; en fin, todos los elementos son portadores de significado y el investigador debe aprender a leerlos, no puede dejar de observar y atender cada detalle.

El investigador debe apasionarse con su sujeto u objeto de estu-dio, pero no puede dejar que la investigación se vea guiada por lo que desea encontrar, sino por lo que encuentra en realidad, esto es no puede manipular la información para sus fines. La validez de la investigación depende de ello.

La investigación exige atención, búsqueda constante, un profun-do entendimiento, saber qué, cómo, cuándo, dónde, por qué; es importante para el investigador social y literario; comprometerse, dudar y alcanzar.

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Arturo Texcahua

Cuando la investigación te mira a los ojos

Mediante la investigación los estudiosos de un objeto o de un fenómeno obtenemos información, confirmamos sospechas, des-cubrimos datos ocultos entre documentos olvidados o en fuentes intocadas, profundizamos en el conocimiento de un tema, encon-tramos ideas, enfoques y explicaciones que iluminan nuestro racio-cinio y nos permiten alcanzar nuestros objetivos.

Sin embargo, la investigación solamente es un medio, no un fin. Es un proceso que nos ayuda a obtener lo que buscamos. Es una indagación que puede ser aleatoria, es decir, sobrevenir de manera imprevista, acorde a sucesos inesperados; esto suele pasar con las investigaciones policiacas o cuando se intenta explicar un acciden-te. En esas ocasiones se presenta como una necesidad que inspira determinadas acciones no planeadas, pero que sí requieren, de sus oficiantes, antecedentes generales, técnicas y métodos previamente adquiridos. Situación distinta se da en el terreno académico; para definir esta búsqueda antes hay que hacer una investigación. En el caso de quienes estudiamos las letras, primero nos acercamos a los libros y lo que hay alrededor de ellos, aprendemos de historia, de filosofía y de las interpretaciones teóricas que explican al texto literario y cómo acercarnos a él. Además nos allegamos de conoci-mientos de disciplinas que nos puedan auxiliar a comprender los distintos sentidos de un texto. En el camino utilizamos el análisis como rutina imprescindible, la técnica como palanca, el método como disciplina.

Al precisar el objetivo central de nuestra investigación, la mitad del trayecto se antoja realizado. Esa, al menos, ha sido mi expe-riencia. Hay autores, temas y periodos que han atraído mi aten-ción después de conocerlos y estudiarlos. Así llegué a la revista El Rehilete, publicación mexicana de la década de los sesenta del siglo XX. Había leído novelas e información de autores de estos años.

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Beatriz Espejo estaba entre ellos. Un día me convertí en su alumno y tuve la oportunidad de platicar de este periodo. Me contó cómo de manera independiente había editado la revista literaria durante varios años. Su testimonio me animó a buscar la publicación en la biblioteca y leerla, posteriormente haría una amplia investigación al respecto que produjo una tesis de maestría. Al efectuar esta in-vestigación conocí varios de los componentes del sistema literario mexicano. Unas declaraciones de Emmanuel Carballo publicadas en su Diario público me inspiraron reflexiones e indagaciones so-bre lectores y libros editados en México. De estas pesquisas se des-prendió mi acercamiento al tema del canon literario en el que hoy estoy inmerso.

Atrajo mi atención que en los años sesenta en México, un redu-cido grupo con prestigio en dicho sistema, y pequeñas ediciones distribuidas regular y casi solamente en la ciudad de México esta-blecieran a quiénes y qué debía leerse. En resumen, encumbraran con sus opiniones a determinados autores y a sus libros. A unos los entronizaron y a otros los condenaron al olvido. Nombres que juntos integraron una lista que conocemos hoy quienes estudia-mos la literatura. De este, tal libro; de aquel, ese otro. Como parte del sistema, las editoriales contribuyeron en la confección de ese listado canónico. Sus dirigentes además fueron parte de un pro-yecto cultural con evidente fortaleza durante dos décadas, desde 1950. Durante ese tiempo un grupo más o menos compacto de in-telectuales y artistas (muchos de ellos escritores) se empeñaron en remontar al nacionalismo producto de la Revolución Mexicana, al que consideraban desgastado y repetido, por una visión cosmopo-lita que insertara la cultura en la universalidad y estuviera acorde con el desarrollo económico de entonces.

Se ha establecido el inicio de este esfuerzo en 1950, porque en ese año, en el marco de una amplia discusión sobre la identidad de México, se publica El laberinto de la soledad, de Octavio Paz. El pe-riodo concluye en 1968 (Pereira: 2006), con los sucesos políticos que estremecieron al país, y dislocaron los intereses de la intelec-

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tualidad mexicana y su relación con el Gobierno, amén de ser co-rolario de diversos problemas que enfrentó el grupo mencionado desde la llegada de Gustavo Díaz Ordaz a la presidencia, quien les retiró apoyos y espacios. La falta de ambos los expuso a presiones (Batis: 1984) y para 1967 ya habían desaparecido muchas de las publicaciones periódicas literarias que habían proliferado, y varios de sus miembros salido del país o de la ciudad.

Para legitimar su discurso este grupo pone en práctica diversas estrategias. El literario es uno muy importante. Se canonizan auto-res y textos. Hay nombres que se colocan en negritas y se incluyen en las colecciones prestigiadas del Fondo de Cultura Económica, investida como la editorial canonizante. Se habla de ellos y de lo que hacen, dictan conferencias, realizan lecturas, publican en casi todas las revistas y diarios alternando en unas y en otros; son parte de antologías; aparecen en todo lo relacionado con la literatura. Son ejemplo, modelo a seguir. Desde entonces sus libros forman parte de la historia de la literatura.

Otra de las editoriales con un papel relevante en la construc-ción de este canon literario será Joaquín Mortiz, fundada en 1962 por Joaquín Díez-Canedo, quien aprovechará su larga experiencia como editor en el Fondo de Cultura Económica, donde trabajó como gerente general entre 1942 y 1961. Al salir de esta empresa gubernamental, Díez-Canedo consiguió la libertad suficiente para realizar proyectos propios. Con el apoyo de colaboradores que ha-bían estado en el propio Fondo de Cultura Económica dio vida a una colección, la Serie del Volador, que se volvió emblemática en la promoción y consolidación de valiosas voces. La literatura fue su principal interés; publicó novela, ensayo, cuento, poesía y cró-nica. Bajo este sello aparecieron los nombres de Octavio Paz, Elena Garro, Jorge Ibargüengoitia, Vicente Leñero y Rosario Castellanos, entre otros autores.

Pero su trabajo no se circunscribió a divulgar a los consolidados, también publicó materiales de autores nuevos, a escritores real-mente noveles. Ese fue el caso de Gustavo Sáinz y José Agustín,

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escritores de la llamada literatura de la Onda, según la bautizó Margo Glantz (1979: 86). El reconocimiento e impulso a estos prometedores creadores y su incidencia en la literatura mexicana demuestra la relevancia de la participación de la editorial Joaquín Mortiz en la consolidación de nombres y tendencias en México. El proyecto de Joaquín Díez-Canedo no fue únicamente mone-tario, realmente se arriesgó por autores jóvenes o desconocidos. Joaquín Díez-Canedo entendió la necesidad de ofrecer alternati-vas, de abrir espacios, justo cuando se percibía la aparición de un abundante número de escritores. Aunque sus relaciones con los círculos intelectuales de la época son muy fuertes, sabe mantener una autonomía desde la cual propone y marca diferencias que dis-tinguirán a su editorial por la selección y calidad de los materiales publicados. Este sesgo de editorial independiente, más pragmático que enunciado, le da igualmente un carácter único en México, la hace una atractiva alternativa sin tonos políticos —como los que caracterizarían a Era, otra editorial surgida en los sesenta—, ni solamente con intereses mercantiles que sin escrúpulos supeditaba contenidos al dinero.

Justamente a partir de estas circunstancias, me pareció interesan-te acercarme al tema del canon literario, el cual, no obstante de ser objetado ha tomado auge en el mundo por sus estrechos víncu-los con la creación del texto literario. ¿De cuál canon literario ha-blamos cuando vivimos en una sociedad compleja, multicultural, fragmentada, con centros y márgenes? ¿Existe? ¿Es necesario hoy, cuando la extensa cantidad de títulos que todos los días se editan nos obliga a ser selectivos con nuestras lecturas? Bien sabemos los investigadores cuán importante es consultar la bibliografía básica de un tema. Sin embargo, el acto de elegir a un autor supone jerar-quizar, dar un orden de importancia de acuerdo con determinados parámetros. El propósito pragmático conlleva un cariz excluyente. Hay una distinción producto de una evaluación previa. Los resul-tados de este procedimiento no dejan contentos a nadie, aunque aparentemente estén plenamente fundamentados.

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Notas en torno a la investigación literaria

Las objeciones surgen de algunos cuestionamientos: ¿Qué, cómo y desde dónde se evalúa? Para algunos el procedimiento adolece de trampas o de errores de método. Según ellos, se eli-minan títulos y autores con base en prejuicios, en discrimina-ción de género, en descalificaciones de origen, en suma, en un procedimiento aborrecible en tanto los deja fuera. Hay abun-dantes motivos para darles la razón. Aún la lista de los libros más vendidos que se publica en la sección cultural de un diario puede ser objetada a pesar de su claridad cuantitativa. En ella hay omisiones y detalles de análisis que entorpecen su resultado.

En la discusión sobre el canon se incorporan otros elementos, como el manejo comercial, los proyectos políticos, los intereses de determinados círculos. Estas relaciones producen consecuencias impredecibles.

No se requiere un gran número de personas para crear un ca-non. Lo significativo es su poder disuasivo, su capacidad para estar presente en los medios escritos y audiovisuales, entre grupos pode-rosos o con prestigio. Este poder coloca al lector en una situación difícil porque lo hace objeto de la manipulación y de presiones empeñadas en acorralarlo.

Las editoriales son instituciones canonizantes, como el periodis-mo cultural, la academia, el gobierno, la crítica especializada, los medios y la mercadotecnia. Las editoriales apuntan hacia todos los sectores, algunas establecen el canon desde la educación universi-taria y superior, otras van hacia el lector promedio, aquellas buscan las masas.

¿Cómo crean estas instituciones un canon literario? Hay respues-tas que explican una dinámica que se ha vuelto hoy muy com-plicada, pues el canon tiene diversas funciones, como lo señala Sullá (1991: 48-56): “la provisión de modelos morales e ideales de creatividad; la transmisión de herencias concretas de pensamiento; la creación de modelos referenciales en lo social y lo cultural; la constitución de grupos con vocación hegemónica y voluntad de pervivencia que se apoyan entre sí; y la legitimación de una teoría

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y de una tradición. Entre esas funciones, muchas veces la lectura crítica desaparece como procedimiento para llegar al libro.

Hoy el canon literario es centro de polémicas y debates que re-corren diferentes posiciones: la que mantiene Harold Bloom (El canon occidental, 1994), quien se inclina por la parte formal, y las que consideran a la ideología como punto de partida, pues, según ellos, es necesario legitimar grupos minoritarios o culturalmente marginados (Bernheimer, 1993). Desde allí se analizan y objetan los significados implícitos: jerarquía, autoridad o institución. El debate atraviesa el tema del gusto como antecedente del canon, y sus implicaciones de valor relativas, sujetas a inclinaciones y prefe-rencias de una determinada época.

El centro de la confrontación opone los conceptos Estética vs. Ideología. Para apuntalar sus defensas los contrincantes revisan la historia, se concentran en la sociología, comparan estrategias mercadológicas, se recargan en la semiótica. Los partidarios de las explicaciones ideológicas sostienen que el canon representa una tradición cultural específica, y refleja en mayor o menor intensi-dad los intereses de una sociedad y de quienes ostentan el poder económico y político.

El tema se acerca forzosamente a los estudios de literatura com-parada y dialoga con la necesidad de sostener un canon literario por su valor formativo en la escuela, y en la integración de una cultura literaria nacional.

El estudio del canon revisa cómo interactúan en la canonización diversos sujetos: ¿cuál es el papel del crítico y su propuesta de lis-tados y antologías? , ¿qué participación tiene el periodista cultural?, ¿cómo inciden los académicos e investigadores de las universidades y centros de investigación?, ¿qué influencia ejercen las autoridades políticas y administrativas al establecer una agenda cultural casi siempre nacionalista (los planes de estudio oficiales con libros de texto que difunden autores y obras, el acervo de las bibliotecas pú-blicas, la instrumentación de premios y becas)?, ¿cómo intervienen los editores que inclinan la balanza al publicar o no a ciertos au-

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tores?, ¿cómo influye el prestigio y política de editoriales, incluida su concepción como una alternativa cultural, sus tácticas merca-dotécnicas como la publicidad y las ferias de libros, las facilidades de distribución en librerías y tiendas de autoservicio, y la presen-tación de autores y libros mediante actos públicos y lecturas?, ¿qué rol interpretan los medios audiovisuales y electrónicos (radio, cine, televisión e internet)?, ¿qué peso posee la promoción que realiza la prensa (diarios y revistas) de libros y autores?, ¿qué incidencia tienen los propios autores, sus relaciones y peso extraliterario?, y por supuesto el lector: ¿cuál es la función de los lectores en este proceso, pues ellos confirman el canon con su lectura o lo cuestio-nan?, ¿qué papel tiene el canon literario en la decisión de un lector a la hora de elegir qué leer?, ¿por cuál canon literario (pues hay muchos) se debe inclinar?

¿Y la materia principal de nuestros estudios: el texto literario dónde queda?, pues parece solamente un simple objeto sometido a las inercias de un sistema omnipotente, que intenta definir sus características, sus parámetros formales y conceptuales, no obs-tante el empeño del autor por concebirlo como una obra artística original, armoniosa y equilibrada con su propósito.

En tales circunstancias, no resulta extraño que el concepto de canon literario se encuentre sometido a un proceso dinámico de revaloración que es necesario analizar desde diferentes perspec-tivas y a partir de su función dentro de la actual compleja red social. La formación del canon es un proceso con recurrencias y particularidades acordes a circunstancias ideológicas, culturales, políticas y sociales. Es fácil comprender porqué hoy el tema del canon literario esté adquiriendo preferencia entre los investiga-dores.

Con base en las lecturas y estudio del tema, al revisar el ante-proyecto presentado para mi ingreso a los estudios de doctorado he reconsiderado que para revelar claramente la participación de la editorial Joaquín Mortiz en la conformación de un canon du-rante el periodo de estudios (los años sesenta del siglo XX) den-

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tro del sistema (o los sistemas) literario mexicano, debo analizar como conjunto, por supuesto, todas las colecciones y a todos los autores que se incluyeron y no solamente, como había pro-puesto en un principio, a los autores de la literatura de la onda. Aquí el reto será identificar indicadores idóneos y de algún modo confiables que me permitan evaluar el impacto mediático y la inmersión de las obras editadas por la editorial Joaquín Mortiz dentro de un canon literario específico que primero habrá de acotarse. Principalmente porque mi estudio y análisis pretende identificar los vínculos, las convergencias y las divergencias, en-tre los diferentes elementos que confluyeron en ese momento, así como estudiar las estrategias de consolidación como institución literaria de la editorial Joaquín Mortiz, logro basado en el esta-blecimiento de un prestigio que a su vez fue determinado por los criterios de selección de materiales y la calidad de estos, ac-ción emulada de las editoriales europeas, pero a su vez ostentada como una práctica distintiva en el mundo editorial mexicano, para diferenciarse, como estrategia comercial, de las otras edi-toriales. Asimismo, he observado la necesidad de comparar, aún en términos generales, el trabajo de Joaquín Mortiz con otras editoriales que nacieron casi al mismo tiempo, como Era, Siglo XXI, Diógenes, incluso, con otras editoriales latinoamericanas que surgieron por los mismos años. Excluyo Fondo de Cultura Económica porque, además de que esta tiene un carácter muy distinto en tanto empresa del Estado, esa editorial merece un análisis distinto y pormenorizado.

Igualmente he identificado con claridad el perfil pragmático de mi estudio. Carácter que se aleja del debate en torno a la naturaleza, pertinencia o vigencia del concepto canon literario. En los meandros del tema es fácil extraviarse en una discusión ciertamente aún válida pero independiente, como objetivo, del análisis de un proceso que me parece fascinante por el peso que al final tiene en la lectura, conocimiento y estudio de un texto. El diseño de esta investigación coincide con las actuales tendencias

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Notas en torno a la investigación literaria

en torno al tema, que, como dije antes, se dirigen a explicar la formación del canon, el proceso, se dé en uno o en otro terreno de la cultura.

Como se ve, una investigación lleva a otra; un dato despierta la curiosidad por otro; un descubrimiento explica nuevas averigua-ciones, una revelación sugiere búsquedas. De esta forma, el in-vestigador relaciona, conecta, halla derroteros ocultos y respuestas inesperadas que producirán acercamientos a temas diferentes; en una mecánica continua cuyo papel protagónico encabeza, enfras-cado en una tarea inagotable.

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Germán Alexander Porras Vanegas

Sociología entre lo histórico y la literatura: componiendo un objeto de investigación

Introducción El presente artículo reúne dos extractos de los resultados de una

investigación: el primer extracto se refiere a la formulación de un objeto de estudio, y el segundo, al delineamiento de la orientación teórico-metodológica que nos ha permitido llegar a él. Cada ex-tracto será contextualizado previamente (en cursivas); de allí que el propósito de esta introducción sea más bien justificar el título.

Con toda la reserva que debe mantenerse aquí ante la expecta-tiva de delinear un adecuado “estado del arte” sobre la sociología literaria o de la literatura, y de la teoría social respectiva (que mues-tre el curso de su desarrollo como especialidad, con sus peculiares problemas metodológicos, la amplitud de los enfoques, y las res-tricciones de su conceptualización), optamos por indicar el sentido del título, y la fuente de este estímulo cognoscitivo. Con “socio-logía” queremos decir “objetos de estudio” típicos de esta ciencia social, teniendo en cuenta ciertas cuestiones teóricas que a ella la definen, como lo es la relación entre acción, estructura y cultura (Hays, 1994); y con “entre lo histórico y la literatura” indicamos el ámbito dentro del cual se sitúan tales objetos sociológicos de estudio, muy especialmente en este estricto sentido: los contenidos literarios que tomamos de la realidad social los concebimos como fundamentalmente históricos (lo que nos permite distinguir el uso de estos términos en cuanto pertenecen a la ciencia de la historia y a la ciencia de la literatura). Quien ha planteado este sentido de lo literario (y de cuya obra hemos recibido el estímulo para ahondar en la indagación de su problema) ha sido el crítico literario colom-biano Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005), particularmente en dos obras: Temas y problemas de una historia social de la literatura Hispanoamericana (1989) y La formación del intelectual hispanoa-

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Convergencias y divergencias

mericano en el siglo XIX (1992). Con ellas el autor pretende ofrecer una metodología para los estudios literarios que no se definan por su intención inmanente y formalista, como se verá en el segundo extracto.

Las líneas que siguen aspiran ofrecer a los estudiantes interesados en las conexiones entre historia, literatura y sociedad, un sencillo ejemplo del planteamiento de un problema de investigación en este ámbito limítrofe de conocimiento, dando por sentado lo si-guiente: en este caso, el interés cognoscitivo lo dicta una serie de inquietudes sociológicas sembradas a lo largo de un proceso de formación académica, por lo que los cambios de perspectiva han de definirse de acuerdo al punto de vista desde donde se mire, sea el historiográfico o el crítico (ahora sí como disciplinas); pero se considera que hay un interés valorativo común, que es el de la apropiación de nuestros propios contenidos de cultura intelectual latinoamericana. Con base en este sentido último, se presenta lo siguiente.

Primer extracto: el objeto de estudioEste extracto pertenece a la primera parte de la tesis menciona-

da (3er pie de página), titulada Configuraciones, y es la primera sección de ella, que aparece bajo el subtítulo “Intelectuales desde una perspectiva literaria”. El objeto de estudio es una corriente de pensamiento, el positivismo sociológico decimonónico. Podría pensarse que se trata, por su tema, de un trabajo de historia de las ideas, pero sería limitado: ya Émile Durkheim en Las reglas del método sociológico enunciaba que, junto a las creencias y a las prác-ticas, existen otros hechos sociales que no se presentan en formas cristalizadas, las corrientes sociales (Durkheim, 1894: 19). Con esto se quiere decir que ya tenemos presente la proximidad entre sociología y método histórico: se verá que un esfuerzo en la deli-neación del objeto de estudio está en fundamentar que nuestro objeto tiene su base real en el grupo social que se expresa con estas corrientes sociales de ideas, y no en las ideas por sí mismas, esto es,

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que nuestro objeto de estudio se refiere a los intelectuales, por lo que se lo define como positivistas y no como positivismo, al tiem-po que se ocupa de un fenómeno peculiar de las corrientes sociales de pensamiento: los mecanismos culturales de recepción por parte de grupos sociales. Pero el esfuerzo principal está en mostrar la conexión entre sociología y literatura: se remite a algunos críticos e historiadores de la literatura latinoamericana en cuanto fueron sensibles o atentos a sus dimensiones sociales, y esta atención es-triba en la tipificación de los autores y obras en sus contextos de creación. Ahora puede apreciarse por qué esta parte del trabajo se titula Configuraciones: el concepto de intelectuales simultánea-mente muestra conexiones sociales, históricas y literarias, pero se trata de una conexión particular de sentido que adquiere en una cultura definida. Debe destacarse, por esto, que este sentido pro-cede de la peculiaridad cultural de la inteligencia latinoamericana, que toma las corrientes sociales de pensamiento europeas y las ade-cúa a su propia situación histórico-social, algo que se imprime en sus creaciones, como contenido de cultura.

***Acuñar un estilo de pensamiento correspondiente a la situación so-cial de la independencia de la monarquía española fue una exigen-cia que se pusieron a sí mismos los grupos sociales que apoyaron y dirigieron la emancipación americana, lo que es tan aceptable como decir que esta exigencia fue una función de su posición so-cial. Simultánea a la independencia política fue la declaración, he-cha por representantes de la clase social alta insurrecta, de la inde-pendencia intelectual: “Durante este breve periodo se introducen muchas novedades en nuestra literatura; el deseo de independencia e innovación crece y se difunde” (Henríquez, 1994: 111 y ss). Por ejemplo, la incorporación del paisaje o de los sentimientos indí-genas y mestizos, de la vida rural y de la crítica de las costumbres urbanas como motivos literarios, estuvo aunada con las innova-ciones de los géneros: aparición de la novela, multiplicación de la sátira y la fábula, todo sobre el soporte material de la lenta difu-

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sión de las publicaciones periódicas y del uso de la imprenta. Lo común a estas innovaciones que destaca Pedro Henríquez Ureña es claramente la valoración de la realidad circundante que cobra un nuevo sentido. Con este nuevo sentido de la realidad se asocia la recepción del positivismo sociológico decimonónico.

La evaluación de esta recepción debe considerar un doble frente simultáneo con el que se la asocia: por un lado, el positivismo socio-lógico decimonónico responde a la conexión con el proceso histó-rico europeo que enmarca la misma emancipación en la específica orientación de las élites criollas hacia Europa, con sus modelos de sociedad y las corrientes de pensamiento que los expresan y difun-den; por el otro, hacia la realidad social americana de la que tomaban conciencia progresivamente de su papel dirigente, es decir, respecto de la cual debían afirmar su papel dirigente tanto por su pertenen-cia a ella –lo que recoge el término de criollo– como en relación al conjunto de etnias, castas y clases sociales con los cuales debían constituir la nueva sociedad nacional. José Luis Romero lo advier-te en su estudio sobre el pensamiento político de la emancipación:

¿Hasta dónde es válido pensar e interpretar el proceso de la Emancipación solo como un aspecto de la crisis de trasformación que sufre Europa desde el siglo XVIII y en la que se articula la caída del imperio colonial español? Sin duda esa crisis de trasfor-mación constituye un encuadre insoslayable para la comprensión del fenómeno americano, y lo es más, ciertamente, si se trata de analizar las corrientes de ideas que puso en movimiento. Pero pre-cisamente porque será siempre imprescindible conducir el examen dentro de ese encuadre, resulta también necesario puntualizar –para que quede dicho y sirva de constante referencia– que el pro-ceso de Emancipación se desata en tierra americana a partir de situaciones locales, y desencadena una dinámica propia que no se puede reducir a la que es propia de los procesos europeos contem-poráneos (Romero, 2001: 51-52).

En ese sentido, en tanto proviene de las corrientes europeas de pensamiento, el positivismo sociológico decimonónico se presenta

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como un objeto formal, un producto mental elaborado y termina-do en forma impresa, mientras que al obedecer a las demandas de la experiencia histórica americana:

Desencadena también unas corrientes de ideas estrictamente arraigadas a aquellas situaciones que, aunque vagamente y carentes de precisión conceptual, orientan el comportamiento social y po-lítico de las minorías dirigentes y de los nuevos sectores populares indicando los objetivos de la acción, el sentido de las decisiones y los caracteres de las respuestas ofrecidas a las antiguas y a las nuevas situaciones locales (Romero, 2001: 52).

Esta dualidad define, respecto de la situación europea, una dis-tinción en la función del pensamiento dentro la sociedad ame-ricana que va constituyéndose. Jean Franco, en su estudio sobre la cultura moderna en América Latina, muestra que el papel del artista latinoamericano se distingue respecto del europeo por el modo como la conciencia social modela su producción:

En tanto que en Europa es legítimo estudiar el arte como tra-dición centrada en sí misma en la que pueden surgir movimien-tos nuevos como solución a problemas meramente formales, esta posición resulta imposible en América Latina, en donde hasta los nombres de los movimientos literarios difieren de los europeos.

“Modernismo”, “Nuevomundismo”, “Indigenismo”, definen acti-tudes sociales, mientras que “Cubismo”, “Impresionismo”, “Sim-bolismo” aluden solo a técnicas de expresión (Franco, 1985: 15).

Esto, según la investigadora de la literatura, todavía tiene otras implicaciones decisivas: el desarrollo del arte literario latinoame-ricano no responde afirmativamente al valor de la continuidad sino al de la ruptura, por lo que es necesario establecer continua-mente los puntos de partida desde los cuales se configuran las co-rrientes de pensamiento, siempre en relación con las situaciones sociales cambiantes, y que estas corrientes, especialmente a partir de fines del siglo XIX, deben considerarse como producciones de movimientos y ya no de individuos aislados (Franco, 1985: 15-16).

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Este último aspecto, que establece una diferencia en el proce-so social del pensamiento decimonónico del periodo finisecular respecto del periodo de la emancipación o de declaración de la independencia intelectual, debe considerarse como un aspecto del cambio de la situación social y como una determinación de la mis-ma producción artística e intelectual. Es justamente el de la apari-ción de los intelectuales como grupo social, según lo ha mostrado Rafael Gutiérrez Girardot: el hombre de letras, no en el sentido europeo sino hispanoamericano de aficionado a las letras puesto que su posición social se lo permite o se lo exige, es el tipo de escritor de la época colonial, mientras que en el fin del siglo XIX, partiendo de la determinación social de la división del trabajo que apunta Henríquez Ureña, el escritor se especializa y encuentra un papel público en el proceso de formación de las nuevas sociedades.

Pero estos rasgos se van trasformando en el curso del proceso, más aún, se invierten de modo que el “funcionario-escritor” (el funcionario que por serlo puede ser escritor) se convierte en el

“escritor-funcionario” (el escritor que por serlo llega a ser funciona-rio) (Gutiérrez, 1992: 15).

La inversión de la situación de la República respecto de la Colo-nia es el resultado de un cambio social que se legitima, para Gutié-rrez y Franco, como un nuevo “punto de partida”: aparece el grupo social especializado en la creación de ideas o imágenes destinadas a las necesidades de formación de las nuevas sociedades nacionales, el intelectual en el sentido definido —primero por Alfred Weber y luego cuidadosamente analizado por Karl Mannheim— como

“libremente oscilante”, desligado o desarraigado de los estamentos tradicionales en los cuales estaba encerrada la función social de la inteligencia y que con la liberación de esos vínculos ahora debe ofrecer sus capacidades al público abierto en el mercado de las ideas, ofreciéndole al tiempo que lo forja el “estilo de pensamiento” que ha acuñado necesariamente a través del nuevo vínculo social, el que forma con el grupo cuya atención capta o interpreta, y esto como un resultado del proceso de diferenciación e integración so-

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cial que desencadena la modernidad (Mannheim, 1963b: 84 y ss; 1963a: 169 y ss). Esta posición social del intelectual no debe pro-ducir extrañeza negativa por su carácter oscilante, como lo supo decir Ángel Rama, otra vez remitiéndonos a Mannheim:

Creo indispensable manejar una relación más fluida y compleja entre las instituciones o clases y los grupos intelectuales. Inclu-so por su condición de servidores de poderes, están en inmediato contacto con el forzoso principio institucionalizador que caracte-riza a cualquier poder, siendo por lo tanto quienes mejor conocen sus mecanismos, quienes más están entrenados en sus vicisitudes y, también, quienes mejor aprenden la conveniencia de otro tipo de institucionalización, el del restricto grupo que ejercita las funcio-nes intelectuales. Pues también por su experiencia saben que pue-de modificarse el tipo de mensajes sin que se altere su condición de funcionarios, y esta deriva de una intransferible capacidad que procede de un campo que les es propio y que dominan, por el cual se les reclama servicios, que consiste en el ejercicio de los lenguajes simbólicos de la cultura (Rama, 2004: 62-63).

La investigación literaria del vínculo del escritor decimonónico finisecular con el proceso social con el que cobra sentido su traba-jo, ha llegado a un punto en el cual se cruza con el planteamiento sociológico que busca responder la pregunta por las condiciones de la recepción de las corrientes de pensamiento, es decir, donde la pregunta no se ha formulado solo respecto del contenido de las ideas desde un punto de vista formal o inmanente sino de las condiciones sociales de su producción, desarrollo, reproducción y/o trasformación, donde el escritor como creador individual es redefinido en tanto que grupo socialmente diferenciado bajo la categoría de intelectuales:

Los intelectuales, que producen las ideas y las ideologías, forman el más importante de los eslabones de la conexión entre la dinámi-ca social y la ideación (Mannheim, 1963a: 177).

Puede apreciarse ahora la perspectiva desde la cual nos plantea-mos el problema de la recepción de una corriente de pensamiento:

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no se trata solo del positivismo sino de los positivistas, con lo cual se busca la conexión en la que puede verse el cruce entre el conte-nido de la “ideación” y el agente de la “dinámica social”, tal y como puede ponerla en evidencia la polémica ideológica entre puntos de vista contrapuestos. Esta es por cierto la conexión que trataremos de la configuración sociológica de nuestro objeto de estudio, que toma su perspectiva de la tradición de crítica literaria definible en torno de la obra de Pedro Henríquez Ureña con su amplio concep-to de “corrientes literarias”; tal como la encontramos especialmen-te en la obra de José Luis Romero con su trabajo Desarrollo de las ideas en la sociedad argentina del siglo XX (1965) —propedéutica en el estudio de las corrientes de pensamiento—; de Ángel Rama en su célebre libro La ciudad letrada (1984); y de Rafael Gutiérrez Girardot con su estudio La formación del intelectual hispanoameri-cano del siglo XIX (1992); autores en cuya unión cabe reconocerse una contribución objetiva al estudio de las ideas, del escritor, de su ambiente, de su función social, y de su significación cultural latinoamericana. También, en la primera década del siglo XX, un Francisco García Calderón o un Carlos Arturo Torres por ejemplo, manifestaron su interés por esclarecer la presencia en América La-tina de corrientes filosóficas procedentes de Europa (con sus obras Las corrientes filosóficas en América Latina (1908) y Los Ídolos del Foro, ensayo sobre las supersticiones políticas (1909), respectiva-mente) en una expresión de cambio de perspectiva intelectual que se presenta como superación del positivismo decimonónico, en una orientación de grupo que ha sido calificada de elitista, y en una evidencia de modificaciones en los géneros de expresión de las ideas.

Segundo extracto: la orientación teórico-metodológicaEste extracto pertenece a la segunda parte de la tesis, titulada

Formulaciones, está consignado en el anexo B, que tiene por título Formulación del positivismo sociológico: crítica latinoamericana, y de allí en la sección “Punto de vista de la crítica literaria latinoa-

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mericana”. Con el término “Formulaciones” se quiere enfatizar el carácter teórico-metodológico del trabajo realizado en esta parte, y con el cual se busca situar aquí la indicación heurística de la investigación de las conexiones entre historia, literatura y sociedad. Método y concepto proceden del objeto en una ciencia empírica; el objeto debe decirnos cómo llegar a él, y así tenemos el método; hallado el objeto nos obliga a nombrarlo, situándolo y delimitán-dolo dentro de un sistema conceptual, y tal es la teoría. La configu-ración entrevista en la realidad debe corresponderse con la formu-lación teórica: es el trabajo de sincronización que corresponde al momento teórico-metodológico de investigación. En este ejemplo que desarrollamos aquí se busca una sincronía de los elementos concretos de la sociedad, la historia y la literatura que se cristalizan en el fenómeno estudiado. El fenómeno se encierra objetual-con-ceptualmente con la categoría de intelectual, y metodológicamente se articula en la interpretación comprensiva de sus creaciones ar-tísticas, sus ideaciones, en cuanto estas se desenvuelven histórica-mente en una cultura, dentro de un marco de relaciones sociales, y con base en unas reglas del arte. Como nuestro objeto de estudio es el intelectual que ideó el positivismo sociológico decimonóni-co, tuvimos que indicar una periodización y una serie histórica, que es la ayuda primordial de la obra del historiador José Luis Romero; tuvimos que delimitar una manifestación estético-expre-siva correspondiente, que es el modernismo, y para hacerlo recu-rrir a los autores que dentro de la ciencia literaria atendieron a las dimensiones socioculturales, que es el papel fundamental de los planteamientos de Ángel Rama y Rafael Gutiérrez Girardot; pero estos elementos debían componerse con una perspectiva sociológi-ca, y de allí emergen las preguntas por el papel del arte literario en la formación de la sociedad nacional y estatal durante el periodo de modernización, y la apreciación de los conflictos internacio-nales de este proceso de incorporación a la división internacional del trabajo, que se trasparentan en el cosmopolitismo de los inte-lectuales, y que expresan también los problemas de organización

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interna de las naciones en sentido cultural, y de allí los conflictos entre modernismo y regionalismo, o la expresión intelectual que se define en la configuración de una forma de escritura, como lo es el caso del ensayo sociológico (cuya forma no puede apreciarse de-bidamente sin considerar, al lado de las dimensiones propiamente sociológicas, las condicionantes de su emergencia histórica y las determinantes de su expresión literaria).

***José Luis Romero (1909-1976) cultivó un uso de la literatura

que contenía la ampliación de su concepto y de su método hacia las preguntas que circundan a las ciencias sociales latinoamerica-nas. Este fragmento, que pertenece al trabajo “Campo y ciudad: la tensión entre dos ideologías” (1978), puede servirnos de intro-ducción:

Sin duda la ideología urbana resistió los embates literarios, que lograron, sin embargo, empezar a formar conciencia de ciertos problemas nacionales que pronto adquirirían contornos más de-finidos. De pronto se advirtió que tanto el tema de la vida rural como el de la ideología rural cambiaban de aspecto. Abandonaban los caracteres de la evocación para transformarse en cuestiones de candente polémica. La literatura volvió al tema con otras intencio-nes; pero empezó a ocuparse también de él el ensayo sociológico. (Romero, 2001: 257-259).

Como historiador social de las ideas, la distinción entre ellas que aplica Romero, concibiéndolas primero de un lado, en la forma de

“expresiones sistemáticas de un pensamiento metódicamente orde-nado”, y luego del otro y frente a estas, aquellas “que aún no han alcanzado una formulación rigurosa” y “que se van constituyendo lentamente como una interpretación de la realidad y de sus posi-bles cambios”, tal distinción contiene orientaciones para enfrentar tanto los problemas de la recepción de “ideas” provenientes de Eu-ropa, como del proceso de formación de las que “suelen tener más influencia en la vida colectiva” (Romero, 2001: 5); pero con este método también se acerca al contexto de las condiciones objetivas

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para la interpretación de los géneros con los que se da forma y ex-presión al atisbo de una situación sociocultural cambiante.

Por ello, la noción de literatura experimenta las variaciones que toma para los diversos contenidos ideológicos y, más aún, la que estos toman por la determinación o el condicionamiento social de las formas literarias. Esto puede inferirse de la relación entre ciudad, novela romántica y ensayo sociológico que aparece en el fragmento anteriormente citado: la ciudad latinoamericana ex-perimentó un crecimiento en el ciclo posterior a las guerras de liberación de la dominación hispánica y, por ello, no a causa de la influencia de la metrópoli sino de la subordinación del cam-po, con el cual formó el molde común de las nacionalidades en constitución; la subordinación del campo a la ciudad estimuló una estética literaria definida como “romántica” y que tiene entre sus motivos el descontento respecto de la valoración urbana de la vida rural —con todo lo que este fenómeno contiene de conflicto en-tre grupos sociales y visiones del mundo— ejemplificado en obras como María de Jorge Isaacs o Martín Fierro de Jorge Hernández, al tiempo que tal relación desigual estimula una racionalización de la experiencia histórica inédita, que para esclarecer la naturale-za del conflicto acude a la ciencia como fuente de referencia. De allí nos viene la configuración del “ensayo sociológico”, cuya ma-nifestaciones prístinas son Facundo, civilización y barbarie (1845) de Domingo Faustino Sarmiento y el Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas colombianas (1861) de José María Samper.

Este uso de la literatura no meramente filológico se trata de vali-dar durante la segunda posguerra mundial del siglo XX. “La histo-ria social de la literatura es, primeramente, un proyecto de alcance muy general y vago, que se postuló en los años 70 tras un largo proceso de superación de la consideración inmanente y formalista de la literatura” (Gutiérrez, 1992: 3). En tal sentido, uno de los autores más reconocidos en América Latina es el crítico uruguayo Ángel Rama (1926-1983), que justo por los años de su acciden-

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tal muerte había publicado trabajos que desbordaban “la conside-ración inmanente y formalista de la literatura”, cuyos títulos son emblemas de un proyecto académico continental: Transculturación narrativa en América latina (1982), La ciudad letrada (1984), y los ensayos que conforman el volumen Literatura y clase social (1983). En el primero de estos trabajos —con dedicatoria para dos “antro-pólogos de nuestra América”—, bajo el título “Literatura y Cultu-ra”, el autor dice:

Nacidas de una violenta y drástica imposición colonizadora que —ciega— desoyó las voces humanistas de quienes reconocían la valiosa “otredad” que descubrían en América; nacidas de la rica, variada, culta y popular, enérgica y sabrosa civilización hispánica en el ápice de su expansión universal; nacidas de las espléndidas lenguas y suntuosas literaturas de España y Portugal, las letras latinoamericanas nunca se resignaron a sus orígenes y nunca se reconciliaron con su pasado ibérico (Rama, 2004: 11).

Una lectura relacional (no solo inmanente y formalista) entraña la constatación de que las literaturas se producen en el curso de procesos históricos que se envuelven con ellas, que las llenan de un sentido peculiar que escapa fácilmente a la mirada especialista de la filología y aún de la crítica literaria. Las “letras latinoamericanas” llevan consigo mediaciones con el proceso histórico moderno de conquista, colonización, legitimación, modernización y mundia-lización del continente descubierto.

Rama sostiene que en este proceso se construyeron principios o valores centrales para cimentar la cultura latinoamericana a partir de su literatura: independencia, originalidad y representatividad. Estos principios o valores centrales no son entidades abstractas aunque constituyan subjetividad pura: fluyen como las fuerzas impulsoras que Durkheim denomina “corrientes sociales”. Las po-siciones de los sujetos en la historia está permeada de esta actitud valorativa, y por eso el investigador puede constatarla en diferentes manifestaciones de la literatura latinoamericana. En la situación básica de oposición frente a España y Portugal, en la que algunos

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contenidos culturales latinoamericanos se definen, cobran sentido las acciones de sus creadores: el dinamismo social provocado por la expansión del mercado mundial, y sus impulsos económicos de trasformación de las estructuras económicas y de la sociedad, dispusieron las bases para validar la distancia con las metrópolis coloniales fundacionales y “reinstalarse en otros linajes culturales” (Rama):

Siempre, más que la legítima búsqueda del enriquecimiento complementario, las movió el deseo de independizarse de las fuentes primeras, al punto de poder decirse que, desde el discurso crítico de la segunda mitad del siglo XVIII hasta nuestros días, esa fue la consigna principal: independizarse” (Rama, 2004: 11).

Literaturas independientes nutridas de internacionalismo, del internacionalismo de la división mundial del trabajo, aguijonea la expresión de originalidad, el carácter distintivo dentro ese con-cierto de naciones. “Esa originalidad solo podría alcanzarse, tal como lo postula Bello y lo ratificarán los sucesores románticos, mediante la representatividad de la región en que surgía” (Rama, 2004: 13). De allí el proceso de “aglutinación regional” que el americanismo de la segunda mitad del siglo XIX inculcaba; de allí también la proclama de conocer y distinguirse con sus creaciones entre las literaturas occidentales, bases motivacionales para inte-resarse por el tipo de conocimiento que recién ofrecía la ciencia nueva de la sociedad:

Criollismo, nativismo, regionalismo, indigenismo, negrismo, y también vanguardismo urbano, modernización experimen-talista, futurismo, restauran el principio de representatividad, otra vez teorizado como condición de originalidad e indepen-dencia, aunque ahora dentro de un esquema que mucho debía a la sociología que había estado desarrollándose con impericia. Esta sociología había venido a sustituir, absorbiéndola, la con-cepción nacional-romántica, como se percibe en sus fundado-res: de Sarmiento y José María Samper a Eugenio de Hostos (Rama, 2004: 16).

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Con estas proposiciones, Rama plantea su discusión central en esta obra: en ese proceso inédito, establecido sobre el eje de los principios mencionados, se define el conflicto más propiamente latinoamericano: Modernismo vs. Regionalismo, la contraposi-ción entre las fuerzas centrífugas y centrípetas de la sociedad en la cultura. No era, realmente, un tema solo de este libro, era un resultado o culminación de una interpretación que alcanzó su for-ma definitoria en Rubén Darío y el modernismo (1970) y que su desarrollo se manifiesta en un ensayo posterior que intituló “Ru-bén Darío: el poeta frente a la modernidad” (1983), donde el ge-nio del modernismo tipifica el escritor decimonónico finisecular, volcado a la experiencia literaria del mundo de los intercambios internacionales, como en otros campos se volcaron a ese mundo comerciantes, clérigos, diplomáticos, ingenieros, naturalistas filó-logos y muchos otros profesionales.

Con él se instauran las reglas de la futura profesionalización del intelectual, por lo tanto en íntimo consorcio con la demanda y las condiciones peculiares del medio cultural (Rama, 2006: 126).

La aceptable perplejidad que produce esta mezcla de objetos de estudio, que por sí solos se circunscriben en disciplinas diferentes, pero cuya conexión se produce en periodos donde se pronuncia la necesidad o la provocación de redefinir ramas completas del conocimiento humano, advirtiendo que se trata de algo que co-mienza incluso con pequeñas bifurcaciones, admite que nos plan-teemos la pregunta por el uso que debe darse a una fuente, sobre todo si esta fuente concretiza el interés del investigador, como parece producirse aquí con los materiales de la literatura: dominio de la filología, comienza por ser frecuentada por otras disciplinas que ven manar de ella nutrientes para sus interrogaciones, y poco a poco la ocupan hasta cuestionar la validez de un dominio ex-clusivo.

Rafael Gutiérrez Girardot (1928-2005) buscó acreditar con su obra esta variante a “la consideración inmanente y formalista de la literatura”. Pese a que un reconocido autor contemporáneo

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como Carlos Altamirano –en la “Introducción general” a la Histo-ria de los intelectuales en América Latina (2008)– sostiene que los estudios de Gutiérrez sobre historia social de la literatura latinoa-mericana son estelas de los trabajos de Rama, lo que no supo ver fue el encuentro de dos autores dentro del mismo ámbito de ob-jeto de estudio, el modernismo, a partir de diferentes elaboracio-nes conceptuales, como también de diferentes puntos de partida en el planteamiento. Gutiérrez, a diferencia de Rama, plantea el problema del estudio de la literatura desde el punto de vista de la fundamentación conceptual, de las herramientas de análisis, de la composición de la disciplinas, de la escena europea de discusión, desde una apertura filosófica de la mirada que siempre se orienta por el ejercicio y la fundamentación de la crítica, la crítica de todos los momentos: conceptuales, metodológicos, ideológicos y de la forma. Basta comparar sus obras sobre el modernismo para empezar a sostener esta contraposición: mientras Rama se ocupa de Darío, un individuo histórico, Gutiérrez aborda un plano gene-ral, el de los “supuestos históricos y culturales del modernismo”, como aparece en el título de su trabajo de 1983. En uno de los trabajos mencionados por Altamirano, La formación del intelec-tual hispanoamericano en el siglo XIX (1992), se puede mostrar las implicaciones de la diferencia del planteamiento.

Para Gutiérrez, la formulación del programa de la historia so-cial de la literatura se enfrenta con problemas conceptuales entre los cuales cabe destacar el de la mediación. Tras el balance de la discusión europea que se contiene en las obras de Georg Lukács, Arnold Hauser, Lucien Goldmann o Theodor Adorno, todos ellos herederos —en uno u otro sentido— del problema marxista de la determinación material de la superestructura por la base, advierte que su discusión no resolvía satisfactoriamente este problema:

Un problema específicamente dialéctico, esto es, el de la me-diación. Tanto el “reflejo” como la “homología” pasan por alto precisamente lo que documentan concreta y detalladamente sus postulados, es decir, lo que permite hablar de “reflejo” u “homolo-

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gía” sin caer en la “intuición”, que deja en la oscuridad la comple-ja red social e institucional que une los dos términos del “reflejo” o de la “homología”, o sea, las llamadas “base” y “superestructura” (Gutiérrez, 1992: 3)

Solo a través de la apertura de nuevas vías empíricas de investi-gación se encontrarían las herramientas para sacar a la dialéctica de su estancamiento con el marxismo oficial: “Precisamente estos temas, esto es, público, difusión del libro y la lectura (bibliotecas, editoriales, revistas), la figura y el contorno sociales del escritor (grupos, tertulias, bohemia, salones) apuntan a la “mediación”, a los caminos por los que posiciones ideológicas y estructuras socia-les se imponen en la literatura” (Gutiérrez, 1992: 8). Otro lado del problema era el de la delimitación disciplinar, que no estaba menos ligado con la mediación:

Al problema de la “mediación” entre literatura y sociedad, y al de la solución de la “aporía” de la dialéctica mediante el recur-so a la empiria o, más exactamente, al de la “mediación” entre sociología dialéctica y sociología empírica, se agrega el proble-ma de la “mediación” entre “filología” e “historia” como ciencia social. Estos problemas de carácter principalmente teórico (que no excluyen, sino deben incluir el trabajo empírico) exigen una revisión radical de los términos que deben ser “mediados”, lo cual equivale a una nueva fundamentación, o más propiamente, a la fundación de la “Historia social de la literatura”. La comprensión de la magnitud de la empresa ha suscitado la fundación de una revista internacional de historia social de la literatura (Gutiérrez, 1992: 10).

La importancia concedida por Gutiérrez a la dimensión teórica del problema estaba completamente legitimada por una situación de redefinición de los límites del conocimiento de las disciplinas y sus reglas de validación. Apreciamos un acercamiento entre la sociología y las disciplinas literarias que debía tener implicaciones directas en el desarrollo de sus áreas de conocimiento. Una apro-ximación entre los problemas de la sociología y los de la literatura

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eran evidentes, como justamente lo evidencia que en el mismo año del opus magnum de Rama y de la obra reconocida de Gu-tiérrez sobre el modernismo, Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo publicaran un libro con el sugestivo título de Literatura/Sociedad (1982).

Lo que Gutiérrez ofrece es un “punto de partida” para la investi-gación empírica que se oriente conceptualmente, es decir, crítica-mente. Gutiérrez plantea su “punto de partida” desde la considera-ción del escritor, es decir y como Rama, desde la profesionalización de la literatura en la época de la modernización, en tanto se re-conoce su función social, o sea, la función correspondiente a la aparición en América Latina del agente “intelectual”. Con una formulación de coherente confluencia de problemas sociológicos y literarios, Gutiérrez retorna al planteamiento de la profesiona-lización del escritor que hizo Pedro Henríquez Ureña en Las co-rrientes literarias en la América Hispánica (1945) para delinear sus conceptos de la relación entre profesionalización y racionalización:

Pero esta relación plantea la pregunta de si la “profesionaliza-ción” del hombre de letras es solo un producto inmediato y hasta súbito de la “racionalización” o de si esta es el momento de un proceso. Si esta relación constituye el momento de un proceso, entonces cabe preguntar si antes de manifestarse esa relación en la forma de la “profesionalización” del hombre de letras hubo mo-mentos anteriores de esa relación y cómo se desarrollaron hasta llegar a esa trasformación del “hombre de letras” en “profesional”. Estas preguntas apuntan al centro del problema teórico de las

“mediaciones”. Pues la configuración (o formación) del “escritor” es el presupuesto de que haya “literatura”. El “escritor” es conse-cuentemente el objeto primario de cualquier interpretación social de la literatura (Gutiérrez, 1992: 14).

El advenimiento de la profesionalización por la división del tra-bajo, impulsada en la época de la modernización, esto es, orienta-da por la dirigencia de la burguesía emergente en el cruce de los siglos XIX y XX, este advenimiento contiene el problema de la

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racionalización de la sociedad capitalista: la formación de la so-ciedad civil donde unos seres humanos socializados actúan como medios en los fines de los otros en la interdependencia producida por la división social del trabajo, lo que implica el desciframiento de su función social dentro del conjunto –conjunto que es justa-mente lo que interesa a la sociología en el estudio del escritor.

En él, no como individualidad, en lo que él pretende y en lo que lo condiciona y él condiciona socialmente, puede descubrirse la compleja red de la “mediación”, esto es, los modos por los que estructuras y posiciones ideológicas sociales se imponen en la lite-ratura (Gutiérrez, 1992: 14).

Puesto que en las producciones del escritor aparecen estas “es-tructuras y posiciones ideológicas sociales”, se hace posible iden-tificar el proceso de la sociedad, que es lo que Gutiérrez analiza críticamente en el caso del planteamiento de Henríquez Ureña: si el tránsito de una “sociedad teocrática” a una “sociedad civil” conlleva la disolución de la función social del “hombre de letras” por la legitimación del “escritor”, si la “vocación” se disuelve en la

“profesión”, si el “laico” sustituye al “clérigo”, cambia sustancial-mente el sentido que la función social de este actor adquiere en el proceso de inversión social de lo tradicional hacia lo moderno.

Hombre de letras podría designar al aficionado a las letras. El aficionado a las letras sería principalmente el autor de la época colonial. En el siglo antepasado [XIX] el hombre de letras aprove-cha las posibilidades de la nueva situación y si no se profesionaliza ejerce su vocación literaria con intención política en el sentido más amplio del término. No en todos los casos, ciertamente, pero sí en los más significativos. No lo hace pues gracias al ocio y la libertad como el homme de lettres sino al servicio de las nuevas Repúblicas, y eso le da una función pública. Tal función y acción públicas y la regularidad de la actividad constituyen un paso pre-vio para la “profesionalización” del hombre de letras: es el “escri-tor”. Y la primera culminación de ese proceso es el del escritor cuya acción no es pública-política en el sentido de político, sino

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de pública y política como escritor: es el “intelectual” (Gutiérrez, 1992: 19-20).

De allí la pertinencia de la iniciativa de Rafael Gutiérrez Girar-dot al tomar, como punto de partida, la configuración del agen-te de la ideación en tanto intelectual. Eso implica, primero –del lado metodológico del problema–, definir un comienzo para la investigación del flujo heterogéneo de la vida literaria; segundo

—de su lado teórico—, la diferenciación social, la especialización profesional y la personificación funcional de una demanda cultu-ral histórica en un agente de la vida social; y, tercero —del lado crítico—, la definición del elemento histórico-genealógico de su emergencia en la vida pública, en la situación de organización de la sociedad nacional y estatal, y de acuerdo con el proceso de formaciones sociales latinoamericanas del siglo XIX, a partir de la declaración de independencia del imperio español.

Una anotación finalSe dijo que un interés valorativo común vincula las preocupa-

ciones que se consignan en las elecciones de objetos de estudio en la ciencia histórica, en la sociología y en la crítica literaria. Cabe reconocer que estas inclinaciones no lo serían si no tuvieran un correspondiente en la propia realidad a la que se refieren. Las ta-reas de la sociología literaria latinoamericana no se justificarían simplemente por el capricho de una elección à la mode, pues con ello negaría su carácter de ciencia de lo concreto; las tareas que se impone le vendrían de una demanda traducida del continuo estu-dio de la realidad social. Tal experiencia le permitiría reconocer el papel que ha tenido la literatura en el proceso de formación cul-tural de la sociedad, en la generación de los sentidos socialmente eficaces que han sido movilizados por sus intérpretes intelectua-les. Lejos de encerrarse en sus complicidades disciplinares con las herencias metropolitanas de su saber, requiere de un abrirse a las implicaciones experimentales de otra experiencia histórica del sa-ber que le resta por reconstruir. La peculiar de su propio mundo.

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Convergencias y divergencias

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Claudia Saraí Fernández López

Gustave Flaubert y Mario Vargas Llosa: una re-escritura e interpretación

a través del intertexto

Una lectura intertextual de Travesuras de la niña malaLa literatura nos proporciona nuevas versiones de la realidad

que nos rodea, por lo que su concepción varía de generación en generación. Asimismo, los fenómenos literarios no son aislados; consciente o inconscientemente se relacionan unos con otros, de manera que siempre hay una constante comunicación entre textos, autores y obras. De allí que una de las tareas del crítico literario sea la de dar cuenta de este intercambio; no obstante, en el transcur-so de la investigación parecería que las relaciones entre textos no tienen fin. A decir de Gérard Genette (1989:10) “el inconveniente de la búsqueda es que, a fuerza de buscar, acaba uno encontrando aquello que no buscaba”.

Visto de otro modo, esta búsqueda nos permite hallar y profun-dizar en elementos que para el lector común pasan desapercibidos, mientras que para la crítica literaria se vuelven objeto de estudio. Así pues, el conocimiento del otro es, en parte, el conocimiento de uno mismo; nos alimentamos de terceros y nos apropiamos de la impronta del extranjero, esto mismo ocurre con la literatura.

En todas las disciplinas, la elección del objeto de estudio impli-ca un cierto grado de subjetividad; en este proceso emergen los motivos académicos y personales. En mi caso, la curiosidad me ha encaminado al estudio de literaturas de distintas épocas y latitudes, del mismo modo consiento en la apertura hacia el pensamiento ex-tranjero, pues es evidente que la realidad no es la misma para todos. Por ello, considero que la literatura es una vía hacia la libertad y al conocimiento.

Lo anterior orientó mi formación universitaria al estudio de la lengua francesa. En este transcurso inicialmente se aprenden dos idiomas: inglés y francés; sin embargo, la cultura gala —como a

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Convergencias y divergencias

muchos— logró atraparme. No cabe duda que en los estudios li-terarios existe un diálogo entre culturas, por lo que es evidente la interrelación entre la literatura latinoamericana con la europea. Sus efectos, así como su asimilación, a mi parecer, son elementos en los que conviene insistir en su análisis.

La literatura de América Latina no está apartada del mundo ni surge de manera independiente. Por dichas razones, el obje-tivo general de mi investigación consiste en reflexionar sobre la correlación, efectos y asimilación de las letras francesas en la li-teratura hispanoamericana, en especial la de los siglos XX y XXI. De manera más específica, pretendo analizar y comprender la postura de uno de los escritores más influyentes de nuestro pa-norama literario frente a la literatura gala: Mario Vargas Llosa.

En Mario Vargas Llosa (1936) se refleja una relación personal y analítica con la literatura europea. El escritor peruano ha manifes-tado abiertamente que su formación como escritor y novelista se debe en gran parte a la influencia que han tenido las letras france-sas a lo largo de su vida; incluso se considera uno de los últimos

“afrancesados” de su generación (Vargas Llosa, 2013).En efecto, ningún otro escritor francés ha influido tanto en

Vargas Llosa como Gustave Flaubert. Según el peruano, en la actualidad sigue releyendo fragmentos del novelista galo: “es un escritor que nunca me ha decepcionado y siempre me ha conmo-vido. Incluso releer episodios que tengo muy presentes, algunos por su inteligencia, su destreza literaria” (Vargas Llosa, 2013, en línea).

Las novelas de Flaubert, Madame Bovary y La educación senti-mental, han contribuido en la conformación literaria del nobel latinoamericano; esta última, a decir suyo, sería la única novela que llevaría a la isla desierta si se le permitiera una sola. Asimis-mo, cabe subrayar que su fascinación por Madame Bovary se plas-mó en un ensayo crítico titulado “La orgía perpetua: Flaubert y ‘Madame Bovary’”. De acuerdo con Cervera (1996:170) “este

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Notas en torno a la investigación literaria

ensayo crítico, se consagra como creación literaria”, es decir, la interpretación y el posterior análisis de Vargas Llosa constituyen del mismo modo una obra literaria.

Menciona Vargas Llosa al respecto:

Desde las primeras líneas el poder de persuasión del libro operó sobre mí de manera fulminante, como un hechizo poderosísimo. Hacía años que ninguna novela vampirizaba tan rápidamente mi atención, abolía así el contorno físico y me sumergía tan hondo en su materia. (Vargas Llosa, 1995: 15)

Ahora bien, para comprender la relación entre ambos autores, nos aproximamos a la noción de influencia; sin embargo, parece ser demasiado extensa, y, a su vez, restringida. De acuerdo con Mendoza (1994:61) “se ha utilizado, generalmente, para referirse a los factores generales externos que inciden en la formación y en la producción artística del autor”. Por otro lado, para Guillén (1985), anteriormente, el concepto de influencia se enfocaba más al plano biográfico y textual de la obra literaria, y no profun-dizaba en las diversas conexiones y elementos concretos que se manifiestan en ella.

Así pues, el término intertextualidad se ajusta a la trascendencia del marco general de una obra literaria. En su significación más amplia, el concepto se refiere a la relación manifiesta de un texto sobre otro, este vínculo puede ser explícito o implícito, de igual forma, aparece de manera inconsciente o intencionada.

Esta reflexión sobre Vargas Llosa y su estrecha relación con la literatura francesa, sobre todo con Gustave Flaubert, se centra en el análisis de las relaciones intertextuales de la novela Travesuras de la niña mala. A primera vista, es evidente que el peruano alude de manera intencional al personaje Madame Arnoux de la no-vela decimonónica; sin embargo, poco a poco se aprecia que en Travesuras… esta referencia trasciende del terreno de la alusión.

Las acciones de Marie Arnoux, representan a la mujer en la sociedad francesa del siglo XIX, sumisa y dependiente de su

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Convergencias y divergencias

esposo; por el contrario, el personaje de Vargas Llosa, Otilia, es ambiciosa, rebelde, y manipuladora. Ambas mujeres coinciden en un amor que parece imposible, la de Flaubert es el amor utópico de Frédéric Moreau, está casada y su relación resulta poco moral para la época, y la Madame de Travesuras de la niña mala, con una actitud más liberal y superficial, es el objeto de deseo de Ricardo; por consiguiente, su matrimonio también les impide realizar libremente su aventura.

Otro elemento que cabe resaltar es la relación alegórica y cos-mopolita entre ambas novelas, ya que se desarrollan en París. Por otro lado, su contexto histórico nos permite conocer momentos importantes de la historia francesa. La primera acontece duran-te la revolución de 1848, en el contexto del segundo imperio; la segunda, transcurre en el París revolucionario de los sesenta.

De acuerdo con José Miguel Oviedo (2007:186), la presencia de la Ciudad Luz en Travesuras de la niña mala es uno de los ejes centrales de la novela:

Cada capítulo ocurre en una ciudad distinta: Lima, París, Londres, Tokio, Madrid. Sin embargo, es cierto que las dos pri-meras capitales reaparecen más de una vez y que el indudable centro de todo es París, al punto de que la obra puede consi-derarse un homenaje a esa arquetípica ciudad. París y el resto cumplen así una clara función de co-protagonistas.

Otro objetivo que plantea este análisis es comprender, de una manera más reflexiva, cuál es la correlación entre el personaje de Otilia con Emma Bovary. Si se atiende al vínculo peculiar entre el personaje de Flaubert con el propio Vargas Llosa. —y si se observa más allá de la frontera de la admiración— se pue-de dar cuenta que en esta recreación subyace la gran destreza y calidad del escritor peruano, ya que nos presenta una versión moderna, y no menos brillante, de Emma Bovary.

En diversos aspectos, ambas mujeres dialogan y concurren en un mismo espacio. A Emma y Otilia las une la insatisfacción de su entorno, así como una ambición que se refleja en un deseo

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Notas en torno a la investigación literaria

por ascender en la escala social, lo que a la larga las condena a la tragedia.

Lo señalado anteriormente, nos remite a un diálogo entre Flaubert y el escritor latinoamericano, ya que ambos recurren a los mismos motivos. De esta manera nos aproximamos a la idea de que en la literatura se rompen las barreras del tiempo. En palabras de Oviedo (2006: en línea), “en Travesuras de la niña mala convergen cuatro conceptos que Mario Vargas Llosa subraya como capitales del novelista francés: violencia, rebeldía, sexo y melodrama”.

En suma, lo que se ha mencionado es un esquema general de lo que se pretende abordar en este trabajo de investigación. En Travesuras de la niña mala la intertextualidad se manifiesta de manera temática, así como en la construcción de persona-jes y espacios. A través de un relato amoroso, acompañado de un guiño travieso, el autor peruano invita al lector a reafirmar su admiración por el francés. De la misma forma, el análisis de estos elementos ocupa un papel importante en el estudio y comprensión de la obra vargallosiana.

Por último, la lectura intertextual nos permite desarrollar un planteamiento más crítico del texto que se analiza. Un reto para el crítico literario es determinar cuál es el límite de los de los elementos planteados en su investigación. Si se atiende a la fra-se de Barthes (2002:87) “todo texto es una cámara de ecos”, quizás, en Travesuras de la niña mala aparezcan más recursos intertextuales que apunten a diversas obras y autores; y si la investigación misma lo permite, se profundizará en una lectura intertextual más amplia.

Lo que esperamos de este análisis es un aporte a las diversas perspectivas del estudio de la obra del escritor latinoamericano, y por consiguiente una mayor posibilidad de entender sus pla-neamientos. Con lo anterior queda claro que Vargas Llosa es y seguirá siendo un escritor complejo.

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Convergencias y divergencias

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Jorge Manuel Martínez Galeano

El camino del exilio

“Y aún es extraño que te faltenlas hostiles espinas de tu patria,el ronco desamparo de tu pueblo,los asuntos amargos que te esperany que te ladrarán desde la puerta”.

Manuel García, El exilio

En Honduras, el tema del exilio es todavía poco discutido, por lo general tabú ya que hasta ahora muchas heridas no se han subsana-do; quizás de allí proviene mi interés por él. Me interesan los con-trastes entre dos discursos: el de un exiliado y el del poder absoluto que los ha obligado a dejar el país. La represión dirigida a ciertos sectores de la sociedad ha sido moneda común en los procesos políticos de Honduras, tanto hoy como ayer; estos grupos son des-legetimizados por el poder que los expulsó o abusó de ellos, sus dis-cursos se pierden en la memoria colectiva, ya que su regreso nunca ha sido bajo el signo de la reconciliación o la victoria; es la pala-bra de los siempre derrotados contra fuerzas omnímodas. Además, son muy raros los procesos de recuperación de la memoria histó-rica, especialmente durante el Caríato porque todavía se ensalza como una época de tranquilidad a pesar de la persecución política.

Se asume tradicionalmente que el exilio se debe únicamente a causas políticas, pero hay que aclarar que no se debe solo a ellas: la violencia y la exclusión someten a un grupo de la población y hacen que sus integrantes se vean obligados a emigrar; en esos casos, la salida del país se debe a la exclusión que un sector de la sociedad ejerce sobre un individuo o sobre un grupo, un ejemplo de ello serían las movilizaciones de judíos dentro de Europa o las de población debido a la guerra en Colombia.

También es necesario hacer una diferencia clara entre tres con-ceptos cercanos al exilio: migración, destierro y “exilio interior”. Si

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Convergencias y divergencias

bien en la migración hay cierto grado de violencia y exclusión, en este caso se debe a razones económicas por las que una persona se ve obligada a abandonar su país y ella siempre podrá regresar, si así lo desea, cuando cumpla con sus expectativas de obtener un mejor nivel de vida. Muy diferente es el caso del exilio, donde la migra-ción se da por el temor y en el cual no existe la posibilidad de regre-sar al país natal hasta que la amenaza desaparezca (Cfr. Guinsberg, 2005). Por su parte, el destierro es un castigo que puede implicar el exilio, pero, al ser una penalidad, esta se encuentra contenida en las leyes de un país; en algunos códigos penales, como el chileno de 1874, el destierro es “la expulsión del reo de algún punto de la Re-pública” (Código Penal de Chile, 1874:21) y no necesariamente la expulsión del país. Por otra lado, Roberto Bolaño, muy crítico con respecto al concepto de exilio, lo define como “vida o actitud ante la vida” más que como una separación de la tierra natal, lo cual daría pie a lo que el mismo Claude Cymerman (Cfr. 1993) llama un exilio interior, es decir, el caso de autores que, aun encontrán-dose en su país, se apartan de la sociedad que no los acepta; pero este término resulta dudoso, pues la experiencia de la expulsión del territorio natal implica una serie de cambios específicos a raíz del trauma de abandonar el ambiente cotidiano (Cfr. Guinsberg. 2005), que no se presentarían por la simple “actitud de vida”.

Tomando en cuenta todo lo anterior, decidí definir al exilio como la salida del territorio natal debido a algún tipo de violencia ejercida sobre una víctima o un grupo, a tal grado le impide vivir en el lugar de origen y, por tanto, regresar a él sin poner en riesgo la integridad. Esta experiencia conlleva una experiencia de desgarro, al verse expulsado del territorio natal, una estado de vida-muerte que se puede presentar en cómo el individuo se percibe a sí mismo, cómo asume a la patria que ha dejado y cómo percibe al país de exilio; sin embargo, la descripción de dichos efectos se planteará en otros artículos.

Una gran cantidad de artistas, intelectuales y políticos han su-frido el exilio. Podría hacer aquí una larga lista de ellos; pero me

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Notas en torno a la investigación literaria

limitaré a citar algunos testimonios en el caso concreto de Méxi-co como país receptor. El asilo como una política del gobierno mexicano se inicia desde el siglo XIX, aunque en un principio se limitaba a casos individuales (Cfr. Serrano, 2010). En 1860, Beni-to Juárez brinda asilo, por primera vez, al grupo de guatemaltecos que lideraron la Revolución Liberal (Cfr. Serrano, 2010); a su vez, con la derrota del gobierno conservador en Guatemala en 1879, México dio asilo a estos últimos. El siguiente caso es el de los cuba-nos que lucharon por la independencia de esa isla, dos figuras im-portantes de estos exiliados fueron José María Heredia y José Martí (Cfr. Serrano, 2010). Vale aclarar que durante esta época los movi-mientos migratorios eran comunes. La primera ley de extranjería y naturalización data de 1886 y la primera ley migratoria entró en vigencia a partir de 1908; por lo que los grupos de migrantes antes de esos años no necesitaban más que un pasaporte o un permiso de viaje (Cfr. Serrano, 2010).

Con la llegada de las dictaduras militares en el continente; a par-tir del siglo XX, grandes grupos de perseguidos políticos se refu-giaron en México, no solo en América Latina, también en Europa (Cfr. Meyer, 2010). Los gobiernos que dieron mayor impulso al asilo fueron los de Lázaro Cárdenas de 1934 a 1940 y el de Luis Echeverría de 1970 a 1976 (Cfr. Meyer, 2010). Precisamente, en estos periodos presidenciales se presentan, respectivamente, los ca-sos más relevantes por el número de personas: el de los españoles republicanos asilados durante la guerra civil española y hasta los primeros años de la posguerra, y el de los sudamericanos que llega-ron en los años setenta.

Son incontables los dramáticos testimonios sobre el papel que jugaron los diplomáticos, quienes se constituyeron en auténticos salvadores para quienes se miraban amenazados. En el caso de República Dominicana, durante el gobierno de Trujillo, “dos mil personas del recién formado Partido Socialista Popular se situaron frente a la embajada y “vitorearon a México” y lanzaron mueras al régimen dominicano. Varios documentos más revelan que, pese a

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Convergencias y divergencias

que las solicitudes rebasaban la capacidad de la embajada, se trató de atender a quienes se acercaban en busca de protección” (Salga-do, 2010: 772).

A veces, en los regímenes con mayor represión militar era toda una aventura ingresar a la embajada de México, tal y como nos relata Rogelio de la Fuente (citado por Salgado, 2010: 781), quien entró acompañado de su familia en Uruguay:

“Y salió el cuidador de la embajada y le dijimos: “¡Ábrenos!” Un tipo muy demoroso finalmente abrió la reja y tiró la cadena, rechinó y allí corrieron los policías, los militares, pero ya estába-mos adentro. A mí me alcanzaron a tomar del brazo y me tiro-nearon […] Me dio pánico, varios ataques de pánico y cuando entramos en la embajada estaba mi mujer muy serena. Y ella fue la que reaccionó, le dijo [al cuidador]: “¡Pon la cadena!”, porque los milicos, los militares estaban tirando de mi brazo para afuera. Llegó el funcionario de la Embajada y les dijo: Ya están adentro, ya suéltenlo, porque si los superiores de ustedes saben que a es-tas alturas se les metió una embarazada con un niño de un año, ante sus propias narices, a ustedes les va a ir muy mal, así que es mejor que los suelten y se queden calladitos.”

Algunos perseguidos políticos, al verse rechazados por otras le-gaciones, recurrían a México, tal como consta en el testimonio de Marcelo Abramo (citado por Salgado, 2010: 778), exiliado des-pués del derrocamiento del gobierno de João Goulart en Brasil:

“En la embajada de Chile, el embajador dijo que si yo me que-daba un minuto más en la embajada, él llamaba a la policía militar para que arrestaran (sic.) […] el embajador de Uruguay dijo lo mismo, y fue terrible abandonar las dos embajadas, por-que sabíamos que estaban siendo vigiladas esas dos embajadas, entonces quedaba la alternativa de la embajada de México”.

Por otra parte, los diplomáticos debían estar dispuestos a brindar todo la ayuda posible, inclusive guardar la vida de los asilados, así Rubén Monteodórico (citado por Salgado, 2010: 789) nos dice:

“Subimos los trece, nos acomodaron en la cola del avión y el em-

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Notas en torno a la investigación literaria

bajador subió para contarnos que no hubieran bajado a nadie, que no hubieran secuestrado a nadie”. El personal también debía estar preparado para prestar auxilio a heridos, como pasó con el secreta-rio de la embajada de México en Guatemala, quien debió socorrer al poeta Otto Gonzáles (citado por Salgado, 2010: 774) en 1944 durante la dictadura de Jorge Ubico: “Y todo herido, llegué a la puerta de su casa, toqué y se asustó y [me dijo] te voy a llevar in-mediatamente a la Embajada de México, porque yo llegué a su casa particular, quedaba como a cuatro o cinco cuadras de la embajada y sacó su coche y me llevó y ahí me quedé ya en calidad de asilo…”

La entrada a la embajada no significaba el final del periplo de los exiliados; en ellas debían esperar mientras el salvoconducto era aprobado, lo cual podría tardar un tiempo indefinido y esto significaba, adaptarse a las difíciles condiciones, la presión de los grandes grupos y la incertidumbre de la persecución.

El camino de esta investigación me ha llevado a descubrir la enorme deuda histórica que tiene América Latina y Europa con México. En el caso particular de Centroamérica, muchos procesos de transformación social no hubieran sido posibles sin la relación cercana entre estas naciones. Para Honduras, particularmente, di-versas revoluciones, movimientos obrero-campesinos y las corrien-tes artísticas a los largo del siglo XX llegaron, en parte, gracias a quienes regresaron de México o a quienes, desde el exilio, se organizaron para llevarlas a cabo: Guillén Zelaya y la oposición al régimen de Tiburcio Carías Andino, Medardo Mejía y el ideario sindicalista que originaría la huelga del 54, Clementina Suárez y la vanguardia, Livio Ramírez y los talleres literarios etc.

En el caso de Honduras, los periodos de caos total durante el siglo XIX y XX produjeron grandes migraciones a países de Amé-rica Latina y, en muy raros casos, a Europa. Entre el periodo de 1912 a 1932, las guerras se volvieron más cruentas, debido a la creciente influencia del enclave bananero (Cfr. Barahona. 2005). En esta época se da una relación delicada entre el poder y los inte-lectuales, estos últimos debían “aceptar las reglas establecidas por el

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Estado, entre otras las de no traspasar los límites del nacionalismo romántico y patriótico. Esto significaba que debían abstenerse de proponer cambios para transformar el statu quo o de criticar a los Estados Unidos y las compañías bananeras. Cuando algún intelec-tual intentó franquear tales límites, el Estado actuó drásticamen-te.”(Barahona, 2005:65). Tal fue el caso de Guillén Zelaya.

Para 1933, después de la última y más sangrienta guerra civil, Ti-burcio Carías Andino asumió el poder y estableció una dictadura que, si bien trajo estabilidad, ejerció una fuerte violencia y perse-cución sobre sus opositores hasta su final en 1948 (Cfr. Argueta, 2008). Se popularizó la frase “Encierro, destierro o entierro” para referirse al estilo de gobierno que impuso Carías. Es durante esta época que brillantes intelectuales salen hacia México, en especial, y países de América Central (algunos como Rafael Heliodoro Va-lle ya se habían marchado debido a la pobreza e inestabilidad del medio); entre los más renombrados están Clementina Suárez (no debido a cuestiones políticas sino a su necesidad de viajar), Jacobo Cárcamo, Salatiel Rosales, Abel García Cálix, Félix Canales Salazar, Lorenzo Zelaya y los poetas Jesús y José Castro Blanco, Martín Paz, Claudio Barrera, Rafael Paz Paredes y Alfonso Guillén Zelaya, de quien me ocupo en este trabajo; todo ellos entablaron una relación profunda con la cultura mexicana (Cfr. Santana, 1999).

El caso de Zelaya es un ejemplo claro de cómo México dio asilo a un perseguido político y este, a su vez, desarrolló una intensa vida intelectual y activismo que, a la larga, repercutieron sobre el ideario de sus connacionales. Pero ¿quién es Guillén Zelaya y cuál es su importancia para la literatura de esta región del continente? Alfonso Guillen Zelaya nació en 1887 en Juticalpa, departamento de Olancho en Honduras, fue escritor, canciller en el consulado de Honduras en Nueva York, estudió Derecho y, antes de exiliarse en México, ejerció el periodismo en los diarios El Imparcial de Guatemala, y en los hondureños El Cronista y El Pueblo. Como editorialista, en Honduras, Zelaya dirigió una constante campaña para evitar la guerra civil entre liberales y nacionalistas (los dos par-

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Notas en torno a la investigación literaria

tidos tradicionales en Honduras), realizó un férreo ataque contra las ocupaciones estadounidenses en América Latina y en especial contra el desembarco de “marines”. Además, mantuvo una fuerte oposición en contra de las concesiones a potencias extranjeras y a las empresas transnacionales de frutas (Cfr. Fernández, 2000). Debido a todas estas posiciones, debió partir al exilio cuando Ti-burcio Carías Andino asumió el poder.

En muchos trabajos se hace referencia a la época del Caríato de una manera muy general, sin entrar a detallar (salvo el caso de Clementina Suárez) de cómo se elaboraron complejos discursos de resistencia desde diferentes sectores; Guillén Zelaya es un ejemplo de este último caso. Ya en México, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, Zelaya trabó amistad con Lombardo Toledano, ayudó a los grupos de centroamericanos exiliados a organizarse como una oposición en el extranjero, impartió cursos en la Universidad Obrera y fue analista político en el diario El Popular (Cfr. Fer-nández, 2000). En sus ensayos, se pronuncia sobre la situación en América Central, su apoyo al gobierno de Cárdenas en México, publicó manuales de guerrillas dirigidos a la oposición en Hon-duras y, en la última etapa de su vida, mostró su simpatía con las fuerzas aliadas que combatían en Europa contra el nazismo. El contacto con los intelectuales en México hace que Zelaya pase de ser un liberal de posiciones nacionalistas a un marxista convenci-do sin abandonar su catolicismo; esto se hará notar especialmente en su obra poética, en la que desarrolla temas de un compromiso social mayor.

Con la muerte de Zelaya en 1947, buena parte de su obra se perdió. La viuda, doña Isabel de Zelaya, logró, poco antes de mo-rir, que Medardo Mejía publicara en la revista Ariel, de Honduras, parte de la obra poética y ensayística de su marido; pero se des-conoce qué pasó con la mayoría de los textos no incluidos en esa selección. De algunos de ellos se sabe solo por testimonios, como el del poeta Livio Ramírez, quien tuvo acceso a un archivo perso-nal que se guardaba en la casa de Zelaya y del cual se desconoce su

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destino. Es así que la etapa más prolífica de este autor, entre 1931 a 1947, en su mayoría ha quedado prácticamente inexplorada.

Hasta ahora esta investigación me ha llevado por caminos in-sospechados, las lecturas de los archivos de la policía secreta de Caríato y su contraste con los ensayo de Zelaya me ha conducido a desmitificar a los grupos de resistencia que los exiliados formaron en México, que poseían motivaciones muy diversas como otras organizaciones de este tipo, además de entrever su actuar y su idea-rio; pero también a hacerme una visión clara de las razones que esgrimió la dictadura de Tiburcio Carías y los procedimientos de los que hizo uso para contrarrestar y perseguir a quienes se opo-nían a ella. Falta todavía encontrar el archivo personal de Zelaya, perdido en los años sesenta, y los artículos de sus últimos años de trabajo en el diario El Popular, y de esa manera dirigirme hacia un análisis amplio de la reflexión de Zelaya realizó sobre su condición de exiliado, su lucha contra la dictadura y cómo percibía el México post-revolucionario del sexenio de Cárdenas, esa “primavera que no será avergonzada” como dijo en uno de sus ensayos.

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José Antonio Contreras Mendoza

Interpretación y utilidadde la investigación literaria

Innovación y propuesta son los retos que trae consigo la investi-gación literaria. Todos aquellos que nos hemos sumergido en estas actividades nos habremos dado cuenta de lo vastas que llegan a ser las conclusiones e interpretaciones de los textos. Pero también, de alguna manera, la investigación literaria llega a ser demasiado es-peculativa, inexacta y relativa a lo que cada partícipe de ella quiera decir (y ver). El valor de los productos que en esta actividad se al-canzan parece ser solo comprensible para un grupo selecto que por lo general lo integran los allegados. Lo antes mencionado surgió en pláticas informales que yo tenía con diversas personas conocidas, tanto conocedores de los temas como con personas de alguna ma-nera distanciadas de las letras. ¿Se logrará tener una verdadera inter-pretación del texto? ¿Nos serán útiles los resultados que cada día se generan por los especialistas que, apasionados, encuentran un grial en unas páginas? Estas dos preguntas serán sobre las que fluya el presente escrito, cuyo propósito es mostrar, de manera muy general, mis diversas experiencias que tuve durante el recorrido de mi inves-tigación que dio como producto la tesis para el grado de licenciatura.

Siempre surge la pregunta, para qué se estudia literatura, y todos los que estamos en estas disciplinas hemos respondido de manera rápida “porque me gusta leer”. Respuesta fácil, obvia, pero con un trasfondo interesante, pues requiere una postura y un carácter determinados. Y ya que estamos en gustos, somos más específi-cos: Borges, Dostoievski, José Agustín, Kafka, por decir algunos. Somos impresionados por un autor, un género (o subgénero), un movimiento literario, muchas veces sin saber por qué. Y cuando queremos saber, levantamos el pie para dar el primer paso de la investigación literaria. Fue leer a Juan Carlos Onetti lo que me hizo levantar el pie.

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Convergencias y divergencias

“Onetti es uno de los más grandes escritores de América Latina, casi tan importante para las letras de ese continente como lo fuera Jean-Paul Sartre en la Francia de la época posbélica”. Esto es lo afirmado por Wolfgang A. Luchting en un estudio realizado sobre Los adioses, el cual apareció como parte de la edición que publicara la editorial Bruguera en 1980. Además afirma más adelante que a este mismo autor uruguayo “todo el mundo le teme. Al menos esta es la impresión que me causa la lectura del magro número de estudios, reseñas e intentos de análisis de sus obras”. De esta manera, se reconoce la trascendencia para la literatura del autor de obras como El pozo, El astillero o Juntacadáveres que vinieron a re-plantear el hacer literario en el siglo XX. Justamente Los adioses fue el texto que hizo, que me invitó, a plantearme diversas cuestiones que se relacionan directamente con mi condición de ser humano. Entonces de allí surgió la idea de hacer una investigación en donde el objeto de estudio fuera tanto el texto como mi persona.

El trabajo de investigación tiene por nombre La creación del mundo ficcional en Los adioses de Juan Carlos Onetti. En el cual el término “ficción” fue nuclear para los planteamientos que realicé, pues el mismo apareció en mi mente en la primera lectura y se mantuvo bastante tiempo igual.

El objetivo general fue indagar sobre la construcción de fic-ciones realizadas tanto por el personaje enunciante, al cual se denominó “almacenero”, como por el lector (yo en este caso como experimentador) de la obra Los adioses de Juan Carlos Onetti. A partir del planteamiento anterior, desglosé dos pun-tos que funcionan como objetivos específicos relacionados en-tre sí.-Analizar la forma en la que se construye un universo en el

texto literario. -Estudiar las diversas ficciones construidas en el texto y seña-

lar su relevancia como ilustración del texto.La hipótesis fue la siguiente: en el texto Los adioses de Juan Carlos

Onetti se muestra a la ficción como medio para conocer el mundo.

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Notas en torno a la investigación literaria

Cuando se ha familiarizado con diversos términos, son bastan-tes comunes para aquellos que los manejan, más no para quienes se acercan a ellos por primera vez. Eso fue lo sucedido en varias ocasiones, cuando yo exponía los temas a tratar en el trabajo men-cionado, manejaba conceptos uno tras otro causando confusiones y poca claridad de los mismos hasta que en un momento la doc-tora América Luna me sugirió que, aunque a mí me fuera obvia la existencia, por ejemplo de un tipo de narrador o de espacios específicos, no los dejara de señalar en el contenido de la investi-gación. Por ello, la investigación quedó integrada por dos partes, en la primera se analizó la estructura del texto literario, para que después se notara la funcionalidad de cada uno de los elementos en una articulación de los participantes, principalmente texto y lector.

En la primera parte se observaron los elementos contenidos en Los adioses de Juan Carlos Onetti, que hacen que se denomine como novela. Se mostró su historia, la cual habla sobre un su-jeto que llega a un pueblo para internarse en una clínica, tiene reuniones con dos mujeres y al final se suicida, y se habló de la conformación del discurso que es presentado como recuento de una acción pasada.

También se mencionó que el personaje al que se denominó almacenero, por no mostrar nombre, es el encargado de la voz narradora. Dicho narrador habla sobre el personaje principal, el cual también carece de nombre en la narración y que por lo tanto se denominó como “el enfermo”.

La focalización es distinta a la narración, puesto que esta últi-ma es llevada a cabo por un solo personaje, la primera se realiza en tres: el almacenero, el enfermero y Reina.

Una vez mencionados los aspectos narratológicos de la obra tratada, se pasó a la segunda parte, en donde se habló de la es-trategia utilizada por el autor para que el lector fuera partícipe de la obra. En este caso se mostró una equidad de visión entre el narrador testigo y el lector. Se mencionó que el lector es quien se ficcionalizaba, entrando al plano diegético de la historia del texto.

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Convergencias y divergencias

Más adelante se trató el tema de la ficción y se reconoció que es la manera como entendemos nuestra realidad. Este concepto se de-sarrolla tanto en la vida real como en el texto literario, sin embargo, no se mezclan. Por lo tanto existe una distinción de ficciones, de las cuales el lector no eleva a los personajes en lo “real” sino que él se sumerge en la ficción literaria. Dentro de la ficción literaria, el almacenero (seguido por el lector) construye una ficción. Para llegar a entender los diversos mundos de ficción en los cuales par-ticipan en el texto literario propuse la siguiente gráfica:

Ficción 1 (autor) Ficción 3 (lector) Ficcionalidad texto literario (ficción 2) Lectura

La ficción (uno) es donde se encuentra el autor, el artífice, el cual tiene una comprensión del mundo, está inmerso en un tiempo y en un espacio, rodeado por diversas situaciones, las cuales reco-noce por medio de la conciencia. Por la vía de la ficcionalidad se toman elementos de ese mundo (palabras y situaciones probables) y se lleva parte de ese universo al texto literario, ya con una cons-trucción y ordenamiento de dichos elementos, responsabilidad de él. Así el texto literario pasa a ser algo más que la reconstrucción de una realidad, pues rompe la línea de ella para crear otra totalmente distinta.

La ficción del texto literario es la que tiene contacto con el lec-tor. El escritor se queda atrás con sus visiones de mundo y marca distancia. El lector descifra una segunda ficción, pero no debe de aceptarla como realidad. Así tras la lectura tienen una interpreta-ción del mundo distinta, que lo lleva a su interpretación del mun-do, a su ficción. Separar las tres ficciones es algo muy importante, así evitaremos confusiones en los diversos planos al grado de dar por realidad la existencia de los personajes. Tres ficciones en diver-sos planos diegéticos. Pero, ¿qué no será acaso propósito de Onetti el romper la barrera de estos planos, reflejada en hacer partícipe de la ficción literaria al lector? Si bien existe esta ficcionalización del lector, este deja de lado su propia ficción (1) a lo largo de la lectura,

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Notas en torno a la investigación literaria

así abandona su estancia actual en el mundo real para entrar al “juego” del texto literario para que después vuelva al mundo real para participar en él de otra manera ¿No es acaso esta el efecto estético que persiguen los textos literarios como intención?

Después, se habló de la necesidad de los personajes que descri-ben de enunciar lo que han pensado. Así que tomó relevancia el lenguaje como medio de comunicación, pero además como el que otorga existencia a las cosas. Es a través del lenguaje como aparece la construcción del mundo hecha por cada sujeto. Por ello, lo que menciona el almacenero sobre el enfermo tiene que decirse, ser estructurado por medio de palabras.

Por último, se atribuyó el carácter de subjetivo a la construcción hecha por el almacenero, pues adquiere relevancia su estado de sujeto. Lo mencionado por él es una versión única de los hechos, por lo que lo acepta como verdad. Es por ello su frustración ante el descubrimiento de las cartas donde encuentra la verdad auténtica sobre el enfermo, y el suicidio de este último por lo cual se rompe toda posibilidad de establecer otro tipo de relación con él.

Y ahora, si el oyente interesado en estas afirmaciones realizadas por mí me preguntara, “¿tú, que has invertido tiempo y esfuerzo en encontrar las ideas que ya expusiste, acudiendo a los diversos colegios y bibliotecas de prestigio para encontrar teorías literarias y basándote en ideas de reconocidos investigadores, reconoces si tu trabajo tiene relevancia en la crítica literaria? Difícil ser juez y parte, sin embargo mi deseo fue (y será mientras siga en esto) el de tener un aporte pequeño en un universo de letras que parece no tener fin. Los resultados surgieron de experimentos que recaye-ron principalmente en mi persona, pero también en aquellas que me mostraron sus conclusiones en los diversos textos que consulté. Allí se responde la otra pregunta planteada en un inicio del presen-te escrito, la verdadera interpretación de un texto (en este caso el referido en mi trabajo de tesis) pareciera que se logra por consenso, pero veamos una aseveración presente en las Actas del homenaje a Juan Carlos Onetti celebrado en la Universidad de la República en

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Convergencias y divergencias

Uruguay, en donde Hugo Achugar define la intención en el texto analizado: “El propio Juan Carlos Onetti ha invitado a sus lectores a seguir imaginando `vueltas de tuerca´ finales para la historia del triángulo en Los adioses…” El lector, aunque no sea especialista, dará una interpretación “final” a lo ocurrido, y tiempo después dará otra tal vez distinta o no. El crítico literario deberá de estar atento a esos fenómenos en los cuales de manera inevitable parti-cipa, tanto como objeto de estudio, como estudioso. Eso será la verdadera interpretación literaria.

Fuentes

ONETTI, Juan Carlos (1980). Los adioses, Barcelona, Brugera, .VARIOS (1997). Actas de las jornadas de homenaje a Juan Carlos

Onetti: Montevideo, Departamento de Literaturas Uruguaya y Latinoamericana, Facultad de Humanidades y ciencias de la Educación, Universidad de la República.

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Antonio Carrillo Cerda

La metodología de la investigacióncomo un proceso permanente de autogestión

Hace más de 10 años llegó a mis manos un ejemplar de El cuento hispanoamericano, del neoyorquino Seymour Menton, a través del ingeniero Francisco Chávez Castañeda, quien por aquellos tiem-pos se dio a la humanitaria tarea de educarme en las letras, pese a mi reducida experiencia en la materia.

El poder transformador de la literatura se hizo presente al con-vertirse la mencionada antología en el amuleto que dirigiría el proyecto de educación profesional, que me ha conducido hasta la finalización de la Licenciatura en Letras Latinoamericanas, que ofrece la Universidad Autónoma del Estado de México.

Si hay algo de aquel libro que me gusta recordar y compartir es el sentimiento de frustración y perplejidad que me provocaba su lectura. En especial el cuento “El jardín de los senderos que se bifurcan”, del argentino Jorge Luis Borges. Extrañamente, esas primeras lecturas tormentosas, llenas de dudas y confusión, jamás provocaron en mí aversión o apatía por la literatura, al contrario, con cada acercamiento se iba elevando mi curiosidad, hasta el pun-to de anhelar el nivel de la comprensión. Me refiero a ese espacio de significación textual oculto a los ojos de la mayoría, y por mo-mentos aprehensible para unos cuantos maniáticos.

Lo cierto es que los cuentos de Baldomero Lillo, Tomás Carras-quilla, Esteban Echeverría, Horacio Quiroga, Juan Bosch, Rulfo, etc., me acompañaron durante la preparatoria y, quizá por inercia, me condujeron intelectualmente hasta seleccionar para mi vida profesional una carrera humanística.

Ya inscrito, los semestres se fueron como agua. En algunas asig-naturas la literatura de Borges comenzó a aparecer esporádicamen-te, lo que me permitió observar las diversas reacciones que esta suscita. Diré al caso, que la mayoría giran entorno a dos posturas.

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Convergencias y divergencias

Primera. La admiración inmediata —aunque ingenua— de la belleza de un lenguaje sofisticado, piénsese en “El inmortal” o en

“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, que sirve como marco a las ideas más originales que dio la literatura latinoamericana durante el siglo XX; desde luego me refiero a aquellas que involucran el lenguaje por el lenguaje mismo, el acto de la escritura y los géneros literarios como materia prima para la creación literaria.

Segunda. Otros receptores, lejos de aventurar interpretaciones planas e incurrir en tautologías, propiciaron cuestionamientos acerca de la importancia de otras literaturas: científicas, filosófi-cas y religiosas necesarias, desde una perspectiva complementaria, para llegar a la acertada interpretación de los textos, es decir, el sesgo intertextual como veta de análisis. He de confesar que me instalé, naturalmente, entre ambas posturas no sin premeditación y ventaja. Pues intuía, que los textos borgianos son una invitación a otras literaturas, a otras culturas y a otras visiones de mundo.

Para los estudiantes de Letras Latinoamericanas los tres últimos semestres de la licenciatura son sinónimo de “tesis”. Tras siete pe-riodos de estudios teórico-literarios las asignaturas de Titulación I, II y III, motivan en los dicentes la urgencia de plantearse un proyecto de investigación que les permita aprobar dignamente las materias para hacerse de los créditos “obligatorios”.

Algunos, los más precavidos, aprovechan la asignatura de Titu-lación para iniciar el que será su único proyecto, otros harán “pi-ninos” como antesala de un posterior y más riguroso ejercicio de investigación, esto, según he oído, por considerar que la tesis es

“difícil”. No mentiré, en algún momento yo también lo creí así.Al iniciar el curso, el profesor o profesora de Titulación nos cues-

tiona sobre el material literario y los recursos teóricos que emplea-remos ad libitum para desarrollar el proyecto de investigación, en alguna de sus modalidades: tesis, tesina, memoria o artículo. Aquí es donde empiezan los retos.

Desde luego, la cabeza nos da vueltas mientras tratamos de res-ponder algo que aparente ser “inteligente y original”. En mi caso,

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Notas en torno a la investigación literaria

al menos una cosa sí tenía perfectamente clara: el autor. Sabía des-de siempre que sería la literatura borgiana mi objeto de estudio. Aunque no tenía claro el ángulo, el aspecto, los recursos, el enfo-que y la metodología, esos los vendría a descubrir después. Porque la investigación, ante todo, es un proceso que no puede enseñarse, pero si descubrirse.

Cuando pienso en la “investigación” como concepto la visualizo desde lo etimológico. La palabra “investigación” proviene del latín investigare que a su vez deriva del vocablo vestigium que significa huella o evidencia de. La investigación por tanto supone un rastreo de las huellas que ha dejado una determinada unidad de sentido socialmente estereotipada, es decir un tema.

Cuando en el 2012 tuve a bien definir el tema de mi investiga-ción, que por aquel tiempo era: “El libro infinito de Jorge Luis Borges”, lo hice consciente de que los cuentos que había selec-cionado, “El libro de arena” y “La biblioteca de Babel”, eran de mi completo interés, pues intuí, que si el objeto de investigación me ofrecía, desde el principio, una inagotable fuente de placer no me sería trabajoso, ni tedioso el recorrido que implicaba su conformación. Pero el interés requería, además, un agente poten-cializador, que me permitiera ahondar críticamente en la materia a través del empleo de argumentos y evidencias textuales. Para el caso, ese factor fue la duda y la urgencia de responder las pregun-tas que los textos secretamente me provocaban. Pues intuía un amplio sistema de complejidad inherente a la obra que reclamaba ser explorada.

Importante mencionar que aún con el tema manifiesto no tenía claro lo que pretendía alcanzar. Pues recordaba constantemente las palabras de Einstein, que a su manera definen el concepto de

“investigación”, para mis adentros lo repetía como una especie de himno personal: “Si supiese qué es lo que estoy haciendo, no le llamaría investigación, ¿verdad?”.

Por lógica suponía que si al investigar tenía perfectamente claro que es lo que estaba haciendo y a dónde llegaría, debía tener cui-

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Convergencias y divergencias

dado, porque lo más seguro es que estuviese incurriendo en algún plagio. De modo que ad cautelam me aventuré en lo desconocido.

Tuve la suerte de cursar Titulación I con la doctora Rosario Pérez Bernal, quien organizó para nuestro grupo una visita a las bibliote-cas de la capital del país. Quiero enfatizar que este recorrido fue un factor clave para la adquisición de las competencias de investiga-ción que como novato requería. Porque supuso un alejamiento de la zona de comodidad que son las bibliotecas locales para enfren-tarnos a nuevos espacios académicos, a sistemas de catalogación diferentes a los de la UAEM, y obviamente a un mayor acervo de recursos documentales.

Incluso, en el Colmex tuvimos la oportunidad de consultar los bancos de datos de dicha institución, así como descargar materia-les para nuestras respectivas investigaciones. Cabe mencionar, en cuanto a bases de datos se refiere, que las mejores están cerradas al acceso remoto, lo que dificulta la tarea de los investigadores foráneos. Que existan prestigiosos repositorios de información di-gital es una fortuna, que el acceso a ellos esté condicionado a una inscripción o a un área geográfica, en la era de la educación abierta, es una verdadera tragedia.

El tema de los bancos de datos nos lleva necesariamente al de la mesografía, que ha sido motivo de acaloradas discusio-nes en las universidades del mundo en los últimos años. Afor-tunadamente las conciencias intelectuales iniciaron, más a la fuerza que de buena gana, una migración del analfabetismo digital a la era de la sociedad del conocimiento, lo que exige que las generaciones emergentes desarrollen a la par habilida-des y competencias investigativas eficientes, que les permitan trazar estrategias de selección de recursos digitales, las cuales implican: localización, recolección, verificación, fragmenta-ción y reorganización de los recursos intangibles. Lo anterior, lamentablemente, no se logrará de manera espontánea, ya que depende del mejoramiento del plan de estudios, y la parti-cipación diligente de administradores, profesores y alumnos.

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Notas en torno a la investigación literaria

(A manera de comentario. Me parece increíble, que con todas las tecnologías de la información y de la comunicación orientadas a la educación que están al alcance de nuestras manos, aún haya quien afirme que no hay materiales para la investigación de su proyecto. Si fuera el caso de que positivamente un tema “X” estuviera rodea-do por un desierto o vacío de conocimiento a priori, solo podría significar dos cosas: o el tema es formidablemente ingenuo o el investigador pretende trocar gato por libre.)

Volviendo al tema de las TIC, la súper carretera de la informa-ción ha sido crucial para el desarrollo de mi investigación. Gra-cias a la red he tenido a mi entera disposición la mayoría de las obras del porteño. Además de la existencia del portal web “Borges Center” de la University of Pittsburgh que reúne el pensamiento crítico de decenas de investigadores de amplias credenciales en tres idiomas: inglés, español y francés en un solo portal gratuito. Las temáticas son múltiples y ejemplifican el interés internacional que ha desencadenado la obra borgiana, todas estas incluidas en la re-vista digital Variaciones Borges, que haciendo honor a su nombre aglutina dos veces al año gran variedad de perspectivas literarias.

Posteriormente, al estudiar los documentos que me había apro-piado (hasta ese momento), sentí una honda desilusión por gran parte de los contenidos. Ya que notaba una y otra vez que la ma-yoría de los investigadores se conforman con encajonar la obra del argentino en categorías tendientes a la generalización, con esto quiero decir que a muchos investigadores les gusta abarcar y abar-car pero sus estudios no ayudan a resolver el problema artístico de un texto en específico, creo que esto se debe a la malsana costum-bre de aparentar omnisciencia. Desde luego, acepto que cumplen una noble función documental que suele ser académico-introduc-tiva. Pero en mi caso, preferí olvidarme del método deductivo para favorecer la importancia de lo singular inmanente en favor de una interpretación inductiva, que produjera resultados particulares.

En el mundo de la investigación se habla de la “serendipia”, según esto es un momento en el que el agente investigador es tocado por

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Convergencias y divergencias

la varita mágica del conocimiento y de esta misteriosa forma la ver-dad sobre alguna cuestión le es relevada. Tras un largo viaje a Mé-rida para asistir al X Congreso de Estudiantes de Literatura, mien-tras daba un repaso a mi entrañable antología de cuentos. Topé de nuevo con “El jardín de los senderos”. Había puesto mis ojos en ese texto tantas veces atrás que no reparé en el problema estético que representa su lectura. Lo leí con toda la calma que un viaje de más de 10 horas propicia; al final lo gocé, palabra a palabra. La va-rita mágica de la serendipia me rondaba, las lecturas pasadas auna-das a mi reciente investigación comenzaban a dar frutos. Es cierto lo que dice la gente “la suerte te tiene que encontrar trabajando”.

Al bajar de aquel autobús ya contaba con la pieza que necesitaba para delimitar mi tema de investigación, sería la triada de textos: “El jardín de los senderos”, “El libro de arena” y “La biblioteca de Babel”, los materiales que me permitirían sustentar mi propuesta interpre-tativa. A partir de ese momento, las ideas comenzaron a llover, bajo el título de: “El libro infinito en tres cuentos de Jorge Luis Borges”. Este pequeño pero significativo apretón de turca preparó el terreno para evidenciar una intersección temática entre los tres cuentos, y notar que el asunto en cuestión mutaba de texto a texto provo-cando fluctuaciones de sentido que demandaban ser estudiadas.

En alguna de las belicosas, y no menos estimulantes, conversa-ciones, que sostuve con el profesor Francisco Xavier Solé Zapate-ro respecto de mi investigación, me sugirió concentrarme en los contenidos de cada cuento antes de intentar justificar mi hipótesis. Pese a la obstinación que me caracteriza, atendí las posibilidades significativas de cada texto, signo a signo. Para mi sorpresa luego de un año de relecturas los cuentos todavía tenían mucho qué decir.

De las cualidades de los personajes de “El libro de arena” extraje los valores evolutivos que permiten definir el concepto borgiano de libro infinito. De igual modo, la presencia de los temas: muer-te y vejez emergieron como elementos vinculantes reafirmando la estrecha relación entre los mismos. La estimulante experiencia de compartir los avances de mi investigación me condujo a organizar

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Notas en torno a la investigación literaria

reuniones con otros tesistas cercanos a mí, quienes generaron un diluvio de cuestionamientos que me han dado ocasión de afinar y someter a procesos lógicos algunas de mis premisas. Por ello, considero importante recordar que durante una investigación, la opinión de los expertos así como la de compañeros y amigos es de vital relevancia. El ensimismamiento sin duda ralentiza el proceso de investigación.

Estar abiertos a la crítica y al juicio nos ayuda a no perder el camino, a mantener la mente abierta, a girar el rumbo de nuestra investigación de ser necesario y a mirar a través de los ojos de al-guien más nuestro trabajo.

Finalmente, una vez recolectada la información necesaria, y des-menuzados los cuentos solo faltaba el último y más importante de los pasos de la investigación: el cruce de los datos. Quizá, esta sea la parte donde una porción de nuestro ser se imprime en el texto, cuando mediante el aparato de citación, la argumentación eficaz y la redacción estructurada creamos la interpretación: nuestra visión personal del hecho literario.

Llegado el momento requerí de toda mi creatividad, sí creati-vidad. Suele asociarse el término creatividad más con las artes y la obra plástica que con la investigación, pero es innegable que la selección y combinación de materiales es esencialmente artística y por tanto creativa. En este punto si los elementos interactúan sin roces u oposiciones, cooperativamente y en armonía, se produce la concreción de las ideas. Los elementos divergentes, como la filo-sofía de G. Berkeley, las citas del Fausto de Goethe, los referentes históricos de Occidente y Oriente, la teoría y obra literaria se en-trelazan, para página a página materializar el fruto de años de amor a la literatura y pasión por un autor.

Referencia

Menton, Seymour, (2011). El cuento hispanoamericano, México, Fondo de Cultura Económica.

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Rafael López Ruiz

Mi experienciacomo investigador-alquimista

Hasta hace relativamente muy poco tiempo tenía, digámoslo así, una visión racional del mundo, en palabras de Ken Wilber, una

“color naranja”. Luchaba casi únicamente por el progreso, el éxito, la independencia, el logro, el estatus y la prosperidad. Jugaba para ganar en un mercado competitivo saturado de ideas y de oportu-nidades. El método científico ilustraba la creencia en la separación fundamental entre los dominios subjetivo y objetivo. Creía en la ciencia y la tecnología como la mejor opción para tratar de me-jorar la vida, en el realismo ingenuo que admite la posibilidad de conocer las cosas en su ser verdadero. Digamos, pues, que cumplía mayoritariamente con los estándares del egresado típico de una de las mejores universidades privadas del país. Me había guarda-do dentro de los límites del materialismo, reservado a sueños que pudieran salirse de ellos. “Todo iba perfecto”, creo que como decía su publicidad, estaba “preparado para comerme al mundo”, “por desgracia”, justo cuando estaba por terminar mis estudios en la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Relaciones Inter-nacionales, mi vida cambió drásticamente. Decidí dedicarme al estudio de las humanidades.

La conciencia cósmica emergió gracias a lo que no creo que haya sido un evento fortuito. Hoy creo fervientemente que el hado te da la experiencia más útil para la evolución de tu conciencia, que produce las condiciones más adecuadas para la realización de cada individuo. Como dicen, la pasión da lugar a una conducta espe-cífica que a su vez crea las circunstancias e ideas necesarias para realizar el proceso. Primero es el corazón y luego la mente. Para aprovechar la información se necesita poseer cierto tipo de cono-cimiento que permita asimilarla. Se requiere capacidad intelectual para reconocer y valorar la importancia de lo que aunque fuera por

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suerte nos pueda ocurrir. Se trata de un círculo virtuoso. Seleccio-nará lo que le dé a la conciencia como novedad. Quien conoce está en mejores condiciones de incrementar su conocimiento. La an-gustia ante lo desconocido se apacigua al ordenar, es lo que mueve a conocer. Veo el conocimiento y la investigación como poderosas armas y herramientas para sobrevivir. El conocimiento es útil si re-siste la experiencia y nos capacita para hacer predicciones. Surgen así modelos que predicen como han de suceder las cosas. Las reglas y teorías se revelan como seguras o no según posterior experiencia. Las construcciones y estructuras son juzgadas por cómo sirven al fin elegido. Mi laboratorio personal estaba bien adentro, en mi mente. La alquimia resultó ser la mejor de las metáforas. Convertir un metal barato como el plomo en oro. Era mi espíritu.

A través del acto de narrar y la imaginación vamos perfeccionan-do ecuaciones de causa y efecto. Hay que echar mano de cualquier material, jugar con él en la trama del conocimiento y las hebras del misterio para después asociar y transformar los elementos. De pronto aparece en la conciencia algo que sintetiza, que condensa, asocia, reúne y relaciona dos o mas cosas que antes no se veían vinculadas. Como “poetas” deberíamos ser capaces de descubrir relaciones inauditas. Posibilitar la emergencia del significado, dar sentido a lo que era incomprensible. Nos resulta imperativo hallar una explicación. Producir estructuras. Crucial el caldo de cultivo, la cantidad y calidad de cosas con las que vayamos proveyendo al inconsciente, para después almacenar, combinar. Hay que re-currir a formas de hablar existentes, deformarlas, mal emplearlas y forzarlas a entrar en nuevos esquemas con el fin de ajustarlos a las nuevas situaciones. Se requiere incluso de un mal uso del lenguaje. Extrapolar. Enunciar leyes y hacer inferencias. Inventar todo un sistema coherente que nos soporte, las ideas son nuestra piedra de toque. Todo hasta que surge una ideología que propor-ciona argumentos y crea categorías. Después de un tiempo todo deviene claramente. Hablamos de la capacidad innata de los seres humanos para generar lenguajes, crear, conocer y desarrollar cul-

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Notas en torno a la investigación literaria

turas. De la capacidad de simbolizar y pensar. Claro que es posible proyectar un orden sobre el caos, sobre la complejidad y la riqueza de la naturaleza. Cualquier fenómeno, incluso el más fortuito y el más confuso, cualquier mito, incluso el más extraño y enigmático, puede recibir una explicación. Al vacío y al caos precedentes le sustituye una estructura perceptible. Vamos del desorden al or-den en un movimiento dialecto. Una conciencia puede construir regularidades y orden en un mundo completamente caótico y sin ningún orden. Así di un salto al vacío. Me exigieron un acto de fe.

Eso fue lo que me pasó, el evento que causó que adoptará un nuevo criterio. No es que se cree sino cómo se cree a través de la incorporación de información cada vez más refinada. Preguntán-donos el por qué, poniendo en duda, exigiendo demostraciones, renunciando al por que sí. Tratando de desmontar su gran me-canismo. Solo podemos saber aquello que construimos. El mun-do que experimentamos y llegamos a conocer es necesariamente construido por nosotros a través de nuestra experiencia. Lo que vivimos y experimentamos, lo que conocemos y llegamos a saber, está necesariamente construido con nuestros propios materiales. Forzamos a la naturaleza para que encaje en hipótesis previa-mente concebidas, tan complejas, caóticas, llenas de errores y divertidas como las mentes de quienes las inventaron. Siendo de vital importancia reconocerlo, el que la estructura no puede ser dada por la realidad, a pesar de cualquier esfuerzo, jamás llegará a coincidir. No se puede llegar a una imagen verdadera y certe-ra del mundo, solo podemos limitarnos a indagar e inferir. La realidad no puede ser experimentada ni conocida por nuestra actividad cognoscitiva. Los criterios son creados y elegidos por el sujeto viviente y nunca pueden ser atribuidos a un mundo inde-pendientemente del experimentador. Las llamadas verdades son siempre relativas. Parece no haber nada establecido para siempre. Como en la magia, parece ser todo un acto de prestidigitación. De allí que apostar por una idea fija, defenderla, resulta ingenuo y un gasto de energía. Irónicamente el mundo verdadero se ma-

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Convergencias y divergencias

nifiesta únicamente cuando nuestras construcciones naufragan. Esta es una de las principales enseñanzas de la experiencia y la tradición mística. El cuestionamiento directo a los fundamentos tradicionales del método crítico, a la separación sujeto-objeto y al postulado de objetividad, al materialismo reduccionista del método experimental se le opone la llamada iluminación.

Esta es la visión que empecé a construir gradualmente. Ver al co-nocimiento como un gran océano, siempre en aumento de alterna-tivas a veces incompatibles entre sí. Donde toda teoría nos obliga a una articulación mayor, contribuyendo por medio de procesos competitivos al desarrollo del conocimiento. Ningún punto de vis-ta puede quedar omitido en una explicación que se diga compren-siva. Expertos y profanos, profesionales y diletantes, forzadores de utopías y mentirosos, todos ellos están invitados por Feyerabend a participar en el debate y a contribuir al enriquecimiento de la cultura. Bromear, fantasear, distorsionar, escuchar a quienes en-tienden y a quienes dicen estupideces. La tarea del científico no ha de ser vista como la búsqueda de la verdad, solo como una activi-dad a la que dirige ahora su atención. No existe una sola teoría que concuerde con todos los hechos conocidos de su dominio. Resulta excelente aumentar discrepancias, hacer uso de una multiplicad de teorías. Nuestros esquemas solo moldean nuestra contemplación del mundo y no somos conscientes de sus efectos hasta cuando nos tropezamos con una cosmología completamente diferente, los pre-juicios se descubren por contraste y no por análisis. No podemos descubrirlos desde adentro. Necesitamos de un criterio externo de crítica. Necesitamos construir un medio alternativo completo, necesitamos un mundo soñado para descubrir los rasgos del mun-do “real” en el que creemos habitar. Debemos inventar un nuevo sistema conceptual que mantenga en suspenso provisionalmente al nuestro. Ir hacia atrás para demostrarlo, hasta los supuestos, nuestros axiomas. Una y otra vez buscando la forma de destruir-los, encontrar otro principio más general, más firme que el que se acaba de demoler. Solve et coagula. Las meta-reglas del juego. Salir

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Notas en torno a la investigación literaria

de la línea de razonamiento para observar desde afuera y tratar de destruir. Aceptar la contradicción y paradoja sin minar el edificio. ¡Todo sirve! Esa es la consigna. Introducir siempre otros puntos de vista. Crear una metodología pluralista. Comparar ideas debe intentar mejorar en vez de excluir.

La razón no es el único instrumento para “aprender la realidad”, ya que resulta ser más rica que nuestras más descabelladas fantasías. Muchas ideas parecen contradichas a experiencia de nuestros sen-tidos, incluso para la sensatez. Hemos llegados a los dominios del delirio. La locura. La adquisición de un lenguaje es indispensable, solo ello puede salvar de la psicosis. Por experiencia lo digo. Es bien señalado que la “anti-razón” consciente y militante se expresa a través del arte, en la experiencia estética. El lenguaje y las for-mas retóricas son usadas para expresar los misterios, lo indecible, lo irreductible. Fenómeno del que no es posible hablar, es algo inefable. Las palabras no pueden describir, contener lo absoluto, pero son indispensable para expresar ese absoluto. Incomprensible siempre a quien no la ha vivido existencialmente. A todo esto aho-ra le llamo Discordianismo, me lo enseñó Robert Anton Wilson. Donde el individuo escoge intencionalmente de toda la cultura creada por el hombre un cúmulo de ideas, dentro de la cual cons-truye libremente su propio sistema. Se niega a comprometerse con alguna tradición en específico, jugando especial papel aquello que le da “buena vibra”. Su religión personal puede manufacturarla a su antojo, recurriendo a una gran variedad de materiales reli-giosos y seculares, incluyendo los medios de comunicación, la política, la cultura pop, etc. Los símbolos y las prácticas rituales son construidas y demolidas regularmente. Así se re-encanta el mundo. Se trata más de las cosas que no se conocen aún. El dog-ma está muerto y enterrado junto con todas las ideas fijas. Las categorías sagradas y profanas se licúan a través de un consumo ecléctico. La idea es no creer nada, solo probarlo y ver qué sucede. No son creencias sino fuentes de inspiración. Ver las cosas desde múltiples perspectivas. Cambiar siempre la forma de pensar y ac-

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tuar, cuestionando siempre los supuestos y normas comúnmente aceptadas. Estar siempre abierto a nuevas ideas, balanceándose entre el caos y el orden. Aunque gusten más los propios marcos de referencia, de vez en cuando tener la capacidad de echar un ojo a través del de los demás. Auto-programación, eso es todo. El trickster está jugando reconociendo la ilusión. La marioneta corta sus hilos y luego se anima así misma.

Fuentes de información

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realidad.BUNGE, Mario, Seudociencia e ideología. ATLAN, Henri, Con razón y sin ella. Intercrítica de la ciencia y el

mito.LATOUR, Bruno. La esperanza de Pandora. OUSPENSKY, P. D., Un nuevo modelo del universo. WILBER, Ken. La práctica integral de vida.

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Nereida Alejandra Portillo Dávila

Investigación transdisciplinaria: Jorge Luis Borges

Había tenido la oportunidad de hacer investigación desde las ciencias sociales y desde la psicología humanista; también había husmeado en la histórica polémica del método científico, la cual tuvo como polos opuestos, durante mucho tiempo, a la corriente aristotélica y galileana; no había adquirido, sin embargo, la expe-riencia de la investigación literaria.

He percibido que la realidad nos exige métodos más integrales y menos mutilantes. Esta idea la respalda, por ejemplo, el Pensamiento Complejo propuesto por Edgar Morín, de quien escribiré más ade-lante. Mi primera luz en esta área de búsqueda, la literaria, es Jorge Luis Borges y su obra El Aleph. Este trabajo surgió por la iniciativa de realizar investigaciones transdisciplinarias dentro de la Univer-sidad, con el objetivo de vincular diversas disciplinas académicas.

Al pensar en un autor latinoamericano como Borges asumí que hablaríamos un lenguaje similar; luego pensé que si me gustaba la investigación y la literatura, esta labor me encantaría y así fue, pues el enriquecimiento académico es indudable; pero me gustaría escribir, primero, de las dificultades, que yo llamaré oportunidades de inte-gración, por las que he atravesado en este sendero que apenas inicio: una de ellas, que considero la primordial, es la diferencia del lenguaje. Cuando el director de la investigación sobre El Aleph, el doctor Luis Quintana me pidió que realizara una reseña sobre el cuento de “El muerto”, la hice sobre las relaciones de poder entre los personajes, so-bre el papel de la mujer en el cuento, entre otras cosas; pero no utilicé un lenguaje literario. Ahora sé, afortunadamente y entre otras cosas, que prolepsis significa que el autor adelanta en la primera parte de la historia lo que sucederá después y que el cuento, específicamente

“El muerto”, inicia con el final de la cuestión, es decir, in extrema res. Otra diferencia importante es la visión que se tiene entre las discipli-

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Convergencias y divergencias

nas, por ejemplo entre la humanista y la social, pues los enfoques y objetivos son distintos.

Existe otra cuestión importante en las obras literarias: a diferencia de las obras en ciencias sociales, se debe desligar al personaje, o lo que este haga, del autor; es decir, aunque Borges escribió El Aleph, los cuentos allí escritos tienen un narrador específico que es de quien se debe hablar. Una vez que el autor ha creado un narrador, el narrador habla por sí mismo.

A continuación la interpretación de “El muerto” (uno de los cuen-tos incluidos por Borges en El Aleph):

En este cuento el tema de la ambición llevada hasta sus últimas consecuencias constituye el hilo central que el relato plantea; pero, al mismo tiempo, es el retrato de personajes delictivos que son sacu-didos por los placeres del poder, la dominación y el control. Es una historia de jerarquías. Benjamín Otálora es el protagonista y, desde las primeras líneas, nos enteramos que, como resultado de su coraje y determinación, llega a ser capitán de contrabandistas y luego a morir de un balazo en los confines de Río Grande do Sul. Nos enteramos de esto porque el narrador adelanta los acontecimientos mediante lo que se ha dado en llamar prolepsis, es decir, una forma de conocimiento casi total de los hechos y que se permite compartir con el lector. En este caso, la muerte del personaje será establecida desde el comienzo de la narración. Por lo tanto, este relato comienza por el final en lo que la preceptiva tradicional se ha llamado in extrema res (por el final de la cuestión).

Otálora se nos presenta como un hombre aventurero, libre, insu-bordinado; del mismo modo es un ser absorbido por la necesidad de realizarse personalmente, no importa que sea en el ámbito de lo ilí-cito. Dado que no tiene miedo, se mueve con seguridad, sin espanto, no posee el temor que protege por medio del cálculo. En una pelea callejera, cuando conoce a Azevedo Bandeira, Otálora es atraído por el peligro y allí precisamente, en el peligro no medido, encontrará su muerte. Él se nos dibuja como el estereotipo de intrepidez, de rebeldía añeja.

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Notas en torno a la investigación literaria

Azevedo Bandeira es, dice el narrador, una mezcla de judío, negro e indio. Lleva un bigote negro y, siguiendo su perfil rasposo, tiene una cicatriz que seguramente en su espacio le hace ganar respeto. Es fácil imaginar el poder que ostenta. Cuando Otálora lo conoce es porque Bandeira lo manda llamar. Este tiene gente que le sirve; lo acompa-ña también una mujer, que de tan insignificante, se nos exhibe solo como “una clara y desdeñosa mujer de pelo colorado” (Borges, 2012: 34); no se conoce su nombre, es igual de simple que el resto de la servidumbre o de los trabajadores. Bandeira atrae a Otálora con un puesto dentro de sus negocios, pero antes —y dando a conocer sus habilidades de líder político— le hace algunos cumplidos, “le ofrece una copa de caña, le repite que le está pareciendo un hombre ani-moso” (Borges, 2012: 34). Bandeira es una persona experimentada en sus actividades, un conocedor de las tácticas de persuasión y de humillación.

La mujer de cabello rojo es un personaje rebajado en todo mo-mento. Aparece como una fémina objeto, como un adorno. Es útil como prenda de intercambio. Se nos da a conocer como sumisa, abnegada, inmóvil, mientras el jefe juega con su cabello. En ningún momento habla y da la impresión de cansancio al aparecer en dos momentos a medio vestir y descalza. En la última escena es señalada y violentada.

Otálora conoce la vida de contrabandista y se siente atraído por ella, pero más aún por el poder que puede llegar a tener. Ser un hombre de Bandeira no es suficiente, él quiere poseer más control, él quiere ser Bandeira. No se conforma con ser tropero, quiere ser contrabandista. La necesidad de reconocimiento y su insaciable ambición hacen que Otálora empiece a cruzar fronteras humanas. Ve la vulnerabilidad físi-ca de la persona que lo domina y la posibilidad de adquirir el control le es muy atractiva. El hambre de dominio y la envidia son tan fuertes en Otálora que intenta también tener el mando de las lealtades, las virtudes y los objetos que le pertenecen a Bandeira. La mujer, el caba-llo que brinda una imagen altiva, el guardaespaldas, y sus habilidades persuasivas, son unos ejemplos de lo que Otálora quería tener.

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Ulpiano Suárez, el guardaespaldas, aunque pudiera parecer un ac-tor secundario, emerge como un personaje apasionante en este re-lato. Sus movimientos discretos y leales hacen posible que la figura de su jefe se reafirme, y también le brinda a Bandeira la ocasión de vengarse de quien trataba de usurpar su lugar en todos los sentidos. Suárez midió la ignorancia y falta de experiencia del joven Otálo-ra, pero al mismo tiempo se mantuvo inmóvil en su postura servil.

El novato contrabandista empezó a mandar demasiado, a creer que tenía el control de todas las situaciones, de todo lo que le pertenecía a Bandeira, pero no tomó en cuenta la experiencia con la que se movía el jefe de los delincuentes. Conoció las maneras de trabajar, pero no estuvo al tanto de la forma en la que se construyen las relaciones de poder, de control, de dominación. Fue mayor la ambición que la inteligencia en Otálora y finalmente triunfó la táctica criminal del experimentado Bandeira.

Hasta aquí la interpretación de “El Muerto”. Es impresionante la forma en la que un objeto de estudio, en este caso literario, puede ser analizado desde distintas disciplinas, enfoques y niveles. Esto tiene que ver con una propuesta de análisis. Uno de estos modelos ana-líticos que considero de los más completos es el del “Pensamiento Complejo” propuesto por Edgar Morín. Él asegura que se necesitan nuevos paradigmas para hacer investigación y para ofrecer nuevas explicaciones. Estas explicaciones pueden provenir de distintas disci-plinas y niveles de análisis que van desde lo individual hasta lo plane-tario. Uno de sus objetivos es articular los saberes dispersos, es decir, las diferentes disciplinas académicas. Morín consideraba que el ser humano es al mismo tiempo individuo, sociedad y especie. Es intere-sante como estos dos autores —Borges y Morín— confluyen. Borges escribió de esta manera compleja e integradora. Podemos encontrar en sus cuentos diversos saberes y niveles de realidades. Por su parte Morín navega entre la ciencia y la no ciencia, pues considera que todo es inacabado, el conocimiento mismo es inacabado.

Es evidente que se necesitan incluir otras disciplinas para llegar a explicaciones complejas como lo propone Morín, pero al respecto se

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han hecho importantes investigaciones transdisciplinarias. Por men-cionar algunos ejemplos están las siguientes obras: Borges y los arque-tipos. Interpretación de tres textos de El Aleph según la teoría junguia-na, escrita por Rosario Pérez Bernal. En esta obra se hace un análisis desde la literatura (Borges) y desde la psicología profunda (Jung). Es atractiva la forma en la que se llega a la explicación a partir de los ar-quetipos encontrados en las obras de Borges. Otro ejemplo es Sirena de Tule, un libro de poesía escrito por el sociólogo Jorge Arzate Salga-do. Este libro emergió de una investigación sociológica y fue hecho poesía para hablar del mito en torno a la Tlanchana, un personaje fantástico y de gran importancia entre los habitantes de Toluca y Me-tepec. Como estos, existen muchos otros referentes, lo importante es reconocer que el camino multi y transdisciplinario es un camino que se enriquece y se nutre de lenguajes, explicaciones y complejidades.

En conclusión, este tipo de trabajos donde las distintas disciplinas o saberes se unen, lo único que hacen es enriquecer los análisis y brindan —en el caso de este estudio de Borges— distintos niveles de explicación que van del humanista al social y viceversa.

Bibliografía

BORGES, Jorge Luis (2012) El Aleph. Editorial DEBOLSILLO, México, D.F.

PÉREZ BERNAL, Rosario (2002) Borges y los arquetipos. Interpreta-ción de tres textos de El Aleph según la teoría junguiana. Editorial Plaza y Valdes, México, D.F.

MORÍN, Edgar (1999) Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Editorial Santillana (publicado por la UNESCO), Pa-rís, Francia.

GRINBERG, Miguel, Edgar Morín y el Pensamiento Complejo. Re-cuperado el 20 de octubre del 2013 de: http://www.buap.mx/portal_pprd/work/sites/Direccion_de_Difusion_Cultural/re-sources/PDFContent/613/Complementario%201-Pensamien-to%20complejo.pdf

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Mónica Aidé Cruz Sánchez

Una fenomenología del lenguaje en HusserlUn rastreo hacia la fundamentación de la Fenomenología del

Lenguaje en la obra Investigaciones lógicas

AntecedentesEl lenguaje se ha establecido como un problema filosófico desde

la época de la antigua Grecia, basta recordar el diálogo de Platón en donde se encuentra Sócrates conversando con Crátilo y Her-mógenes respecto a la exactitud de los nombres. En dicho diálogo reconocemos las dos primeras grandes posturas sobre el lenguaje: la teoría del nominalismo y la teoría del convencionalismo; a la primera le corresponde Crátilo, el cual postula que los nombres deben ser precisos por naturaleza, frente a la segunda tenemos a Hermógenes quien sostiene que la exactitud de los nombres de-pende únicamente de pacto, consenso y hábito. Mientras, Sócrates no corresponde con ninguna de las posturas, ya que se empeña en desacreditar al lenguaje como medio de acceso a la realidad, para él el lenguaje comparte similitud con las artes imitativas, cuya di-ferencia es que su último fin radica en la esencia de las cosas. No debemos perder de vista que este diálogo platónico no se realiza una conclusión tajante, al contrario la pregunta por el lenguaje queda acompañada por la cuestión de la esencia última de las cosas, esas cosas a las que identificamos como palabras.

Lo que este trabajo pretende alumbrar es precisamente esa bús-queda de la esencia última de las palabras, en esta ocasión bajo el cobijo de Edmund Husserl, filósofo alemán fundador de la fe-nomenología como una filosofía de las esencias de las vivencias. Conviene traer a la memoria que Husserl comienza su obra con la cuestión sobre la auténtica noción del número con la pretensión de fundamentar una noción epistemológica valida; es en el año de 1901 cuando sale a la luz Investigaciones lógicas, obra que no solo representa la revelación de la Fenomenología, sino que ade-más presenta un amplio y riguroso estudio sobre el problema de la

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Convergencias y divergencias

significación, con el objeto de exponer una idealidad del lenguaje en aras de una lógica pura.

La fenomenología se presenta en esta obra como una ciencia ca-paz de fundamentar a todas las demás ciencias, puesto que se en-carga de comprender la esencia última a partir de las vivencias en tanto intencionalidad de la conciencia, es decir, la intencionalidad en Husserl señala la propiedad de la conciencia para referirse a algo externo en la vivencia. Dentro de la conciencia es indispensable la intencionalidad, pues es solo esta la que aprehende al referente, las vivencias en toda ocasión se refieren al exterior, pues en el exterior son indicados los objetos y los sucesos, que son objetos intencio-nales —actos—, aquellos que la conciencia percibe y significa. Lo que nos lleva a la contemplación del mundo bajo dos conceptos: noesis (acto intencional de intelección) como la conciencia y noe-ma (pensamiento como contenido objetivo del pensar) como el objeto físico, unidos precisamente por labor del conocimiento, es decir que:

Las expresiones y sus intenciones comunicativas se miden […] en el nexo del pensar y del conocimiento no solo por las intui-ciones —me refiero a los fenómenos de la sensibilidad externa e interna —, sino también por las distintas formas intelectuales, por las cuales los objetos meramente intuidos se convierten en objetos definidos con arreglo al entendimiento y referidos unos con otros.

Es en este punto donde Husserl se detendrá a considerar el papel del lenguaje como mediador entre noesis y noema, abriendo paso al concepto de significación, como acto intencional de la concien-cia hacia la realidad, allí donde la conciencia hace de la realidad algo que significar.

Enunciado problemáticoEl presente trabajo de investigación tiene como objetivo exa-

minar el aporte filosófico de Edmund Husserl a través de la pro-puesta expuesta en la obra Investigaciones lógicas (Logish Untersu-chungen), publicada en 1901.

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Notas en torno a la investigación literaria

Este examen plantea exponer cómo se desarrolla el problema de la significación de los signos, a partir de la intencionalidad de la conciencia como fundamento esencial de la significación.

De esta manera, esta investigación se delimita en Investigaciones lógicas, donde se expone el primer acercamiento que Husserl con-templa respecto al problema de la significación; se ve al lenguaje desde la fenomenología, es decir, se encontrará a la expresión lingüística como objeto de estudio de la fenomenología puesto que en Investigaciones Lógicas Husserl desarrolla una conceptua-lización lógica del signo y de la significación, con el propósito de esclarecer la esencia última del signo, del cual se deduce la expresión como un signo significativo, el cual la contiene como consecuencia de una conciencia intencional adquirida desde una vivencia. Pretendo realizar un aporte al estudio del lenguaje des-de una visión fenomenológica.

La preocupación de la fenomenología sobre la esencia última o la primera noción evidentemente toma en cuenta, y con com-pleta seriedad, a las vivencias, que, como ya mencioné, son fenó-menos de la experiencia consciente e interna. Estos comienzan necesariamente en el discurso lógico, en el lenguaje. Es a través del estudio del lenguaje, con sus objetos (proposiciones), que la lógica trabaja con claridad y evita las distorsiones. La fenomeno-logía del lenguaje no se reduce a una gramática.

El lenguaje no se queda limitado a ser solo una herramienta que permite al hombre expresar sus pensamientos a otros que sean capaces de entenderlos, existen aspectos psíquicos en el lenguaje que coexisten ante su formación; recordemos a dos co-rrientes base del estudio del lenguaje: la Filosofía Analítica y la Lingüística.

La Filosofía Analítica presenta estudios delimitados finamente por los objetos de la lógica, las proposiciones apofánticas. Esta corriente filosófica nos presenta una forma de estudiar al len-guaje clara, argumentativa y completamente rígida, donde el lenguaje se torna sistemático y descriptivo; entre sus principales

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representantes encontramos a Gottlob Frege, Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein; de ellos podemos rescatar que el lenguaje y la realidad comparten exactamente la misma estructura, lo que concluye con una perfección del lenguaje, ya que se limita a des-cribir al mundo de una manera precisa y concreta.

La Lingüística presenta estudios enfocados al lenguaje en su uso cotidiano y espontáneo, ya que se encarga de delimitarlo por medio de su carácter histórico y semiótico; entre sus principales representantes encontramos a Noam Chomsky y Ferdinand de Saussure, de los que podemos rescatar su concepción de lenguaje como un sistema que tiene un uso práctico, utiliza al signo lin-güístico para reconocer el papel del significado y del significante.

La Filosofía Analítica tiene como fin el estudio del lenguaje por medio de la lógica, la Lingüística convierte al lenguaje como su principal objeto de estudio a través de la lengua y el habla. La Fenomenología del Lenguaje se detendrá frente estas dos grandes corrientes para proponer una estructura lógica, la cual se moldee a las significaciones. Para Husserl la lógica debe ser concebida como una “analítica formal de la verdad a una teoría de la verdad en general […] que no es otra cosa que la fenomenología misma”. Esto indica la necesidad de convertir al análisis subjetivo en una elucidación última de unidad teorética, tomando como base a la lógica pura.

Es cierto que en el lenguaje se hace presente una construcción que conlleva no solo la historia de un pueblo, sino también una historia personal; esta construcción no es más que el conglome-rado de complejos, cada hombre tiene un lenguaje propio y dis-tinto al de los demás y esto es porque cada uno elabora, como ser intencional, sus propios signos y significados.

JustificaciónContinuando con lo anterior, el interés de este trabajo se en-

cuentra centrado en la objetividad del lenguaje que, en Investiga-ciones Lógicas, Husserl intenta conformar. Dicha objetividad del

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Notas en torno a la investigación literaria

lenguaje por nada debe ser confundida con una objetividad positiva, sino como la intelección de la esencia de los modos cognoscitivos, que entran en juego cuando se llevan a cabo esas proposiciones y se les da esas aplicaciones idealmente posibles; así como también a la intelección de los actos que dan sentido y validez a objetivos, actos que conformemente a la esencia se constituyen con dichos modos cognoscitivos.

La objetividad se verá sustentada en la significación fenome-nológica, cuestión completamente ligada a un examen crítico de la esencia del lenguaje por medio de los signos y significa-dos.

El signo es aquello que produce en el entendimiento una idea de algo, los signos no solo requieren atrapar la atención de un ser pensante, necesitan verterla hacia un objeto distinto. El signo en toda ocasión hace referencia a una serie de fenóme-nos psíquicos, lo que quiere decir que a cada imagen le corres-ponde otra. Sin embargo, afirmar que el lenguaje es solo una convención de un sistema ordenado de signos no puede estar más alejado de la realidad. En la fenomenología husserliana es latente la distinción entre los signos simples o indicativos y los signos complejos o significativos.

El signo indicativo es simplemente una señal de algo para un ser pensante, esta señal cumple con las características para colocarse como función intelectiva, se limita a mostrar algo.

Pensemos en un lenguaje idealmente lógico cuyo funcio-namiento se limite al uso de los signos indicativos, es decir, que se apegue con necedad a designar un término frente a un concepto, sin oportunidad de equivocidad, tal como lo propo-ne la Filosofía Analítica. El lenguaje se reduciría a un rígido instrumento lógico, perdería en el proceso la subjetividad hu-mana que lo caracteriza. Incluso reduciríamos la función del lenguaje a un simple designar y señalar, nombrar. En el signo indicativo cumple con dos pasos, primero atrae la atención, después la repele.

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Convergencias y divergencias

*De esta manera, Husserl entiende que “Los signos [indicativos]

no expresan nada, a no ser que además de la función indicativa, cumplan con una función significativa”

Un ejemplo que me parece pertinente es una escena de Cien años de soledad, de García Márquez, cuando en Macondo se sufría de una epidemia de insomnio cuya consecuencia a largo plazo era la pérdida de la memoria; el pueblo recurrió entonces a elaborar letreros donde indicaban el nombre de cada objeto para no olvidar cómo se llamaban. En la mesa, colocaban un letrero que decía “mesa”; así ocurrió con cada cosa. Después de transcurrir más tiempo se olvidaron de la función de los objetos y se elaboran otros letreros, pero esta vez indicaban la función que cumplía cada objeto: “la mesa es donde se sirve la comida.” Al decir que la palabra mesa señala al objeto mesa, encontramos a los signos indicativos, mientras que otorgarle al signo mesa la propiedad de ser el lugar donde se sirve la comida, lo convierte en un signo de significación.

El signo significativo no es simplemente una señal de algo para un ser pensante, sin embargo, el significar siempre está unido con cierta proporción de señal, “todo signo es signo de algo; pero no todo signo tiene una significación, un “sentido”, que esté “ex-presado” por el signo” . En este caso los signos significativos se refieren a demostrar algo, consecuencia propia de la auténtica deducción, fundamentación y reflexión.

*Las palabras tienen el rol más importante en el lenguaje, pero

no deben ser consideradas como signos, ya que en el uso de las palabras, estas no se separan nunca de su significación, lo que quiere decir que las palabras no son consideradas como objetos, sino como significación. Un ejemplo es la oración “la casa es llana”, no obtenemos como interpretación que la palabra casa es palabra llana, antes entenderemos que la casa es de un solo piso.

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Notas en torno a la investigación literaria

Dentro de la fenomenología se puede resumir que uno efec-tivamente percibe el signo y así piensa en otra cosa, por lo que siempre cumple un lugar bivalente, lo que el signo es como tal y lo que es señalado por el signo, mientras que en la significación la palabra se hace solo un medio de entendimiento de dicha sig-nificación.

Hasta el momento hemos aludido a un esbozo de lo que es la significación, sin embargo, la esencia propia de la significa-ción no se encuentra en la vivencia que otorga la significación, sino que radica en su contenido, un contenido de la vivencia de significación en sentido ideal, es decir, una vivencia contempla contenidos y “a estos pertenecen, […] los elementos sensibles de la vivencia, los fenómenos verbales en sus contenidos puramente visuales, acústicos, motores y así mismo los actos de la interpreta-ción objetiva, que ordena las palabras en espacio y tiempo (sic)”. El contenido de las vivencias es continuamente cambiante de hombre a hombre, e incluso cambia conforme al estado anímico de un mismo hombre. Cuando escuchamos una palabra compar-timos una referencia, pero esta referencia se encuentra envuelta en una intención significativa individual, lo que nos dice que frente a la palabra manzana, todos recurramos a una fruta, cada una completamente diferente a las demás representaciones men-tales de manzana. Esto es el contenido fenomenológico de una vivencia de significación.

Posición del discursoDesde la perspectiva fenomenológica, Husserl en Investigacio-

nes lógicas presenta un aporte específico para acercarse al lenguaje. La fenomenología debe colocar un elemento en común frente a los elementos variables de contenido en una significación, con esto se pretende acercar a la esencia aquel carácter que permane-ce siempre igual, la significación. La idealidad de la significación no se presenta en un sentido normativo, lo que pretende es elegir la convicción teorética por encima de lo subjetivo, ya que este

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es el camino ideal hacia la fundamentación de la comprensión lógica.

En este punto es necesario señalar el carácter metódico de la fenomenología, así como rescatar la seriedad al considerar a las vivencias fenómenos de la experiencia interna, y su origen en el lenguaje. El quehacer de una fenomenología del lenguaje es po-ner entre paréntesis al mundo exterior e interior, para dedicarse al más puro empirismo; aquel que busca las esencias desde la ex-periencia interna, dentro de cada fenómeno. No está de más de-signar la diferencia entre la fenomenología del lenguaje y la lin-güística, la primera ve al lenguaje como una realidad del presente, tal y como es en su uso normal, mientras que la segunda observa al lenguaje desde su devenir histórico. En resumen, para Husserl el “significar es fundamentalmente un ‘apuntar’, un ‘dirigirse a’ un objeto o situación objetiva.” Este significar solo se encuentra realizado cuando se está concluido un acercamiento fenomenoló-gico y se mantiene presente un ideal de la significación.

Objetivos

Objetivo General

Establecer las bases de la Fenomenología del Lenguaje a partir del estudio de los conceptos signo y significación en Investigacio-nes lógicas, de Edmund Husserl.

Objetivos Específicos

Esbozar el término Fenomenología en Investigaciones Lógicas.Definir al signo y a la significación como elementos lingüísti-

cos desde la Fenomenología.Forjar a la Fenomenología como estudio del lenguaje

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Notas en torno a la investigación literaria

Temario tentativo

Capítulo 1. Fenomenología1.1 ¿Qué es la fenomenología?1.1.1 Husserl, vida y obra.Se abordará el contexto en el que Husserl desarrolló su trabajo

filosófico, así como se enumerará un breve resumen de sus obras.1.1.2 Investigaciones lógicas.Se explicará el contenido general del texto.1.1.3 El concepto de fenomenología en Investigaciones lógicasSe delimitará cuál es el concepto específico de la fenomenolo-

gía que Husserl propone en el texto.

Capítulo 2. Signo y significación. 2.1 Signo.Se desarrollará detenidamente qué es el signo, los tipos de sig-

nos y la importancia del signo para la fenomenología en el texto base.

2.2 Significación.Se desplegará detalladamente qué es la significación y cuál es su

rol dentro la fenomenología.

Capítulo 3. La Fenomenología del Lenguaje como aporte lin-güístico.

3.1 Definición de la Fenomenología del LenguajeA partir de los conceptos desarrollados se explicará cómo la

fenomenología se presenta como un análisis lingüístico.3.2 Aportes de la Fenomenología del Lenguaje.Se enunciarán las principales contribuciones de la fenomenolo-

gía hacia el estudio del lenguaje.

Conclusiones

Bibliografía

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Convergencias y divergencias

Bibliografía

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Fernando Pliego

El mito de Prometeo en la tragedia griega

“La tragedia griega es más bien expresiónde un sufrimiento que de una acción.” (Jaeger, 2012: 243)

Analizaré este mito y, mediante citas apropiadas, fundamentaré mis afirmaciones. El mito prometeico alude a la cultura y al cam-bio que produce esta en los hombres de modo semejante al fuego, el cual facilita procesos domésticos y laborales de manera eficaz; el fuego ha llegado a ser considerado un elemento imprescindible para la mayoría de los humanos. Carecer de cultura habría ensan-chado aún más la diferencia entre hombres y dioses. Esta fue una consideración que a Zeus le pareció apropiada, lo cual lo demues-tra con la furia de su reacción dirigida a Prometeo, quien a pesar de sus designios entregó a los futuros humanos el fuego.

“La ilustración de todos los tiempos ha soñado con la victoria del conocimiento y el arte contra las fuerzas internas y externas enemi-gas del hombre. “ (Jaeger, 2013: 245)

En el mito hesíodico, Zeus, que muestra un trato despectivo a los hombres, y particularmente a las mujeres, con una misógina alusión al origen de muchos problemas que sitúa en la figura de Pandora, trata de imponer su poder en una manera tiránica; a con-tinuación hablaremos de ello.“Hijo de Japeto, que más que todos eres taimado, te alegras por

haber hurtado el fuego y burlado mi mente, para ti mismo gran pena y para los hombres futuros; a ellos, a cambio del fuego, yo donaré un mal, de que todos se alegrarán en el alma, rodeando su mal de cariño.” (Hesíodo, 2012: 2)

El infractor Prometeo, capaz de analizar su situación presente y de elaborar discursos en los cuales manifiesta a qué grado ha llegado la injusticia divina que opera en perjuicio de los hombres, es visto por Esquilo de una manera diferente al enfoque que le había dado Hesíodo.

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“Sus elocuentes discursos son magníficos argumentos para jus-tificar su conducta. Nos demuestra que su triunfante adversario, Zeus, no pasa de un ingrato y, como todo tirano joven abusa de su poder.”(Bowra, 2005: 68)

Considera en un principio Zeus, que los hombres pueden pasar por alto la necesidad del fuego cultural, que incluso puede ser visto como fuente de pesadumbre por algunas personas; muchas veces la estupidez deriva en una simplista felicidad basada en placeres físi-cos y mundanos que se contrapone a la intencionalidad perceptual de aquel que está decidido a desarrollarse intelectualmente. “En tanto que el hombre corriente acepta sin consideraciones

ulteriores su modo de vida y la importancia de sus experiencias personales y pequeñas luchas cotidianas, se suele decir que el in-vestigador o filósofo social debe examinar las cosas desde un plano más elevado.” (Popper, 2010: 23)

Se trata en Prometeo encadenado de la existencia de un Zeus que se opone a entregar el fuego a los humanos y de un Prometeo que busca que los hombres se superen; esta superación se podrá alcanzar mediante el fuego que influirá notablemente en el desa-rrollo cultural, agudizando la razón y permeando en la existencia y el modo de ser de cada uno de los individuos. Axiológicamente puede resultar mejor opción la segunda postura debido precisa-mente al valor de la libertad y a la calidad del servicio que alcanza a otorgar un ser ilustrado durante su existencia.“Prometeo es la personificación del espíritu, que acepta el sufrimien-

to a cambio del bien que puede hacer y su orgullo indomable, en vez de alejarlo, nos lo hace todavía más simpático.” (Bowra, 2005: 68)

En una sociedad opresora, como la que puede encontrarse en algunas partes del mundo actual, resultaría necesaria una figura, un caudillo capaz de introducir o de invitar a la gente a descubrir mundos más profundos, en los que se requiera un mayor criterio y una más amplia consideración de lo que es su existir. Alcanzar mo-mentáneamente una humanidad es algo que tiene opositores. Es lamentable, pero tiranos como aquel joven Zeus molesto castigan

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Notas en torno a la investigación literaria

a Prometeos que pasan el fuego de las elites intelectuales al demos. En ocasiones, en la historia ha habido superaciones de ese tipo de gobiernos o de influencias, debido a la necesidad de progresar, o a la maduración del pueblo y de sus propios dirigentes, quienes pueden reconocer el verdadero potencial de sus gobernados.“Ío. –¿Quién le despojará del tiránico cetro?Prometeo. –Él a si propio, con sus desatentadas resoluciones.”

(Esquilo 2012: 26)No basta con atribuirle la culpa tan abruptamente a los superio-

res, se debe considerar a cada individuo como dueño de un destino, que es el suyo, y del manejo de un tiempo y de unas circunstancias ajenas a cualquier tipo de influencia externa que constituyen lo más intimo de su ser, estas, se ha visto a lo largo de las distintas épocas, superando las limitaciones sociales que pueda tener la persona en cuestión, derivan en un prácticamente innato afán o una tendencia a la cultura, a la obtención de nuevos conocimientos y a un deseo de plasmarlos de manera perecedera o trascendente. Sería más fácil para la gran mayoría dar con esto si tuvieran recursos, no precisamente económicos o sociales, la obtención de una idea de cultura llega a bastar; pero el móvil no siempre será capaz de llegar a ellos. El fuego del mito es un ejemplo de móvil como puede haber tantos.

Cada vez que Prometeo pierde su hígado, este se vuelve a rege-nerar; tal hecho nos puede mostrar el continuo vaivén al que está sujeto el tránsito mortal por la vida, en el que se ven comprometi-dos los potenciales físicos y espirituales de los individuos, pero ha-llamos rasgos compartidos que dan valor a las personas más allá de las condiciones en que se encuentren o que les hayan impuesto; es así que se descubre cómo siguen siendo personas en el amplio sen-tido del término; sostenemos que no se puede dejar de ser humano aunque se pierda la humanidad; esta se vuelve a regenerar, pero de manera inconsciente en algunos casos, ya que de otro modo haría tiempo que los humanos habrían dejado de existir.“OCÉANO. –¿No conoces, pues, Prometeo, que las razones son

médicos del ánimo enfermo?” (Esquilo, 2012: 16)

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Convergencias y divergencias

Los castigos externos impuestos a la disidencia han sido de lo más variado, antaño se usaron métodos sanguinarios que busca-ban acrecentar el dolor físico para mitigar el placer intelectual, y mostrar ejemplos a la sociedad atemorizada mediante magullones y atropellos, todo cometido por vías indirectas o directas por aque-llos que ostentan el poder. ¿Hay quien pueda encontrar soluciones a esta problemática? Al referirme a soluciones, trato de implicar una esperanza, en la que los intereses que se vean comprometidos, puedan llegar a acuerdos en los que haya igualdad y consideración por el prójimo, ya que el mundo puede ser injusto por naturaleza; la tragedia griega descubría en estas injusticias al destino, y a la condición humana, que era símbolo de dolor.“En el Prometeo, el dolor se convierte en el signo específico del

género humano.” (Jaeger, 2012: 244)Sobre los castigos internos, está por ejemplo la demeritación de

las facultades personales, resultando en un alejamiento a la interio-ridad, derivando en una perplejidad errática e incompatible con lo que llega a ofrecer al mundo debido al estrechamiento de perspec-tivas. El ejemplo citado antes, es la relativamente feliz simplicidad hallada en la reducción a la dimensión estrictamente física, que evita tratar cosas ajenas a lo inmediato, para evitar lo que con-sideran sufrimiento o porque resulta engorroso. Se puede acha-car en principio estos estilos de vida a la sociedad mal conducida, afectada lejos de beneficiada por un entorno que debieron haberse propuesto mejorar instituciones gubernamentales y familiares en cualquier parte del globo.

Es destacable la conducta de Creonte en Antígona, cuando por su necedad y al uso implacable que hace de su poder, resulta muer-ta su familia; cuanto dolor puede ser evitado si se obra con justicia, virtud propia de gobernantes de buena voluntad. Zeus tal vez no se haya visto afectado directamente, pero sí lo hubiera sido de ha-ber hecho caso omiso a la advertencia de Prometeo, aquella que predijo lo que pudo haber derivado en su ruina debido a un hijo propio.

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Notas en torno a la investigación literaria

“PROMETEO. – Ten por cierto que no trocaría mi desdicha por tu servil oficio; que juzgo por mejor servir a esta roca que no ser dócil mensajero de Zeus tu padre. Así es razón que con ultrajes se responda a quien nos ultraja.” (Esquilo, 2012: 32)

En cada ocasión en que se acomete contra la estupidez popular, se hiere a la tiranía, ya que, sin detenernos en idealizaciones utó-picas, o vanas elucubraciones hegemónicas de perfiles preestable-cidos, se encuentra el desarrollo que trasciende los sentidos y que sensibiliza a una cultura, y acorde con lo demostrado histórica-mente, se resuelve como ilustración, como un fuego que calienta la mente y la hace llegar a lugares inesperados, llenos de posibilidades, tratando de alejarse de limitaciones de orden mediocre.

El poeta Hesíodo, se muestra como un campesino sumiso ante los dioses, quienes de manera opresiva pueden imponer su poder a los humanos negándoles o permitiéndoles lo que consideren ellos pertinente, el Prometeo esquiliano logra hacer reflexionar a los humanos su falta de culpa, al no haber sido creados siquiera, y la inevitabilidad del dolor propenso a mostrarse en la vida de cual-quier mortal.“Para Hesíodo fue simplemente el malhechor castigado por el

crimen de haber robado el fuego de Zeus. En este hecho descubrió Esquilo, con la fuerza de una fantasía que no es posible que los si-glos honren y admiren nunca de un modo suficiente, el germen de un símbolo humano imperecedero: Prometeo es el que trae la luz a la humanidad doliente. El fuego, esta fuerza divina, se convierte en el símbolo sensible de la cultura.” (Jaeger, 2012: 244)

Es incuestionable la brecha entre hombres y dioses en la mitolo-gía griega, no hay razón para sentirse mal por ser inferiores y tratar de ensanchar más esta diferencia si no se desea mejorar como per-sona, la idea de dios tiene que ver con la idea de ser; en la medida en que nuestro dios sea, será nuestro acercamiento al mundo, ya que lo que abarca la idea religiosa no se basa en una mera imagen del mundo (Kerényi, 2009: 37), sino en una incuestionable verdad religiosa basada en el dogmatismo. Cada vez que se reconoce lo

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Convergencias y divergencias

que la religión es para cada quien, no se debe olvidar a los inte-lectuales que se han ido buscando a la verdad, o a su interioridad, porque ellos continúan siendo personas. Tampoco se trata de hacer distinciones cualitativas entre los que están sumidos en la comodi-dad de la idiotez y los que tratan de salir de ella, y los que se dan cuenta que nunca podrán dejar de serlo, porque cada planteamien-to tiene sus razones de ser, pero se debería dejar la oportunidad a cada quien de elegir como vivir tomando en cuenta multitud de consideraciones, no es justa la vida que llega a definir las cosas con dolor, penosas serán las quejas ante cualquier exigencia.

La tragedia se va a los extremos, no tiene un sentido directa-mente didáctico o ilustrativo tan solo, a pesar de que puede ser alcanzado por el hombre tras la reflexión. Con la tragedia se trata de aprehender una idea de lo que es el hombre recurriendo al trá-gico tema del dolor que nos une. Nos somos seres individuales, marchamos colectivamente hacia la perdición.

BibliografíaESQUILO (2012). Tragedias completa, Bogotá, PanamericanaBOWRA, C.M., (2005). Historia de la literatura griega, México,

FCEJAEGER, W., (2012). Paideia: los ideales de la cultura griega, Mé-

xico, FCEKERÉNYi, K. (2011). Prometeo. Interpretación griega de la existen-

cia humana. Madrid, Sexto piso KERÉNYI, K. (2009) La religión antigua. Barcelona, HerderHESÍODO (2012). Teogonía (P. Vianello de Córdoba trad.). D.F.,

UNAM_________ (2012). Los trabajos y los días. (P. Vianello de Córdoba

trad.). México, UNAMPopper, K. (2010). La sociedad abierta y sus enemigos. México, Pai-

dósSófocles (1971) Áyax Antígona Edipo rey, Navarra, Salvat

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Jimena Arias Ayala

La teogonía

La teogonía de Hesíodo explica la historia de los dioses, sus des-cendencias y varios aspectos que dan explicación de cosas divinas, originando así una teoría creacionista, mencionando varios perso-najes míticos de la antigua Grecia.

Para esto destaco a los siguientes personajes, que no solo son parte de la mitología, sino además parte importante de historias míticas, como son La Ilíada y La Odisea, me refiero a las musas.

Musas: Divinales cantoras. Son las nueve hijas de Zeus y Memo-ria. (Vernant, 2008: 204)

Cada una de las nueve musas poseía un talento el cual desarro-llaban, y eran invocadas para cada uno de los aspectos requeridos.

He aquí lo que cantaban las musas, que tienen moradas olímpi-cas, las nueve hijas engendradas por el gran Zeus: Clío Euterpe, y Talía, y Melpómene, y Terpsícore, y Erato, y Polimnia, y Urania, y Calíope, que descuella entre todas las demás, porque acompaña a los reyes venerables. (Hesíodo, 2010: 4)

La epopeya, tiene una característica muy importante, que siem-pre comienza con una invocación, y en la mitología griega es co-mún encontrarse con ellas.

Háblame, Musa de aquel varón de multiforme ingenio que des-pués de destruir Troya, anduvo peligrando larguísimo tiempo… (Homero, 1988: 17)

Aquí vemos como el autor invoca a Calíope, ya que ella es la musa del poema épico.

! Oh musas, oh altos genios, ayudadme!¡Oh memoria que apunta lo que vi,ahora se verá tu auténtica nobleza!(Dante, La Divina Comedia, Infierno II)

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Convergencias y divergencias

En un caso diferente y hablando de la literatura de la era me-dieval, Dante llama a todas las musas, para que lo ayuden con sus divinos talentos.

Ellas, cumplen una función indispensable, en la literatura anti-gua ya que los autores solo eran sus voces para contar las historias. Se les rendía culto en muchas partes de Grecia.

Destaca aquí, el papel femenino, llenándolas de dotes intelec-tuales, indispensables para la tradición oral de aquella época, he aquí una muestra de que la mujer que es menos valorada en la antigua Grecia tiene un puesto realmente importante que destacar, poseyendo conocimientos avanzados, incluso me atrevería a decir más que los dioses.

Cuando las hijas del gran Zeus quieren honrar a uno de entre ellos, en cuanto ven venir la luz uno de esos reyes criados por Zeus, le destilan en la lengua un delicado rocío, y las palabras fluyen suaves en su boca (Hesíodo, 2010: 5).

El término musa en la actualidad, es tomado para representar la inspiración sobre todo en los escritores.

¡Y dichoso aquel que ama a las musas! De su boca fluye una voz dulce. (Hesíodo, 2010: 5)

Para llegar a la primera conclusión parcial, de estas grandiosas musas se puede decir que son las más destacadas en el ámbito grie-go de la literatura, ya que siguen siendo utilizadas y simbolizan no solo el conocimiento de las ciencias y las artes, sino que además son incorporadas a la epopeya antigua como un referente simbó-lico esencial.

Una diosa, que es parte de la creación y no tan retomada en los textos griegos es Gea, la madre Tierra la cual es la base ya que re-presenta la estabilidad de la Tierra.

Gea: nombre de la Tierra en tanto divinal. (Vernant, 2008: 200)En el libro de Jean-Pierre Vernant, Érase una vez… El universo,

los dioses, los hombres, se explica de una forma más comprensible la creación de los dioses y héroes de la antigua Grecia.

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Notas en torno a la investigación literaria

La Tierra no es espacio vertiginoso, ilimitado, indefinido. Posee una forma nítida, separada y precisa. A la confusión, la tenebrosa vaguedad de Caos, se opone a la nitidez, la firmeza, la estabilidad de Gea (Vernant, 2008: 15).

He aquí un conflicto entre dioses, Gea muestra estabilidad y un estado de paz, mientras, que Caos, es lo contrario ya que en él nada se puede distinguir.

Muestra una relación en la cual, se necesitan el uno al otro, pues-to que el desorden es necesario tanto como la tranquilidad y la perfección.

Da luz y alimenta todas las cosas, salvo ciertas entidades que lue-go hablaremos más adelante y proviene de Caos. Gea es la madre universal (Vernant, 2008: 16).

Es la madre universal como dice la cita, pero, si ella es la figura universal ¿Por qué no domina la Tierra después de que Zeus tiene el trono de los dioses?, Gea a mi parecer debería tenerlo ya que es la madre de todo, representando una figura creacionista, desde el comienzo de todo en el universo, Hesíodo la menciona mas no se le valora como una gran diosa.

Y primero parió a Gea a su igual en grandeza, al Urano estrellado, con el fin de que la cubriese por entero y fuese una morada segura para los dioses dichosos (Hesíodo, 2010: 5).

Gea también tiene la tutela de los muertos y vivos, mostrando el lado maternal que la caracteriza, es por eso que los hombres le rendían culto. Donde se le rendía culto se esperaba que ella bendi-jera los frutos de los campos, pero también le competía el señorío sobre las almas, en unión de las cuales se le invocaba a esta diosa y se le hacían sacrificios (Rohde, 1948: 106-107).

No solo se encargaba del exterior terrestre sino del reino del Ha-des, es decir de las almas.

Esta diosa a pesar de lo que es y su importante función en el mun-do antiguo, puede ser retomada en tiempos actuales, por ejemplo en la ecología, para saber respetar y agradecer todo lo que nos da la tierra y no llegar a destruir a una de las diosas más antiguas.

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Convergencias y divergencias

En La teogonía encontramos muchos personajes, en los cuales nos podemos llegar a inspirar, ya sea por su grandeza o por su desempeño. En mi caso retomé estos protagonistas femeninos que representan a estos elementos, pero sobre todo simbolizan la inte-ligencia y la feminidad, las cuales en la actualidad —lamentable-mente— ya no son tan reconocidas.

Fuentes consultadas

HESÍODO (2010), La teogonía, México, Porrúa._________ (1988), La Odisea, México, UNAM.VERNANT, Jean-Pierre (2008), Érase una vez… El universo, los

dioses, los hombres, México, Fondo de Cultura Económica.RODHE, Erwin (1948), Psique: La idea de la inmortalidad en los

griegos, México, Fondo de Cultura Económica.

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Alejandro Daniel León Ánimas

La justa injusticia de un mundo al azar: La belleza de Helena de Troya

“Bello monstruo” del que hablamos, hermosa destructora, quien de-vasta sin sus manos, desbarata sin mente, solo con un rostro. Esclavi-zada por un destino, un destino que empezó con ese rostro dado por el más alto de los dioses, seguido por un hechizo de Afrodita…, en algunos casos, al ver la historia uno piensa dos veces y dice “es muy fácil culpar a los dioses, y lo hacen muy a menudo, quizás demasiado”; a cada suceso, por cada pensamiento, acción, siempre van a los dioses, siempre los bendicen o maldicen, y no hay una línea bien dibujada de cuál es su límite. Yo podría hablar del juego de dioses una y otra vez en todos los mitos griegos, podría repetirlo una y otra vez sin cansarme, y cada una con más variedad, dedicándole el espacio necesario para mencionar hasta el más pequeño detalle de la historia y dónde lo vemos, pero en este caso es claro…, es demasiado evidente.

Uno podría mencionar que los dioses tienen toda la culpa, que ellos provocan la guerra y discordia, y otros recuperan la paz; que ellos pro-vocan a los seres humanos para hacer todo eso, y, en muchos mitos funciona…, no para Helena, no para esta persona que está tan aden-trada en sus pensamientos y los excusa con los dioses, siempre se hace creer a sí misma que es obra de alguien, sin embargo, piensa y piensa, sobre cada persona, los analiza muy detalladamente, de hecho, no solo a las personas, los lugares, los momentos, nos describe a gran detalle su disgusto por todo, claro, excepto por Paris, de quien dice estar tan enamorada…

He aquí donde cuesta dibujar una línea, en el tema más “polémico”, en el tema más confuso, pues ¿de dónde se debería abordar? Menelao traiciona a Helena con una esclava, Helena a Menelao con Paris, Paris a Enone con Helena…, y uno busca a quién culpar; yo no podría hacerlo, pues la línea varía. Helena y Menelao se unieron sin amor, fue por obligación, sin importar lo “agradable” o “heroica” que pueda

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Convergencias y divergencias

parecer la hazaña de correr día y noche porque se le haya puesto el desafío; él ejecutó lo que se había pedido pues lo tenía que hacer cual-quier pretendiente, todos tenían que probar algo y él lo hizo, eso no le quita el título de “falso”, igual que el amor de Helena por él, pues ella lo eligió porque era con quien más familiar estaba, con quien más confianza tenía de entre otros treinta y ocho extraños; después tene-mos a Helena y Paris, quienes se unen al encontrarse…, y eso podría pensarse como amor a primera vista, o algo similar, pero es obvio que habría amor a primera vista, ambos eran descritos como “hermosos sin duda alguna”, el aspecto físico atrae a cualquiera…, pero eso lo veremos en un momento, no hay que descarrilarse todavía.

Para hacer las cosas peores, ambos estaban atados por este lazo di-vino de Afrodita, este lazo que los tenía conociéndose y amándose antes de que se vieran en persona siquiera, un lazo que no se podría llamar realmente amor. Y para pintar una gran línea vertiginosa que parece océano, imposible de distinguir entre tantas otras, mezcladas, creadas por olas de “locura”, tenemos más “tempestad por dioses”, que no podemos saber si es eso realmente, pues podía ser simple lujuria, simples deseos carnales, por supuesto, me refiero al deseo de Helena, el deseo de poder “sentir algo más”, sentir pasión y atracción física por su esposo, Menelao, quien podría encender la flama que guardase en su interior, para lo que llamó a Afrodita una y otra vez, y en un punto, en una cueva, Afrodita contestó, y le concedió dicho don, pero nunca dijo que sería para Menelao; ella solo mencionó que le había “desper-tado esos sentidos”, que le había dado la capacidad de ver las cosas por los ojos de Afrodita, y lo hizo; dudo que fuera algo realmente planea-do para la historia como un “engaño”, pues en ningún momento hay un enfoque de ese tipo, y por tanto no dibujo la línea, no marco eso como algo “oficial” para este “análisis” (aunque es algo interesante para pensar, para considerar).

Cómo es imposible saber hasta dónde llega la interferencia de los dioses que, en este caso, en una historia mitológica, sabemos que sería cierto y no sería algo que cuestionar, se tendrían que tomar los dos puntos a consideración, tomar la persistente lujuria de los personajes

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Notas en torno a la investigación literaria

y el involucramiento de los dioses, con esto dicho, consideraré el amor de Helena y Paris como falso, como algo extrañamente pasajero, pero que no se iba por obra de dioses.

No serviría mencionar a Paris y Enone, pues él la deja sin dudarlo, quizá el amor más “auténtico” sería el más inesperado, el de la esclava hacia Menelao, y el de Enone a Paris, irónicamente ninguno de ellos recíproco, pues el interés de sus parejas es simplemente carnal, es un acto de lujuria y, por supuesto, debido al pensamiento de esos tiem-pos, muy enfocado en la procreación, y en la concepción de un varón; alguien que pueda seguir los pasos del rey, alguien que, por el extraño honor de esos tiempos, sea digno de la alegría de su padre, del honor del pueblo, y de la gloria, pues para ellos, aunque las mujeres fuesen valiosas, solo era por vagas razones; para continuar el árbol familiar, para representar belleza y ser el objetivo “poético” de quienes podrían ser héroes en cuanto surgiera una batalla, siendo su inspiración, su deseo y su único sueño, que parece sonar muy bien, excepto cuando mencionan cosas como “haz tu deber de mujer” (aunque no sea en esta historia), pues te da a ilustrar “poca importancia”, pero eso depen-de de los tiempos y los lugares, y en el mundo antiguo, en el mundo de los guerreros y en las historias mitológicas de estos, no hay lugar para muchas mujeres con un espacio o carácter diferente; quizás, solo para las amazonas, pero ellas pertenecen a su propia tierra , donde se generan nuevas historias, vidas, y con eso, formas de ver el mundo.

Helena. Una persona maldita con una bendición, la belleza; una característica esencial en los seres humanos, pues juzgamos en todo momento e influye en todo; no se le dice a una persona que es “atracti-va” por nada, no aplica solo para el amor, sino para todo, todo es dife-rente gracias a poseer la belleza o no poseerla…, la gente lo menciona a menudo, hablan de “la injusticia de aquello si fuera verdad”, pues piensan que el mundo tiene que ser justo por una u otra razón…, que equívoco ese pensamiento, y qué mal y poco pensado es eso…, pero, de nuevo, no debería de haber descarrilamientos tan exagerados; to-dos los trenes en la misma dirección. Lo enmascaran con un “la belleza es subjetiva”…, los gustos son subjetivos, la belleza no; aunque no se

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Convergencias y divergencias

pueda describir, aunque no tenga una definición pues es tan variada como la naturaleza, la gente puede reconocer qué algo es bello y que algo no lo es, lo malo es que difícilmente pueden reconocer qué les gusta, qué no y qué es bello o no de entre eso, así que enmarcan todo con lo mismo, con la flor de título “más bello(a)”.

En la historia podemos ver, por lo menos, un poco de esto, (en lo que algunos dirían como “una verdad cuestionable”) cómo todos re-conocen la belleza de Helena, cómo describen a ciertas personas como

“guapos(as)”, pues es un atributo remarcable, y es algo que la gente puede reconocer…, si lo tuviese que hacer más claro, “solo” podría usar la historia misma como prueba. Helena, sin tener que hacer mu-cho, genera problemas desde el principio, por el elemento reconocido por todos. Y esto nos lleva a los pretendientes, aunque sea un carril diferente, se mantiene en el mismo camino, en esta historia, la gente deseaba más a Helena que a su hermana Clitemnestra o que otras mujeres, aunque esas mujeres fueran atractivas en todos los aspectos (económicos, estéticos, etcétera), pues ella era reconocida y menciona-da como “la más hermosa del mundo”…, dudo mucho que la gente la conociese lo suficiente como para decir que era hermosa por su perso-nalidad, carisma u otras razones, especialmente porque la historia nos lo indica; era por su rostro, era por su atractivo físico, era por la belleza que todos pueden reconocer; aunque claro, en este caso, en esta his-toria, no era “cualquier belleza”, no era tu “mujer perfecta” promedio, era una hija de Zeus, aunque fuese mortal, la belleza de los dioses estaba en ella, una belleza que paralizaba, una que dejaba atónito a quien la viese, una belleza que ni el más versado de los poetas podría expresar, que ni el más sabio podría explicar…, pero es evidente, solo he mencionado “lo bueno”, el poder de aquella belleza, pero todo poder tiene dos caminos, conducir a la corrupción de un ser (que no es el caso en esta historia), y ser contraproducente, de tal forma que genera dolor, sufrimiento, problemas, odio, entre muchas otras cosas (y eso sí pasa en la historia); lo vemos claro, en la infancia de Helena, como no la dejan verse al espejo, y eso nos hace pensar ¿cómo sería?

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Notas en torno a la investigación literaria

Estamos muy acostumbrados a ello, nos levantamos todos los días, y aunque no tuviésemos espejo, en algún punto del día nos podemos ver en el reflejo de “algo”, lo que sea, pero ella no, ella vivía sin saber su rostro, y bien nos lo dice:“¿Podemos imaginar nuestro propio rostro? Creo que no. Creo que

nos imaginamos como si fuésemos invisibles, sin rostro en absolu-to, capaces de mezclarnos perfectamente con todo lo que nos rodea.” (George, 2008: 27)

Y si algo me encanta es que me ayuda más a justificar lo antes men-cionado, con lo que le sigue, palabras de Helena:“¿Era guapa mi madre? ¿Atractiva? ¿Seductora? ¿Encantadora? ¿Bella?

Tenemos tantas palabras para describir el grado exacto en el cual una persona complace nuestros sentidos… Sí, yo diría que era todas esas cosas. Ella tenía, como ya he dicho, un rostro delgado y largo. […]” (George, 2008: 27)

Helena, siendo “solo una niña”, puede obtener y reconocer un con-cepto de belleza.

En este caso, omitiré completamente el tema de “belleza interna”, pues es un tema personal, y, más que nada, es un tema que se usa como escape de la belleza exterior. Todos saben que no hay ser huma-no sin belleza interior, todos saben que esa belleza se adapta a cada ser, conforme al conocimiento que tengan sobre una persona, sus gustos y deseos.

La cuestión es definir…, cómo puede, cualquier persona, obtener belleza. ¿Acaso tienen que encajar en un cierto…, “estereotipo”, para poder mostrar una apariencia que realmente les acomode, y no una que otros le dicten? Parece ser así, pues “no todos se ven bien de traje”. No todos pueden verse de la misma forma, pero, no significa que una persona no pueda “obtener belleza” al usar algo diferente

Referencia

GEORGE, Margaret (2010). Helena de Troya, Barcelona, Roca Bol-sillo.

Este libro se imprimió el 25 de noviembre de 2013 en Ex-libris

Dr. Enrique González Martínez no. 195Col. Santa María La Ribera

C.P. 06400, Delegación Cuauhtémoc, México, D.F.