la muerte de juana de arco – una historia pérdida

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Los secretos del inmortal Nicolas Flamel La Muerte de Juana De Arco – Una historia pérdida Estoy convencido de que este médico me está matando. Ciertamente sus tratamientos son mucho peores que lo que me aflige. Él viene cada mañana con sus cataplasma y pociones y me declara un poco mejor cada día. Le da a mis hijos consuelo –excepto tal vez a mi hijo mayor, Richard, quien regatea al médico para mantenerme con vida. Richard imagina que cuando deje esta tierra el heredará todo, pero se equivoca. Mi fortuna será para mi hijo más joven, William, quien me siguió en el ejército y peleo valientemente por Inglaterra en las guerras contra Francia. En verdad, no hay nada mal en mi, excepto por los setenta años que cargo pesadamente en mis huesos y heridas que me dan problemas en tiempos húmedos. Y setenta años – o probablemente sean setenta y uno, o setenta y dos, mi madre siempre estuvo confusa sobre el año – es una buena edad en este, el año de nuestro Señor 1481. Me arrepiento de algunas cosas. Hubo una chica con la que me debí haber casado, una guerra en la nunca debí pelear, un pedazo de pan que debí compartir, una mentira que jamás debí escuchar. Y hay una historia que debí haber contado. Es tiempo de contarla, mientras aun pueda. No hay duda de que se les ha contado la historia de la muerte de la Doncella de Orleans. He escuchado relatos de quienes no estuvieron ahí, de quienes fueron muy jóvenes o muy cobardes para haber peleado en esa terrible guerra. He escuchado sus cuentos y mentiras y ni una sola vez he estado tentado a cuestionarlos, a llamarlos mentirosos. Tal vez debí hacerlo. Yo sé lo que paso aquel día, el último día de mayo, en el año de Nuestro Señor 1431 en Rouen. Estuve ahí. - De la última voluntad y testamento de William de York Hoy, 13 de Octubre de 1481. William de York escucho a la multitud gritando detrás de él, luego una enorme inhalación, y supo que la prisionera había sido sacada de las celdas. Él no volteo para mirar. Había combatido en la mayoría de su adultez y no deseaba ver a otro prisionero condenado – especialmente no a esta. “Ojos al frente” grito a los dos guardias en la puerta. Ellos lo fulminaron con la mirada pero obedientemente se giraron para mirar

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Los secretos del inmortal Nicolas Flamel

La Muerte de Juana De Arco – Una historia pérdida

Estoy convencido de que este médico me está matando.

Ciertamente sus tratamientos son mucho peores que lo que me aflige. Él viene cada mañana con sus cataplasma y pociones y me declara un poco mejor cada día. Le da a mis hijos consuelo –excepto tal vez a mi hijo mayor, Richard, quien regatea al médico para mantenerme con vida. Richard imagina que cuando deje esta tierra el heredará todo, pero se equivoca. Mi fortuna será para mi hijo más joven, William, quien me siguió en el ejército y peleo valientemente por Inglaterra en las guerras contra Francia.

En verdad, no hay nada mal en mi, excepto por los setenta años que cargo pesadamente en mis huesos y heridas que me dan problemas en tiempos húmedos. Y setenta años – o probablemente sean setenta y uno, o setenta y dos, mi madre siempre estuvo confusa sobre el año – es una buena edad en este, el año de nuestro Señor 1481.

Me arrepiento de algunas cosas. Hubo una chica con la que me debí haber casado, una guerra en la nunca debí pelear, un pedazo de pan que debí compartir, una mentira que jamás debí escuchar. Y hay una historia que debí haber contado.

Es tiempo de contarla, mientras aun pueda.

No hay duda de que se les ha contado la historia de la muerte de la Doncella de Orleans. He escuchado relatos de quienes no estuvieron ahí, de quienes fueron muy jóvenes o muy cobardes para haber peleado en esa terrible guerra. He escuchado sus cuentos y mentiras y ni una sola vez he estado tentado a cuestionarlos, a llamarlos mentirosos.

Tal vez debí hacerlo.

Yo sé lo que paso aquel día, el último día de mayo, en el año de Nuestro Señor 1431 en Rouen. Estuve ahí.

- De la última voluntad y testamento de William de York

Hoy, 13 de Octubre de 1481.

William de York escucho a la multitud gritando detrás de él, luego una enorme inhalación, y supo que la prisionera había sido sacada de las celdas. Él no volteo para mirar. Había combatido en la mayoría de su adultez y no deseaba ver a otro prisionero condenado – especialmente no a esta.

“Ojos al frente” grito a los dos guardias en la puerta. Ellos lo fulminaron con la mirada pero obedientemente se giraron para mirar el camino recto que llevaba al pueblo francés de Rouen. “Sí habrá un ataque, será ahora, cuando la prisionera este al aire libre.”

“No habrá ataque” dijo uno de los guardias, un tosco holandés, con su acento inglés. “Los franceses quieren deshacerse de ella tanto como nosotros.”

“Algunos tal vez, pero no todos” agrego William, “estuve en Orleans, cuando ella proclamo su primera gran victoria. La vi pelear en Jargeau y fui uno de los pocos arqueros que escaparon de Patay. Los franceses – los verdaderos franceses- la apoyan.” Jalando su pesada capa de cuero más

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cerca de sus hombros, William camino debajo de la sombre de la puerta y se paro en medio de la entrado. El dudaba que hubiera cualquier tipo de intento de rescatar a la joven mujer que la gente llamaba la Doncella de Orleans. Cualquier ataque seria suicidio. Rouen era una fortaleza. El número de guardias se había doblado y redoblado tan pronto como la fecha de su ejecución se acercaba. Arqueros ingleses vigilaban los muros, junto con mercenarios alemanes y austriacos, y grupos de salvajes escoceses patrullaban los campos.

Otra ovación retumbo dentro de la fortaleza y William giro para mirar a los guardias en la puerta. El sonido los distrajo y estaban mirando hacia la plaza del pueblo, donde la gran pira fue construida.

“Ojos al frente”, grito otra vez.

“Pero van a quemar a la bruja”, dijo emocionado Thomas, el guardia más joven.

“Ella no es una bruja, solo es una joven de 19 años” dijo William, e inmediatamente se arrepintió de sus palabras. Podría ser reportado a su comandante y tachado como un hereje potencial o un simpatizante francés, O ambas. El arquero ingles se giro nuevamente hacia el camino. La hermana de William, Anne, tenía solo 19 años, y cada que pensaba en la condenada, le recordaba a ella.

En la distancia, cerca del límite del bosque, los pájaros revolotearon en el cielo, girando en círculos y luego desaparecieron.

William miro fijamente hacia adelante, permaneciendo perfectamente inmóvil. Cada arquero sabía que la vista periférica usualmente revelaba cosas, que eran ignoradas. Algo había sorprendido a las aves, algo inusual, de lo contrario habrían regresado a los arboles.

El gran hombre giro su cara lentamente. El viento del sur era cálido, y perfumado con el rico crecimiento del bosque, de las flores exóticas y de la vid. Cerrando su boca y sus ojos, respiro profundamente. Si había hombres reunidos debajo de los lejanos arboles, sería capaz de oler su rancio aroma: una mezcla de sudor, ropas apestosas, armaduras oxidadas y carne de caballo. Pero no había nada.

William relajo sus hombros. Si había alguien ahí – que había comenzado a dudarlo- entonces sería una pequeña fuerza o unos pocos individuos. No eran ninguna amenaza. Enrollo sus manos a lo largo del arco. Había sido arquero toda su vida y podía disparar entre 10 y 12 flechas por minuto y golpear a todo lo que apuntara. Había 30 flechas en la aljaba en su cadera y por lo menos una docena de arqueros en los muros detrás de él. Podrían dejar caer una lluvia de flechas. Nada sobreviviría.

Detrás de él se escuchaba a la multitud comenzar a gritar “Bruja… bruja… bruja…”

William tembló. Morir en batalla que cada soldado enfrentaba, y esta joven mujer, esta Juana, había peleado elegantemente. Ella merecía morir como un soldado, y no este terrible destino que había sido condenada a sufrir.

Desde la esquina de su ojo, William capto un parpadeo. En un movimiento fluido, tomo una flecha y la coloco en la cuerda del arco. “¡Alguien viene!” gritó. Detrás de él, escucho a los guardias tomar posición.

“No veo a nadie” dijo el guardia holandés.

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“Ahí” dijo Thomas.

“Lo veo”, gritó otro guardia que estaba sobre el muro, “un solo jinete, moviéndose muy rápido.”

La vista de William siempre había sido excelente. El podía ver los objetos más distantes con absoluta claridad, a pesar de que su vista de cerca era generalmente borrosa. Giro para observar a la extraña figura. Era un solo jinete usando una extraña armadura blanca y negra que había pasado de moda hace décadas. El solitario jinete, que parecía esbelto entre la armadura de cuero y metal, cabalgaba a un enorme caballo negro. Discos de metal, algunos del mismo color que la armadura del guerrero, protegían al caballo, y dificultaba distinguirlo del guerrero.

“¿Cuántos son?” grito al guardia en el muro.

“Uno. Solo uno”

“¿Alguien lo sigue?”

“Nadie.”

“¿Alguna bandera o estandarte?”

“Ninguno.”

William elevo su arco, tiro de su cuerda y espero a que el guerrero se acercara. Podría soltar la flecha en un arco que pegaría directo en el pecho del guerrero. La pesada punta metálica de la flecha estaba diseñada para penetrar armaduras de metal.

“¿Es un ataque?”, pregunto el holandés, alejándose de la puerta y colocándose al lado del arquero ingles. “No puede ser un ataque, solo hay uno”, dijo respondiendo su propia pregunta. Entonces se inclino y cubrió sus ojos con sus manos. “¿Es una chica?”

“Es una chica”, susurro William. Había llegado a la misma conclusión. Inicialmente, pensó que podría ser una capa o una bufanda, pero ahora que el jinete se había acercado, el vio una melena salvaje y roja detrás de ella. Entre cerrando los ojos contra la luz, vio que no cargaba ningún escudo, tampoco llevaba las riendas del caballo. Solo sujetaba una larga, liviana y curveada espada en cada mano.

William alzo su arco, tirando de la cuerda hasta llevar detrás de su barbilla y disparo la flecha en un elegante movimiento. No lo importaba quien fuera el jinete – pero iba galopando hacia él en un caballo pesadamente armado, así que, seguramente no era ninguna aliada. Observo la flecha elevarse en el aire y caer, supo que si disparo había sido certero. La fuerza del golpe sería suficiente para derribar al jinete. Entonces, antes de que pudiera ponerse en pie, él y los otros guardias la rodearían y…

La mano derecha de la guerrera se movió; la espada destello… y partió la flecha en dos.

“Imposible”, susurro Thomas.

William disparo de nuevo, dos veces en una rápida sucesión. Escucho el siseo de las flechas disparadas desde los muros sobre su cabeza, y de repente había seis flechas más cayendo sobre la guerrera.

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Elevándose en la silla de montar, movió sus manos y las espadas parecidas a manchas metálicas convirtieron las flechas en astillas de madera.

“¡Demonios!”, el holandés giro y corrió. La guerrera estaba lo suficientemente cerca para mirarla claramente. Era una joven mujer de pálida piel e impactantes ojos verdes debajo de una melena de brillante cabello rojo. Y entonces William vio sus labios curvarse y se dio cuenta que la mujer estaba sonriendo.

Y eso lo aterro aun más.

Disparo de nuevo, esta vez apuntando para derribar al caballo, pero la antinatural y veloz mujer partió la flecha en el aire. Distinguió el silbido de la espada y el chasquido cuando la flecha fue partido en dos. Se dio vuelta y corrió. “¡Cierren las puertas, cierren las puertas!” Escucho el rechinido de las pesadas puertas cerrándose lentamente, pero sabía que la guerrera estaría sobre ellos antes de que las puertas se cerraran firmemente. Debían detenerla antes de que lograra entrar al pueblo. El holandés apareció repentinamente enfrente de William, con un ariete con cabeza afilada en sus manos. Puso el extremo del ariete en el suelo y lo coloco de tal manera que el caballo se clavara en el. El joven arquero, Thomas, se coloco detrás de él y disparo flecha tras flecha a la criatura que se aproximaba. La madera crujía y se partía cuando la guerrera cortaba flecha tras flecha en el aire.

William alcanzo al mercenario holandés, y le ayudo a sujetar el lado más grueso del ariete, girándolo hacia la guerrera, confiando en que ella no sería capaz de detener la embestida.

Las flechas silbaban sobre sus cabezas mientras Thomas seguía disparándolas hacia guerrera que se aproximaba rápidamente. ” ¿Quien es ella?”, grito con horror.

“¿Qué es ella?” murmuro William. Contrario a la mayoría, no era un hombre supersticioso, pero él había visto demasiadas cosas en los años que peleo en las Tierras Altas de Escocia y en las Llanuras de Irlanda para darse cuenta que criaturas más o menos que humanas caminaban en las sombras de este mundo. La guerrera estaba tan cerca ahora que podía ver las pecas en su nariz, y darse cuenta que tenía casi la misma edad que la condenada francesa. Sus ojos, de un verde brillante como la hierba, eran hipnotizantes.

Solo sus reflejos lo salvarían.

En el último momento, justo cuando el enorme caballo alcanzaba la filosa punta del ariete, el jinete se inclino sobre el cuello de la bestia y el gran caballo se levanto en el aire. Pasó por encima del ariete. William y el holandés solo se agacharon. Una herradura de hierro golpeo en el peto, dejando un perfecto semicírculo en el metal. William observo el arco plateado de una espada centelleando hacia él y levanto su arco para protegerse. La espada partió la gruesa madera y con la misma fuerza lo derribo en el lodo. El caballo aterrizo pulcramente y continúo galopando. Thomas se tiro a un lado para evitar ser arrollado, y entonces la guerrera pelirroja atravesó las puertas ya casi cerradas y se dirigió hacia la plaza.

“¡Tras ella!” gritó William. El mercenario holandés y el arquero ingles lo miraron como si estuviera loco. Entonces se giraron y corrieron en la dirección contraria.

William tomo el arco abandonado de Thomas y corrió tras la guerrera. Tal vez esta Juana era una bruja y tal vez la guerrera era un demonio que la rescataría… pero nunca antes había oído de un

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demonio con pecas. ¿Y por qué un demonio tendría que irrumpir en un pueblo, porque no solo materializarse en la plaza? Estaba seguro de que la joven pelirroja era humana. Era rápida, pero todos los arqueros sabían historias de hombres que podían atrapar flechas, y ella montaba al enorme caballo con facilidad y sin riendas, pero él había visto galopar a guerreros en batallas con una espada en una mano y un mazo en la otra, guiando a sus caballos con sus rodillas. ¿Y por qué se molestaba en aplastar las flechas en el aire si no eran una amenaza para ella?

William siguió el rastro de devastación a través de las calles estrechas y sucias. Decenas de soldados y arqueros estaban en el suelo. Un guerrero con armadura había sido aplastado en el camino lodoso y la placa de acero de su pecho estaba abollada con la marca de los cascos del caballo. Otro caballero en cota de malla yacía aplastado torpemente recargado contra una puerta rota, las bisagras había sido separadas, desgarradas como tela. Un enorme mercenario alemán sentado en una enorme piscina de agua sucia con la cara color de pergamino, sostenía la empuñadura de una espada rota con ambas manos, el pedazo restante yacía enterrado entre sus pies.

William giro en una esquina y repentinamente se encontraba en la plaza del pueblo.

Cientos de personas se habían reunido ese día en el Vieux-Marché en Rouen para presenciar la ejecución. Soldados armados con duelas y palos los mantenían alejados de la enorme pira funeraria, mientras más soldados patrullaban entre la multitud en busca de problemáticos. Había arqueros en los techos de los edificios cercanos y montones de soldados en las calles vecinas. Y a pesar del terrible evento que estaba a punto de ocurrir, había una atmosfera de fiesta, con malabaristas y trovadores, vendedores de comida y poetas moviéndose entre la multitud.

Ahora el caos se había desatado.

Hasta ese momento, William había querido creer que la chica sobre el caballo negro era humana. Ahora sabía que no lo era.

El caballo armado se abrió paso entre la multitud, y se dirigió hacia el gran pilar en el centro de la plaza. Juana estaba amarada al pilar con los ojos cerrados y con la cara mirando al cielo, mientras Geoffroy Therage, el verdugo, apilaba grandes trozos de madera seca alrededor de ella. El fuego había sido encendido, y las llamas crepitantes y el humo negro se arremolinaban a su alrededor. Su ropa había comenzado a arder. La guerrera pelirroja salto del caballo y se abrió paso entre los soldados, sus espadas curveadas moviéndose tan rápido que reflejaban la luz matutina haciéndolas parecer envueltas en llamas.

William observo a la francesa abrir sus ojos y mirar hacia abajo, y entonces su cara se ilumino con una brillante sonrisa. Vio sus labios moverse y formar una sola palabra, un nombre. Después, mucho después, Geoffroy Therage le contaría que había pronunciado la palabra “Scathach.”

William vio al verdugo gritar y arrodillarse frente a la joven pelirroja. Ella lo lanzo lejos como si fuera una mosca y su espada salió disparada como flecha y comenzó a corta la madera flameante. Luego, colocándose detrás, la guerrera partió las esposas sobre las muñecas de Juana. Metal contra metal, y las cadenas cayeron. Scasthach lanzo una espada hacia Juana. William escucho a la guerrera pelirroja reírse, un sonido de deleite puro, mientras se giraba y atacaba a los caballeros cercanos a ella. Él miraba, asombrado y horrorizado, mientras las dos mujeres se abrieron paso a través de la plaza. Nada podría oponérseles. A pesar de que estaba débil por meses en prisión, Juana de Arco hizo retroceder a olas de caballeros ingleses, mientras que Scathach partía flechas

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en el aire y apuñalaba y cortaba a todos los que se acercaban demasiado. William miraba asombrado como luchaba con puños y pies, sus manos cubiertas con guantes metálicos eran igual de mortales y peligrosas que sus espadas. Las dos mujeres están ahora paradas espalda con espalda, trabajando en equipo, peleando en su camino hacia el caballo negro, que estaba rodeado de caballeros y soldados tratando de atraparlo. La enorme bestia blindada reparaba y pateaba, rompiendo escudos y armaduras.

Agachándose de nuevo en la calle, William trato de colocar una flecha en su arco pero sus manos temblaban incontrolablemente. Jamás había creído que Juana era una bruja, pero la evidencia era abrumadora. No creía que la chica pelirroja fuera un demonio pero evidentemente no era humana. Ella era… trato de encontrar la palabra correcta. Ella era “antinatural”.

Se recargo en el muro mientras cuatro caballeros fuertemente armados con espadas, lanzas y hachas pasaban rápidamente a su lado para atacar a las dos mujeres. Juana se agacho mientras un hacha trataba de golpearla y partió la empuñadura de madera en dos. Scathach esquivo limpiamente la lanza que se dirigía hacia ella, entonces agarro la lanza y tiro de ella arrastrando al guerrero hacia ella. Perdiendo el balance, el caballero cayó arrostrando a dos de sus compañeros con él y cayeron sobre una pila de metal y carne. Scathach salto en las espaldas de los caballeros caídos, tomó del brazo a Juana, la levanto y luego lanzo por los aires a la pequeña mujer. Por un momento la harapienta mujer permaneció suspendida en el aire y la imagen silencio el alboroto en la plaza. Entonces Juana aterrizo sobre la espalda del gran caballo negro.

Scathach gritó un largo, terrorífico y triunfante grito de guerra que hizo que los hombres alrededor cayeran al suelo cubriéndose los oídos. Bailando ligeramente entre los cuerpos retorcidos, dio un salto mortal y cayó sobre la espalda del caballo y clavo sus talones. La bestia acorazada se lanzo hacia adelante, arrasando con todo a su paso. Llovían flechas desde el techo, pero la guerrera pelirroja las golpeaba en el aire y ella y su compañera se dirigían hacia la puerta.

William advirtió con horror que estaban escapando: una sola mujer había derrotado a un ejército entero y había rescatado a Juana De Arco. Se vio obligado a pegarse mas a la pared mientras el caballo se dirigía hacia él. Ahora que estaba más cerca, pudo ver con claridad que la guerrera, no era completamente natural. Entre el casco metálico que cubría su cabeza, observo unos ojos tenidos de rojo como la sangre.

William no permitiría que la prisionera escapara. En ese momento el caballo paso velozmente a su lado, él salió de las sombras y le disparo.

La pesada punta metálica de la flecha se clavo profundamente en el hombro de Juana. Ella se tambaleo y fue hacia adelante, se hubiera caído del caballo si Scathach no la hubiera atrapado a tiempo. La chica pelirroja grito de nuevo. Pero esta vez el sonido fue de angustia pura. Entonces se giro y miro a William, y él vio como su cara sufrió una horrible transformación, su boca se abrió para mostrar unos dientes en forma de aguja. Ella lo apunto con su espada y a pesar de que no movió sus labios para hablar, él claramente escucho su voz dentro de su cabeza: “Pagarás por la herida que le has hecho, lo juro”. Entonces, saco la flecha del hombro de su amiga y lanzo de nuevo hacia William, la cual lo golpeo con una tremenda fuerza, dañando la parte superior del brazo, quebrando el hueso y desgarrando el musculo, y en ese instante William de York supo que jamás sería capaz de usar un arco otra vez.

En los últimos momentos antes de desmayarse, observo como Juana de Arco y la guerrera pelirroja escapaban.

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Juana de Arco escapó – pero esa es la historia que nunca has oído.

La historia registró que Juana de Arco, la doncella de Orleans, murió en Rouen en el último día de mayo en el año de Nuestro Señor 1431.

Una chica murió ese día, pero no era Juana.

Enfermo y adolorido, observe como una joven que se parecía ligeramente a la Doncella de Orleans fue arrastrada fuera de los calabozos y llevada al sitio de ejecución. Caballeros se movían entre la multitud advirtiendo a las personas que si hablaban sobre lo que había ocurrido serian condonados por herejía y sufrirían el mismo destino que la joven.

No soporte ver morir a una joven inocente. Me aleje de Rouen y abandone todo lo que poseía y emprendí el largo viaje de regreso Inglaterra. Después de ese día jamás volví a pelear en una guerra. Mi brazo izquierdo era inútil y jamás volví a sostener un arco.

Me pregunte frecuentemente que habría pasado con la doncella de Orleans y con Scathach, la guerrera pelirroja y de ojos verdes que la rescato. ¿Ha donde habrían ido? ¿Juana habría sobrevivido a la herida que le cause? Eso espero. ¿Y, que hay de Scathach? ¿Seguiría viva? supongo que sí. Imagino que matarla sería algo casi imposible.

De la última voluntad y testamento de William de York

Escrito este día, el 13 de octubre de 1481.